HERMANAS - Episodio 4: Contra las cuerdas (Clara Medina)


Dos días después del secuestro de Luna Lux, Inés Valero camina por un pasillo estrecho en algún lugar del extrarradio. 

Lidija camina delante de ella. No lleva pasamontañas. Dentro de estos muros, las caras son libres. Fuera, todo cambia.

—La misión fue un éxito —dice Lidija, sin girarse—. Luna Lux ha reaparecido esta mañana. Ha publicado un vídeo diciendo que fue retenida por un grupo de hombres que la amenazaron e intimidaron. Sin nombres. Sin detalles. Los de Amanecer Nacional le han pedido que no hable más del asunto.

Inés la sigue. Aún no sabe qué sentir.

—¿Y la campaña contra nosotras?

—Enterrada. Javier Roldán ha comunicado internamente que el proyecto Desenmascarando Hermanas queda suspendido indefinidamente. Falta de credibilidad, ha dicho.

Inés sonríe. Una sonrisa pequeña, amarga.

—Falta de credibilidad. Después de todo lo que inventaron.

—Así funciona la propaganda —dice Lidija—. Cuando ya no sirve, la cambian por otra.

Llegan a una puerta de madera oscura. Lidija llama tres veces. Pausa. Dos veces más. La puerta se abre desde dentro.

La sala es más grande de lo que Inés esperaba. Una mesa larga de madera ocupa el centro. Alrededor, mujeres de distintas edades. Sus miradas se posan en Inés un instante, luego vuelven al centro de la mesa.

Allí hay una mujer.

Es morena, de unos cuarenta años, cuerpo atlético. Los hombros anchos, las manos grandes, los nudillos marcados. Inés cree reconocerla. El rostro le resulta familiar, pero no sabe de dónde. Luego, al ver la forma en que se sienta —la espalda recta, los pies firmes en el suelo—, lo recuerda.

Clara Medina. La ex campeona nacional de boxeo. Inés la seguía en Instagram antes de que la plataforma empezara a cerrar cuentas "subversivas". Clara publicaba vídeos entrenando, dando consejos a chicas jóvenes, hablando de disciplina y de esfuerzo. Nunca fue política. O eso parecía.

Ahora está sentada, con las manos sobre la mesa. No parece una mujer a la que vayan a juzgar. Parece una mujer que está esperando.

A su lado, dos sillas vacías.

Lidija ocupa una. Señala la otra a Inés.

—Siéntate.

Inés obedece.

Lidija habla. No hay estrado. No hay juez. Solo ella, con su acento serbio y su mirada clara, enumerando los hechos.

—El jueves pasado, Clara Medina realizó una vigilancia no autorizada en las inmediaciones de la sede de Amanecer Nacional en esta ciudad. No informó de sus intenciones a ninguna de las responsables de seguridad. Actuó por cuenta propia, utilizando información obtenida en una misión anterior sin el consentimiento del grupo.

Clara no se mueve. Sus ojos están fijos en un punto de la mesa. 

—La información que obtuvo —continúa Lidija— era valiosa. Confirmaba la existencia de una nueva unidad especial del régimen dedicada a infiltrar y destruir redes como la nuestra. Eso, en sí mismo, justifica parte de su decisión.

Lidija hace una pausa.

—Sin embargo, durante la operación, Clara fue captada por tres cámaras de seguridad. Una en el semáforo. Otra en la entrada del aparcamiento. Otra en el vestíbulo de un edificio vecino. 

Un murmullo bajo recorre la sala. Alguien dice: "La ruta segura". Otra: "La casa de Pilar".

—Como consecuencia —dice Lidija—, hemos tenido que abandonar una de nuestras rutas seguras. La casa de Pilar, en la calle de los Molinos. Ocho personas han tenido que reubicarse. Cuatro de ellas, con niños.

El silencio vuelve. Pero no es un silencio acusador. Es un silencio de preocupación compartida.

Clara levanta la cabeza. Su mirada recorre la sala. Se detiene en Lidija.

—No voy a pedir perdón —dice. Su voz es grave, ronca, como de quien ha gritado en cuadriláteros—. Lo que descubrí es más importante que cualquier protocolo. Una unidad especial entrenada para cazarnos. Eso cambia las reglas del juego.

—Las reglas del juego —repite Lidija, sin ironía— están ahí para protegernos.

—Lo sé. Y asumo las consecuencias. Pero no me arrepiento.

