HERMANAS - Episodio 8: Antes de perder el alma (Valeria)
Cinco años antes
El local no tiene nombre. Al menos no uno que esté escrito en ninguna puerta, cartel o rótulo. Para encontrarlo hay que saber qué preguntar y a quién. Valeria lo descubrió por casualidad, en un foro de internet que borró en el historial después de cada visita. Una dirección. Una hora. Una contraseña que cambiaba cada semana.
Bajó las escaleras una noche de invierno, con el cuello de la chaqueta subido y las manos en los bolsillos. La puerta del sótano era de hierro oxidado. No había timbre. Solo una mirilla que se abrió al cabo de unos segundos.
—¿Qué buscas? —preguntó una voz desde el otro lado.
—Un sitio donde no me conozcan —respondió Valeria, repitiendo las palabras que había leído en el foro.
La puerta se abrió.
El interior era más amplio de lo que aparentaba desde fuera. Una sala baja, con techos abovedados y paredes de ladrillo visto. Luces tenues, rojizas, que apenas dejaban ver las caras. Una barra al fondo. Mesas bajas. Y en el centro, un espacio vacío donde la gente se movía con una libertad que Valeria no había visto fuera de aquellas paredes.
No había cámaras. No había móviles. No había nombres.
Eso era lo que la atraía.
Valeria pidió una copa en la barra y se sentó en una mesa apartada. Observó. Aprendió. Vio a mujeres atadas a estructuras de madera mientras otras las acariciaban con plumas. Vio a hombres de rodillas, con los ojos vendados, esperando órdenes. Vio cuerpos que se entregaban a otros cuerpos sin preguntar quiénes eran, sin pedir currículums ni historiales.
Era anónimo. Era libre. Y por eso mismo, era peligroso.
Pero Valeria no había ido por el peligro. Había ido por la curiosidad. Y también por algo más. Algo que no se atrevía a nombrar.
El club no tenía un dueño oficial. Al menos no uno visible. La gente entraba y salía sin dar explicaciones. Algunos pagaban una cuota mensual, otros colaboraban con el mantenimiento, otros simplemente traían botellas de licor para compartir.
Valeria empezó a ir con regularidad. Una vez a la semana. A veces dos.
No participaba. Solo observaba.
Pero una noche, un hombre se sentó en la mesa de al lado. No era joven, pero tampoco viejo. Tendría cuarenta y tantos, el pelo cano en las sienes, las manos grandes y cuidadas. Vestía de forma sencilla, pero con una elegancia que no necesitaba presumir. No llevaba anillos. No llevaba reloj. Nada que pudiera identificarlo.
No se dirigió a ella. No la miró siquiera. Solo pidió una copa y se quedó en silencio, observando la sala con la misma atención que Valeria.
Ella no sabía por qué, pero no podía dejar de mirarlo.
Pasaron varias noches antes de que él le hablara. Siempre se sentaba cerca, pero nunca demasiado. Siempre en silencio. Siempre observando.
Una noche, Valeria se levantó para ir al baño. Al volver, él ya no estaba. Pero en su mesa, junto a la copa vacía, había una nota escrita a mano con una letra firme y elegante:
"Mañana, misma hora. Si quieres. Sin compromiso."
No había firma.
Valeria guardó la nota en el bolsillo. No sabía si iría. Pero al día siguiente, allí estaba.
Se llamaba Adrián. No era su nombre real —nadie daba su nombre real en ese lugar— pero era el que usaba. Ella también usaba uno falso: "Bella". Nunca se lo había dicho a nadie, pero en el club, la llamaban Bella.
Adrián era paciente. No la presionó. No le pidió nada. Solo estuvo ahí, noche tras noche, hasta que un día ella aceptó bajar al sótano con él.
No era un sótano como el de arriba. Era un espacio más pequeño, más íntimo, con una camilla de hierro y paredes forradas con paneles de corcho para amortiguar el sonido. Había correas colgando de los barrotes, y en una mesilla, una colección de utensilios que Valeria no sabía cómo llamar.
—¿Qué quieres hacer conmigo? —preguntó Valeria, con la voz más firme de lo que se sentía.
Él la miró. Sonrió. No era una sonrisa de suficiencia. Era una sonrisa de conocimiento.
—Eso, Bella, depende de ti. Yo solo estoy aquí para acompañarte.