Alguien al otro lado de la mesa —Soraya, la de seguridad, una mujer de pelo corto y mirada analítica— asiente despacio.

—Tiene razón en una cosa —dice Soraya—. La información es vital. Ahora sabemos que nos vigilan y que nos toman en serio. Eso es bueno y es malo.

—Malo sobre todo —interviene Mercedes, la de logística, más pragmática—. Significa que van a venir a por nosotras con más medios.

—Por eso necesitamos a todas —dice Clara, mirando a Lidija—. Y por eso no voy a pedir disculpas. Pero aceptaré lo que decidáis.

Lidija la mira un largo rato. Luego asiente.

La discusión dura casi una hora, pero el tono nunca es de condena. Es un debate entre iguales. Inés escucha, aprende, y de vez en cuando aporta alguna pregunta. Nadie propone expulsar a Clara. Nadie lo sugiere siquiera.

—No podemos permitirnos perder a alguien como Clara —dice Vera, la de comunicaciones, una mujer menuda de voz firme—. Pero tampoco podemos permitir que esto siente un precedente.

—¿Qué propones? —pregunta Lidija.

Vera se encoge de hombros.

—Algo simbólico. Que se note que hay consecuencias, pero que no nos debilita.

Un silencio. Luego, Soraya sonríe. Una sonrisa que Inés no le había visto antes. Pícara.

—Ya que estamos hablando de cosas simbólicas… —dice Soraya—. Las cosquillas. Una sesión de cosquillas. Como en los viejos tiempos.

Algunas mujeres ríen. Otras asienten con complicidad. Inés las mira, sorprendida.

—¿En serio? —pregunta.

—Es tradición —explica Mercedes—. Cuando alguien comete una infracción grave pero no merece expulsión, se somete a una sesión. 

Clara, que había permanecido en silencio, levanta la cabeza. La miran todas. Inés espera una negativa, un portazo, un "soy demasiado mayor para esas tonterías".

Pero Clara sonríe.

—Una hora —dice, como si probara la idea—. ¿Quién me la va a hacer?

Varias manos se levantan. La sala se llena de risas. Inés siente que, por primera vez, entiende algo que las palabras no podían explicarle. Hermanas no es solo una red de resistencia. Es una familia. Y las familias también tienen formas extrañas de quererse.

Lidija levanta una mano para calmar el jolgorio.

—Clara quedará relegada a tareas secundarias durante un mes —dice, retomando el hilo—. Sin acceso a información de operaciones activas. Y hoy, después de la reunión, recibirá su castigo.

—Acepto —dice Clara sin dudar—. Las dos cosas.

Lidija asiente. El asunto queda zanjado.

Cuando la reunión termina, la mayoría de las mujeres se dispersan. Algunas se acercan a Clara para darle un abrazo o un apretón de hombros. "Bien hecho, campeona", le dice una. "La próxima vez avisa", le dice otra.

Inés se queda en un rincón, observando. Entonces Clara se acerca a ella.

—Eres la nueva, ¿verdad? —pregunta. Su voz ya no tiene la dureza de antes. Es casi amable.

—Inés —dice Inés, tendiendo la mano.

Clara la estrecha. Su apretón es firme, pero no aplastante. Como si supiera exactamente la fuerza que debe usar.

—Te he visto en Instagram —dice Inés, y luego se corrige—. Quiero decir, antes. Cuando publicabas vídeos de boxeo.

Clara sonríe. Una sonrisa que le cambia la cara.

—Eso fue en otra vida.

—¿Cómo pasaste de ahí a esto?

Clara mira a Lidija, que está al otro lado de la sala, hablando con Soraya.

—Un día me di cuenta de que no podía seguir pegando a un saco mientras afuera pegaban de verdad. Y entonces conocí a estas locas.

Inés no sabe qué responder. Clara le da una palmada en el hombro.

—Tranquila. Te acostumbrarás.

Se aleja. Alguien la llama desde el fondo de la sala: "Clara, ¿prefieres la alfombra o la cama?". La respuesta de Clara se pierde entre risas.

Inés se queda mirándolas. Siente algo que no sabe nombrar. Alivio, quizá. O pertenencia.

Lidija aparece a su lado.

—¿Qué te parece?

—Que no me esperaba esto —dice Inés.

—Aquí siempre hay algo que no esperas. 