Fue la primera vez que alguien le dijo que el control no era algo que se entregaba, sino algo que se compartía.
Esa noche, ella aceptó que él la atara a la camilla. No fue fácil. Su cuerpo se tensó, sus manos sudaron, su respiración se aceleró. Pero él no hizo nada. Solo la miró, esperó, y cuando ella asintió, comenzó a someterla.
No hubo sexo. No hubo violencia. Fue algo que ella no sabía nombrar, pero que su cuerpo entendió.
Durante los dos años siguientes, Valeria siguió viéndolo. No todas las semanas, pero sí con regularidad. Él no le preguntó su nombre real. Ella no preguntó el de él. Solo existían en ese espacio, en ese tiempo, donde las reglas eran las que ellos elegían.
Él la enseñó a confiar. A soltar. A entender que la sumisión no era debilidad, sino una forma de fuerza que ella no había conocido.
—El poder —le dijo una noche, mientras desataba sus muñecas— no está en quien ata. Está en quien decide quedarse atado.
Valeria no entendió del todo esa frase. No entonces.
Lo entendería años después, cuando viera a una mujer atada a una cama en una celda de comisaría, negándose a hablar, y reconociera en sus ojos la misma entrega que ella había sentido.
Una noche, en el sótano, Adrián se detiene antes de la sesión.
—Tengo un juego nuevo —dice, con su voz tranquila, medida.
Valeria está atada en el potro de madera. Boca abajo. A cuatro patas. Su cuerpo forma un arco, la espalda hundida, las nalgas al aire, la cabeza ligeramente levantada por la mordaza que le ciñe la mandíbula. La piel blanca, casi azulada bajo la luz fría del sótano. Las plantas de los pies, rosadas, completamente expuestas. Las costillas y las axilas, abiertas, vulnerables. Cada centímetro de su carne está disponible, ofrecido.
Adrián comienza a acariciar su espalda. Las yemas de sus dedos recorren la columna vertebral de arriba abajo, dibujando líneas imaginarias sobre la piel desnuda. Valeria siente un escalofrío que le recorre todo el cuerpo. La mordaza le impide hablar, pero un gemido ahogado se le escapa por la garganta.
—¿Sabes? —dice Adrián, sin dejar de acariciarla—. Explorando tu cuerpo me he dado cuenta de algo. Conozco tus límites, tu umbral de tolerancia al dolor. Sé cuánto puedes soportar antes de que tu cuerpo pida clemencia. Pero hay algo que sé que te va a doblegar por completo, mi Bella.
Valeria escucha. Su cuerpo está tenso, pero no de miedo. Es excitación. La curiosidad quema en su pecho. No sabe de qué está hablando. Nunca ha hablado así. Nunca ha hablado de algo que no fuera el dolor o el control.
—A veces —continúa Adrián, mientras sus dedos descienden lentamente por la espalda de Valeria—, uno roza una zona que no debe por error, y un mecanismo se activa en el cerebro. Algo que no se puede controlar.
Sus dedos llegan a las costillas. Las yemas se posan sobre los huesos, trazando círculos suaves, casi inofensivos. Pero sus dedos se acercan peligrosamente a las axilas. Blancas. Virginales. Nunca tocadas. Jamás exploradas.
Los ojos de Valeria se abren como platos. Su cuerpo se tensa de una manera diferente.
Intenta hablar, pero la mordaza se lo impide. Solo sale un sonido ahogado, ronco, que intenta ser un "noooo, por favor".
Adrián la mira. Sonríe.
—Ahí —dice, con suavidad—. Ahí tienes el juego nuevo.
Sus dedos se detienen justo en el borde de las axilas. Rozan la piel apenas. Un toque tan ligero que parece un error.
El cuerpo de Valeria se convulsiona. Una sacudida involuntaria que la sorprende a ella misma.
—¿Ves? —dice Adrián—. No hace falta dolor. No hace falta látigo. Ni pinzas. Ni agujas. Solo un roce. Y todo tu control se desmorona.
Valeria cierra los ojos. Siente cómo el corazón le late con fuerza de puro terror. También siente cómo la humedad empieza a brotar entre sus piernas.
Adrián acaricia las axilas de Valeria. Blancas. Virginales. La piel apenas ha sido rozada nunca en ese lugar. Ella nunca lo ha permitido. Él lo sabe.