Lidija se gira hacia la sala, donde ya están preparando la cama. Varias mujeres se arremolinan alrededor de Clara, que se ha empezado a  quitar la chaqueta y estira los brazos como si fuera a entrar a un combate.

—¿Te quedas a ver? —pregunta Lidija.

Inés duda un segundo. Luego asiente.

—Me quedo.

Lidija sonríe.

La cama individual está junto a la ventana, aunque los cristales han sido cubiertos con una manta gruesa para que nadie pueda ver desde fuera. El cabecero es de hierro, frío. Las sábanas, verde olivo, están recién lavadas. Huelen a suavizante.

Clara ya está tumbada boca arriba. Lleva un sujetador deportivo negro y unas braguitas de algodón grises. Nada de lencería cara. 

Sus muñecas están atadas al cabecero con correas de cuero —las mismas que Inés ya conoce—, y sus tobillos sujetos al pie de la cama, separados apenas lo suficiente para mantenerla estable. 

Dos mujeres flanquean la cama. Inés no las había visto antes.

Una es rubia, de ojos azules claros. Se llama Sonia. Tiene las manos pequeñas, de dedos largos y finos, y las uñas siempre impecables. Habla poco, pero cuando lo hace, su voz es apenas un susurro. Hay algo en su mirada —una mezcla de concentración y ternura— que recuerda a las monjas de los hospitales antiguos. Su especialidad no son las palabras. Son las manos. Dicen que puede hacer reír a una piedra con solo rozarla.

La otra es Eva, de pelo cano recogido en un moño apretado. Tendrá cuarenta y tantos, pero los brazos aún conservan la fuerza de quien ha trabajado con ellos toda la vida. Eva era enfermera antes de que el régimen la expulsara del sistema público por negarse a delatar a una compañera. Ahora cura heridas en la clandestinidad, pero nunca ha perdido el instinto clínico: sabe exactamente dónde tocar, en qué ángulo, con qué presión. Sus manos son un termómetro del cuerpo ajeno.

—¿Lista, campeona? —pregunta Sonia, con ese hilo de voz que parece flotar.

Clara suelta un bufido.

—Llevo esperando media hora. ¿Vais a empezar o qué?

—La impaciencia no es buena consejera —dice Eva, con la misma calma que usaría para poner una inyección—. Ya lo sabes.

Inés está sentada en una silla plegable junto a la pared, con las piernas cruzadas. Lidija está de pie a su lado, apoyada en el marco de la puerta, con los brazos cruzados. No van a participar. Solo van a observar. Y a comentar.

—¿Siempre es así? —pregunta Inés en voz baja.

—No siempre —responde Lidija—. Depende de quién y de qué. Pero con Clara… bueno, Clara es especial. Tiene un sentido del honor muy antiguo. Aceptar el castigo es parte de su forma de pedir perdón sin decirlo.

—Y las dos…

—Sonia y Eva. Sonia es la rubia. Parece una muñeca, pero sus manos son… cómo decirlo… implacables. Nunca levanta la voz. Nunca se ríe mientras trabaja. Solo observa y toca. Es la que más miedo da, al principio.

—¿Y Eva?

—Eva era enfermera. Sabe leer el cuerpo como un libro abierto. Si Clara quiere fingir que no le afecta, Eva lo sabrá antes de que empiece.

Inés asiente, fascinada.

Sonia se sitúa a la derecha de la cama. Eva a la izquierda. Se miran un instante, asienten, y luego bajan las manos al mismo tiempo.

Ambas empiezan por los costados.

Las yemas de sus dedos recorren la franja que va desde las caderas hasta las axilas de Clara, despacio, como si estuvieran memorizando la geografía de su cuerpo. La piel de Clara es morena, firme, marcada aquí y allá por cicatrices pequeñas: costillazos, raspaduras, los mapas de una vida de golpes.

Pero bajo los dedos de Sonia y Eva, esa piel se eriza.

Clara aprieta los labios.

—Ya —dice Eva, con una sonrisa profesional—. Ya se te escapa.

—No —miente Clara.

Sonia no habla. Solo intensifica el movimiento. Sus dedos pequeños y largos garabatean en el costado derecho con una precisión de relojero. No mira a Clara. Mira sus propias manos, como si estuviera realizando un ritual.

Clara tira de las correas de las muñecas. Los barrotes de hierro tintinean.

—Ahí —dice Sonia, en un susurro apenas audible.

—Ahí —confirma Eva, haciendo lo mismo en el costado izquierdo, con la firmeza de quien sabe exactamente dónde están los nervios.

Clara ríe. Es una risa corta, tosida, casi involuntaria. Como si le hubieran sacado el aire de golpe.

—Joder —dice.

—Joder, ¿qué? —pregunta Eva.

—Que tenéis… mala leche…

—Nos lo han dicho muchas veces.

Las dos suben las manos al mismo tiempo. De los costados a las costillas. Allí, el cuerpo de Clara se tensa de otra manera. Las costillas de la exboxeadora se marcan bajo la piel, cada una un escalón hacia la risa.

Eva usa las yemas, con la presión justa para estimular sin lastimar. Sonia usa las uñas, apenas, un roce que no araña pero que hace cosquillas como auténticas descargas eléctricas. Sus ojos azules siguen fijos en las costillas de Clara.

Clara se retuerce. No es un retorcerse contenido. Es un espasmo completo, de hombros a caderas, que levanta medio cuerpo de la cama.

—¡AHHH! —grita.

—¿Qué pasa ahí? —pregunta Eva, sin dejar de mover los dedos.


—¡Que no puedo! —Clara ríe a carcajadas. Ya no es la risa corta del principio. Es una risa grande, profunda, que le viene del estómago—. ¡Las costillas no!

—Las costillas sí —corrige Sonia, en ese susurro que parece un eco.

Inés observa desde su silla. No puede evitar sonreír. Ver a Clara Medina —la campeona, la mujer de hierro— retorcerse por unas cosquillas es casi irreal. 

Lidija, desde el marco de la puerta, comenta en voz baja:

—Sonia es increíble con las costillas. No sé cómo lo hace. Parece que las está acariciando, y de repente la otra persona está llorando de risa.

—¿Y Eva?

—Eva es más estratégica. Sonia ataca, Eva sostiene. Se complementan.

Sonia y Eva suben a las axilas.

Clara emite un sonido que Inés no le había escuchado antes. No es risa. Es un quejido, casi un gemido, que se convierte en risa antes de terminar.

Las axilas de Clara están depiladas, la piel lisa y morena. Sonia usa el dorso de los dedos, deslizándolo suavemente de arriba abajo, con una delicadeza que parece imposible para alguien tan implacable. Eva prefiere las yemas, pequeños círculos que parecen inofensivos pero que arrancan carcajadas cada vez más intensas.

—¡No, no, no! —grita Clara.

—Sí, sí, sí —responde Sonia, sin levantar la voz.

Los pies de Clara se arrastran sobre la sábana verde. Los dedos se curvan. Las manos, atadas al cabecero, tiran con fuerza.

—¡Coño, que pare ya esta mierda! —pide Clara, pero su voz suena a ruego, no a orden.

Eva se detiene un segundo. Solo un segundo.

—¿De verdad quieres que pare?

Clara la mira. Tiene los ojos húmedos, las mejillas encendidas. Respira con dificultad.

—No —admite—. Pero quejarme es gratis.

Las dos mujeres ríen. Inés también. Sonia no ríe. Solo sonríe. Una sonrisa pequeña, casi invisible.

Lidija se inclina hacia Inés.

—¿Ves? No es un castigo. O sí, pero no en el sentido que imaginas. Es un recordatorio de que somos humanas. De que todas tenemos grietas.

Inés asiente. 

Las manos bajan. Dejan las axilas, recorren el torso —un viaje rápido que aún arranca alguna risa residual— y llegan a los pies.

Clara respira hondo.

—Ahí no —dice, y esta vez no es un ruego. Es una declaración.

—Ahí sí —dice Eva.

Los pies de Clara son grandes, fuertes, con los dedos largos y las uñas cortas. Talones duros. Empeine alto. Las plantas, sin embargo, son sorprendentemente suaves.

Eva toma el pie derecho. Sonia el izquierdo.

Ambas usan las yemas.

El ataque es lento al principio. Los dedos presionan el arco, suben hasta la almohadilla, bajan al talón. Un viaje paciente, casi meditativo.

Clara aguanta los primeros segundos. Luego se desmorona.

—¡Aaaaah! —grita, y su risa se convierte en algo primitivo, incontrolable—. ¡Los pies, no, los pies no!

—¿Por qué los pies no? —pregunta Sonia, con ese hilo de voz que parece flotar en el aire.

—¡Porque me matan!, jajajajajajajajajajajajajaja!

Eva añade algo de presión, pellizcando suavemente los laterales del pie derecho. 