Un espasmo recorre su columna vertebral. Sus manos, atadas al potro, aprietan el cuero con una fuerza que hace crujir la estructura. Sus pies se sacuden, pero las correas los sujetan. Y bajo la mordaza, un grito tras otro.
Adrián no se inmuta. Sigue moviendo los dedos con la misma lentitud. La misma delicadeza.
El cuerpo de Valeria se retuerce. Las caderas se mueven involuntariamente. La cabeza se levanta, se hunde, se levanta otra vez.
Adrián retira los dedos. Los baja a las costillas. Allí, los huesos se marcan bajo la piel. Sus dedos los recorren uno a uno, presionando apenas los huecos entre ellos.
El mismo espasmo. La misma convulsión. El mismo grito ahogado.
—Es increíble —dice Adrián, con una voz que apenas es un susurro—. Cómo todo tu cuerpo se rinde. Cómo no puedes evitarlo.
Ahora baja a los costados. La cintura. La piel es más suave allí, más cálida. Sus dedos dibujan líneas desde las caderas hasta las axilas, un viaje lento que parece no tener fin.
Valeria emite un sonido diferente. Ya no es un grito. Es un berrido. Un sonido animal, profundo y visceral. La baba se le escurre por la comisura de la mordaza, resbalando lentamente por su barbilla, formando un hilo plateado que se pierde en el aire.
Adrián la mira. Se detiene un momento. Sus dedos descansan sobre la curva de su cadera.
—Mírate —dice.
Valeria levanta la cabeza.
Frente a ella, un espejo de cuerpo entero refleja la escena.
Ve su propio cuerpo desnudo, atado al potro, boca abajo. La espalda curvada. Las nalgas levantadas. La cabeza ligeramente inclinada por la mordaza. Las manos aferradas a la madera. Los pies temblorosos.
Y detrás de ella, su amo.
Ve la erección de Adrián. Crecida. Evidente. No intenta ocultarla. No le da vergüenza. Solo está ahí, mirándola, mientras ella se retuerce.
Valeria se ve a sí misma. Vulnerable. Indefensa. Retorciéndose como un pez fuera del agua, incapaz de controlar su propio cuerpo. Ve la baba en su barbilla. Ve el temblor de sus piernas. Ve la forma en que su piel se eriza bajo cada caricia.
Está sufriendo.
Y verse así le resulta excitante.
Adrián sonríe. Ha visto algo en el espejo. Algo que confirma lo que ya sabía.
Sus dedos acarician la piel de la espalda de Valeria, que se encorva bajo el contacto. Un arco que se hunde y se tensa al mismo tiempo. La columna vertebral se marca bajo la piel blanca.
—Ufff —murmura Adrián—. Me encanta verte sufrir así.
Pasa al vientre. La barriga de Valeria se contrae al ritmo de su risa, espasmos involuntarios que ella no puede controlar. Los dedos de Adrián trazan círculos alrededor del ombligo, líneas que suben y bajan, que se acercan a las caderas y se retiran.
El cuerpo de Valeria tiembla bajo sus manos.
Entonces, Adrián cambia. Sus dedos se deslizan hacia la cara interna de los muslos.
Valeria reacciona al instante. Junta las piernas con fuerza, intentando aprisionar las manos de Adrián. Es un reflejo. Un instinto. Pero no sirve de nada. Las correas la mantienen abierta, expuesta, vulnerable.
Un grito agudo, desgarrado, se escapa de su garganta. Se pierde en una risa ahogada que la mordaza convierte en un sonido animal.
Adrián se detiene un momento. La observa. Sonríe.
—Quiero oírte —dice.
Con un gesto rápido, desabrocha la mordaza. La correa cae. El cuero se desliza por la barbilla de Valeria y cuelga sobre su cuello.
—Ahora —dice—. Ahora quiero oírte reír. Quiero oírte suplicar.
Sus dedos vuelven a la cara interna de los muslos. Recorren la piel con una lentitud cruel, subiendo y bajando, acariciando sin presionar.
Valeria se ríe. Ya no hay mordaza que la ahogue. La risa es libre, descontrolada, una cascada que no para de crecer.
—¡No! —grita entre carcajadas—. ¡Ahí no!
—¿Ahí no? —pregunta Adrián, insistiendo en la misma zona.
—¡Ahí no, por favor!
Adrián desliza las manos hasta la parte posterior de las rodillas. El hueco poplíteo. Esa pequeña depresión donde la piel es muy fina y los nervios están más cerca de la superficie.
Valeria chilla.
Es un chillido agudo, casi inhumano, que se convierte en una risa histérica. Su cuerpo se convulsiona. Las manos tiran de las correas.
—¡NO, NO, NO! —grita—. ¡AHÍ NO, POR FAVOR!
—¿Aquí? —pregunta Adrián, con una voz que parece disfrutar de cada segundo—. ¿Aquí tienes cosquillas, Bella?
—¡SÍ, SÍ, SÍ! —admite Valeria—. ¡MUCHAS! ¡MUCHÍSIMAS! ¡POR FAVOR, PARA!
Adrián no para. Sus dedos siguen garabateando detrás de las rodillas, alternando manos, cambiando de ritmo. El cuerpo de Valeria se arquea y se hunde, se arquea y se hunde.
—Suplica —dice Adrián—. Quiero oírte suplicar como una niña pequeña.
—¡POR FAVOR! —grita Valeria, y la risa se le atraganta—. ¡POR FAVOR, PARA! ¡NO PUEDO MÁS!
—Claro que puedes.
—¡QUE NO PUEDO!
—Todavía no he llegado a los pies.
Valeria emite un sonido que no sabe si es risa o llanto. Sus ojos están llenos de lágrimas. La baba le resbala por la barbilla. Su cuerpo tiembla sin control.
En el espejo, se ve a sí misma. Deshecha. Vulnerable. Perdiendo el control.
Y no quiere que pare.
Su amo se detiene. Los dedos de éste abandonan los huecos poplíteos. El cuerpo de Valeria se relaja apenas un segundo, y en ese segundo sus pulmones se llenan de aire.
Entonces él baja la mirada.
Observa los pies de Valeria. Son grandes, acordes a su altura. Las plantas son suaves, de un tono rosáceo que contrasta con la palidez del resto de su piel. Los dedos, largos y rectos, las uñas cortas y naturales. Parecen indefensos, casi inocentes.
—Tus pies —dice Adrián, como si estuviera descubriendo algo nuevo—. Son hermosos. Sabes que me encantan.
Valeria intenta retirarlos. Un movimiento instintivo, una contracción de las piernas que las correas apenas permiten. Sabe lo que viene. Lo sabe porque su cuerpo ya está temblando.
Adrián se arrodilla. Sus dedos se acercan a las plantas. La punta de las uñas —cortas, cuidadas— roza la piel del arco derecho. El contacto es mínimo. Casi un susurro.
El grito de Valeria es inmediato. No es un grito de dolor. Es un chillido agudo, de pura vulnerabilidad.
—¡NO, NO, NO! —grita—. ¡LOS PIES NO! ¡LOS PIES NO, POR FAVOR!
Adrián no se detiene. Sus uñas recorren las plantas con una lentitud deliberada. Líneas paralelas. Pequeños garabatos en el arco. Rozan el talón, la almohadilla bajo los dedos, el espacio entre cada dedo.
Valeria patalea. Las piernas se sacuden violentamente contra las correas. La madera del potro cruje.
—¡TENGO MUCHAS COSQUILLAS EN LOS PIES! —grita, y la confesión se le escapa antes de que pueda contenerla—. ¡MUCHÍSIMAS! ¡NO PUEDO CON LOS PIES!
Adrián sonríe como si hubiera encontrado un tesoro.
Intensifica el ataque. Los dos pies ahora. Sus dedos recorren cada pliegue de la planta: el arco, los laterales, los pequeños huecos entre los dedos. Una exploración minuciosa, casi científica.
El cuerpo de Valeria es un arco tenso. Su cabeza se agita de un lado a otro. La risa es incontrolable, una cascada que no deja de crecer. La baba le resbala por la barbilla. Las lágrimas le ruedan por las mejillas.
Y entonces se da cuenta:
Siempre fue capaz de controlar su umbral de dolor, pero es incapaz de controlar su extrema sensibilidad a las cosquillas.
Adrián la mira. Ve el cambio en sus ojos.
Valeria no puede hablar. Solo ríe. Solo se retuerce.
Y en el espejo, se ve a sí misma. Deshecha. Vulnerable.