Sonia, en cambio, usa la punta de las uñas para recorrer el arco del pie izquierdo, lentamente, como si estuviera dibujando líneas invisibles.

Clara se arquea entera. La cama cruje. 

—¡Basta, basta, basta! —grita, pero ríe tanto que apenas se entiende.

—Llevas solo quince minutos —dice Eva, consultando un reloj imaginario en su muñeca.

—¡Quince minutos de infierno!

—Infierno, dice.

Sonia pasa a los dedos de los pies, haciendo cosquillas en los espacios entre ellos con la punta de la uña. Su pulso es metronómico. No acelera. No frena. Es constante. Y esa constancia es lo que vuelve loca a Clara.

—¿Cómo se le da tan bien? —pregunta Inés a Lidija.

—Sonia es muy creativa. Y muy paciente.

Clara ya no puede formar palabras. Solo salen risas, gemidos, pequeñas súplicas que no llegan a ser frases completas. Sus pies intentan escapar, pero las correas los sujetan. Sus manos tiran del cabecero como si quisiera arrancarlo.

Inés la mira y siente algo extraño. No es lástima. Es reconocimiento. Clara es fuerte. Clara es valiente. Clara es todo lo que ella quiere ser. Y sin embargo, ahí está, deshecha por cuatro dedos en las plantas de los pies.

—¿Te pasa algo? —pregunta Lidija.

—No —dice Inés—. Solo pienso.

—No pienses demasiado. A veces las cosas son simples.

Inés la mira.

—¿Esto es simple?

Lidija sonríe.

—Esto es lo más simple que hacemos, Inés. Cosquillas. Esto es solo recordar que estamos vivas.

Inés se queda callada.

Clara tira de las ataduras como si fuera a arrancar los barrotes de la cama. Los nudillos se le blanquean. Los brazos, musculosos y morenos, tiemblan con cada espasmo de risa. Las cuatro manos siguen trabajando en sus pies —Sonia en el izquierdo con esa paciencia de relojero, Eva en el derecho con su precisión clínica— y ella se retuerce como si le estuviera dando un calambre en todo el cuerpo.

—¿No sabéis... JAJAJAJAJAJA... hacerlo... no sabéis hacerlo mejor? —logra gritar entre carcajadas.

Eva levanta la cabeza. No deja de mover los dedos, pero su sonrisa se ensancha.

—¿Mejor? Pero si no puedes más, boxeadora.

Clara arquea una ceja. O intenta hacerlo, porque las cosquillas le retuercen la cara en una mueca que no sabe si es risa o desafío.

—Y una mierda —suelta, y la risa se le atraganta—. JAJAJAJAJAJAJA. ¡Que venga otra! ¡La nueva esa!

El silencio que sigue es solo de un segundo. Luego todas las miradas se giran hacia Inés.

Inés siente el peso de los ojos de la sala. Las mujeres que están cerca de la cama, las que están apoyadas en las paredes, Lidija sentada a su lado. Todas la miran. Todas esperan.

Sonia sonríe. Sus ojos azules brillan por encima de los pies de Clara.

—Me parece —dice en ese hilo de voz que siempre usa— que te están retando.

Inés traga saliva. 

Lidija, mirándola, asiente.

Inés se levanta.

Se acerca a la cama. Las manos de Sonia y Eva siguen en los pies de Clara, incansables. La exboxeadora ríe, pero también observa. Sus ojos siguen a Inés.

—¿Dónde te pones? —pregunta Sonia.

Inés mira el cuerpo tendido de Clara. Las cuatro manos ya están ocupadas abajo. Arriba, las axilas —esas axilas que Sonia y Eva abandonaron hace un rato— están desprotegidas. Vacías. Esperando.

—Aquí —dice Inés.

Se coloca a la altura de la cabecera, a la izquierda de Clara. Levanta las manos. Las deja suspendidas un instante sobre las axilas de la boxeadora.

—¿Vas a empezar o vas a quedarte ahí todo el día? —pregunta Clara, y su voz tiembla porque los pies no dejan de sufrir las cosquillas de Sonia y Eva.

Inés baja las manos.

Las yemas de sus dedos tocan la axila izquierda de Clara al mismo tiempo que las cuatro de abajo intensifican su ataque. No lo han planeado. No hay señal. Solo el instinto de quienes saben que la sincronización es la clave.