Y sabe que nunca volverá a ser la misma. Sabe que la próxima vez que lo vea, le pedirá que le haga lo mismo de nuevo.
El amo se aparta un momento. Valeria jadea, aprovecha el breve respiro para tragar aire. Pero él no ha terminado. Saca algo de un cajón oculto bajo el potro. Dos objetos pequeños, blancos.
Cepillos de dientes eléctricos.
Valeria los ve. Su mente tarda un segundo en procesar lo que significan. Cuando lo hace, un nuevo torrente de pánico recorre su cuerpo.
—No —susurra—. No, no, no...
Adrián no la escucha. Enciende uno. El zumbido llena el sótano. Luego el otro. Dos vibraciones que se superponen, creando un sonido hipnótico, mecánico.
Se arrodilla junto a sus pies. Coloca un cepillo sobre la planta del pie derecho. El otro sobre la planta del izquierdo.
Las hebras comienzan a moverse. Miles de pequeñas vibraciones recorren la piel de sus plantas, cada filamento un pequeño latigazo de cosquillas. La sensación es eléctrica, como si miles de descargas diminutas estuvieran bailando sobre sus terminaciones nerviosas.
El grito de Valeria es un torrente. No una carcajada. Un torrente de carcajadas y gritos mezclados, un sonido que ni ella misma reconoce. Su cuerpo se convulsiona. Las piernas se agitan violentamente, intentando escapar, pero las correas las sujetan. Los dedos de los pies se curvan y se estiran en un movimiento frenético.
—¡NOOOOO! —grita—. ¡NO PUEDO, NO PUEDO, NO PUEDO!
Adrián no se detiene. Mantiene los cepillos en las plantas, moviéndolos lentamente. El arco, el talón, la almohadilla bajo los dedos. Cada zona un nuevo infierno de cosquillas.
Luego, cambia. Sin avisar, desliza uno de los cepillos hacia arriba. Recorre la pierna de Valeria, el tobillo, la pantorrilla, el muslo. La vibración sube como una ola de cosquillas que se extiende por toda su pierna. El otro cepillo lo deja bajo los dedos del pie, vibrando incesantemente.
El cuerpo de Valeria es un arco. Sus caderas se levantan del potro. Su cabeza se agita. La baba le resbala por la barbilla.
—¡NO PUEDO CON ESO! —grita—. ¡CON ESO NO PUEDO!
—Claro que puedes —dice Adrián, con su voz tranquila—. Llevas un rato pudiendo.
—¡ES QUE ME MUERO!
—Te mueres de placer, lo veo en tu entrepierna.
El cepillo sube más. Llega a la cara interna del muslo. La vibración se extiende por la piel más sensible, la más fina, la que nunca ha sido tocada así. El otro cepillo sigue bajo los dedos de su pie, vibrando sin piedad.
Valeria se retuerce. La risa es frenética, desesperada. Ya no hay control. Solo la sensación, el cosquilleo, el placer que se mezcla con el sufrimiento y lo convierte en algo que ella no puede nombrar.
—¡POR FAVOR! —grita—. ¡POR FAVOR, PARA! —Su voz se quiebra, se vuelve aguda—. ¡DAME UN DESCANSO!
—¿Un descanso? —Adrián finge sorpresa—. Pero si esto es lo que querías, Bella. Perder el control. Rendirte.
Valeria cierra los ojos. No puede negarlo. Es verdad. Lo que siempre ha buscado. Lo que nunca ha encontrado. Lo que solo él puede darle.
Siente el placer crecer. Caliente. Desbocado.
—Voy a... —intenta decir, pero la risa la interrumpe—. Voy a...
—Ya sé lo que vas a hacer —dice Adrián, y en su voz hay una certeza absoluta—. Déjate ir.
Valeria se deja ir.
El orgasmo la golpea como una ola. Su cuerpo se sacude entero. Las manos, atadas al potro, se cierran sobre la madera. Los pies se arquean y se sacuden. La risa se convierte en un gemido largo, profundo, que no se acaba nunca.
Y en el espejo, se ve a sí misma. Deshecha. Vulnerable. Liberada.
Adrián apaga los cepillos. El sótano se queda en silencio.
Valeria respira. Jadea. Tiembla.
—Joder —susurra.
Adrián sonríe.
—Bienvenida al juego nuevo, Bella.
Desata las correas una a una. Las muñecas de Valeria caen sobre las superficie del potro. Los tobillos, libres. Ella se incorpora lentamente, con el cuerpo aún tembloroso, las piernas débiles, la piel marcada por las correas.
Se gira hacia él. Lo mira. La luz del sótano dibuja sombras en su rostro. Está agotada. Y sin embargo, hay algo en sus ojos que no estaba antes. Una chispa recién encendida.
—Nunca —dice, y su voz suena ronca, gastada—. Nunca lo había pasado tan mal y había sentido tanto placer a la vez.
Adrián sonríe. No dice nada. Se acerca. Sus manos rodean la cintura de Valeria. La atraen hacia él. La besa.
El beso es profundo, húmedo, como si el tiempo se hubiera detenido. Ella se deja llevar. Sus brazos rodean su cuello. Su cuerpo se presiona contra el de él.
La penetra de pie. Sin prisa. Sin palabras.
Valeria cierra los ojos. Siente cada movimiento. Siente cómo la llena, cómo la completa. El ritmo es lento al principio, luego más rápido. Sus manos se aferran a sus hombros. Su respiración se acelera.
El orgasmo la golpea otra vez. Un segundo. Más suave que el primero, pero más profundo. Un temblor que le recorre todo el cuerpo y la deja sin aliento.
Adrián termina poco después. Se queda un momento abrazado a ella, respirando contra su cuello. Luego se separa. La mira.
—No sabía —dice Valeria, todavía jadeando— que las cosquillas podían provocarme esto. Siempre las había rechazado.
Adrián ríe. Una risa baja, cómplice.
—De nada —dice.
Valeria sonríe. No sabe por qué, pero en ese momento, en ese sótano, con ese hombre, se siente más libre que nunca.
-------------------------------------------------------------------
Pasaron los meses. Las sesiones se repitieron. Valeria siguió yendo al club. Siguió viendo a Adrián. Las cosquillas se convirtieron en parte de su ritual, en un juego que siempre la dejaba deshecha, vulnerable, y sin embargo más fuerte que antes.
Pero el régimen llegó al poder. El club cerró. Adrián desapareció.
Valeria borró cualquier rastro de su actividad en aquel lugar. No quedaron fotos, pues nunca se tomaron, tampoco quedaron nombres, ni quedaron direcciones. Solo el recuerdo de las sensaciones, guardado en algún lugar de su cuerpo que ella misma se negaba a visitar.
Se entregó en cuerpo y alma al nuevo orden. Se convirtió en la agente perfecta, la investigadora implacable, la que no dudaba ante nada. Construyó una carrera sobre la base de la lealtad al régimen. Enterró su pasado bajo capas de disciplina y obediencia.
Pero nunca olvidó.
Y esa tarde, en la comisaría, después de horas de hacer cosquillas a Eva, la enfermera que había huido junto a la ex boxeadora Clara Medina, después de ver cómo la mujer se retorcía y reía sin soltar ni una palabra, Valeria sintió que algo se rompía dentro de ella.
Eva estaba agotada. Las marcas de las ataduras en sus muñecas. El rostro enrojecido. La respiración entrecortada. Pero sus ojos seguían firmes.
Valeria la miró. La desató.
—Vete —dijo.
Eva parpadeó, sorprendida.
—¿Qué?
—Que te vayas. He dicho que te vayas.
Eva se incorporó lentamente. Se frotó las muñecas. Miró a Valeria con una mezcla de incredulidad y recelo.
—¿Por qué haces esto?
Valeria no respondió. No podía. No sabía cómo explicar que, al ver a Eva atada y riendo, había reconocido algo en ella. Algo que también había visto en el espejo del sótano, años atrás. Algo que no podía nombrar.
—Vete —repitió—. Antes de que cambie de opinión.
Eva la miró un instante más. Luego se levantó y salió de la celda.
Valeria se quedó sola.
Se sentó en el borde de la cama metálica. Apoyó la cabeza en las manos y lloró. Estuvo así unos veinte minutos hasta que alguien llamó a la puerta. La noticia la obligó a reponerse: Dos policías muertos en el sótano de una recóndita villa a las afueras de la ciudad. Parece ser obra de Hermanas.
Comentarios
Publicar un comentario