Las axilas de Clara son calientes, húmedas por el sudor del esfuerzo. La piel es suave, más suave de lo que Inés esperaba de una boxeadora. Sus dedos se mueven sin pensar: círculos pequeños, rápidos, como le enseñó Lidija en aquella primera noche.

La reacción es instantánea.

Clara no ríe. Clara grita.

Un grito desgarrador, profundo. Un alarido de rendición total de un cuerpo que ya no puede controlar nada. Las dos manos en las axilas. Las cuatro en los pies. Seis puntos de ataque simultáneo.

El alarido se convierte en risa. Una risa histérica, inhumana, que no se parece a nada de lo que Inés había oído antes.

—¡AAAAAAAH! ¡NO, NO, NO, NO! —chilla Clara, y su voz se quiebra—. ¡LAS DOS NO! ¡LAS DOS COSAS NO!

—¿Las dos cosas? —pregunta Eva, inocente, mientras sus dedos siguen garabateando en el arco del pie derecho.

—¡AXILAS Y PIES A LA VEZ NO! —grita Clara.

Sonia no dice nada. Solo sonríe y sigue.

Inés también sigue. Sus dedos se mueven más rápido. Ahora no solo son círculos: son garabatos, espirales, pequeñas presiones con la yema del pulgar. Explora. Aprende. Descubre que la axila izquierda de Clara tiene un punto exacto, justo en el borde donde empiezan las costillas, que la hace temblar entera.

—¡AHÍ NO! —grita Clara.

—¿Aquí? —pregunta Inés, insistiendo en ese punto.

—¡SÍ, AHÍ! ¡JODER, AHÍ NO!

Tira de las correas. Los barrotes de hierro tiemblan. La cama entera se mueve. Alguien en la sala suelta un silbido de admiración.

—La novata tiene mano —dice una voz desde el fondo.

—No parece tan novata —dice otra.

Inés no las oye. Solo oye la risa de Clara. Solo siente el cosquilleo bajo sus propios dedos, esa energía que viaja de su mano al cuerpo de la boxeadora y vuelve en forma de temblores y gritos.

Sonia y Eva no aflojan. Los pies de Clara son dos campos de batalla, y ellas los recorren sin piedad. Los arcos, los talones, los laterales, los espacios entre los dedos. Cada centímetro es una nueva explosión de risa.

Clara ya no puede hablar. Solo emite sonidos. Gritos. Carcajadas. Gemidos. Su cuerpo es un arco tenso que vibra entre seis puntos de sujeción: las muñecas, los tobillos, y ahora las seis manos que la recorren como si estuvieran escribiendo un mensaje en su piel.

—¡ME RINDO! —grita de repente, y la frase la sorprende a ella misma—. ¡ME RINDO, COÑO, ME RINDO!

Eva alza la vista.

—¿De verdad?

—¡SÍ, SÍ, SÍ!

—¿Qué tienes que decir? —pregunta Sonia, sin dejar de mover los dedos en su pie.

Clara respira como puede. Las palabras le salen entre espasmos.

—Que… que no volveré… a hacerlo sin permiso…

—¿Y qué más?

—¿Qué más? —Clara ríe, pero esta vez es una risa cansada, rendida—. ¿Qué más queréis? ¡Ya me habéis matado!

—Que lo sientes —dice Eva.

—¡QUE LO SIENTO! —grita Clara—. ¡LO SIENTO MUCHO! ¡PARAD YA, POR FAVOR!

Las manos se detienen.

Las seis manos al mismo tiempo.

El silencio es tan intenso como el caos anterior. Clara se queda en la cama, jadeando, con los ojos cerrados, las mejillas empapadas, el pecho subiendo y bajando como si acabara de correr diez kilómetros.

—Joder —susurra.

Alguien en la sala ríe. Luego otra. Luego varias.

—Eso, campeona —dice una voz—. Así se hace.

Inés aparta las manos. Las mira. Le tiemblan un poco. No sabe si por el esfuerzo o por la emoción.

Clara abre los ojos. Busca a Inés.

—No está mal —dice, y su voz es un hilo—. Para ser novata.

Inés sonríe.

Lidija también sonríe.

Inés se aparta de la cama mientras Eva y otra compañera desatan las correas de Clara. La exboxeadora respira hondo, frotándose las muñecas con una sonrisa cansada pero sincera. Alguien le alcanza una botella de agua. Bebe. El ambiente es ligero, casi festivo.

Inés se queda junto a la pared, observando. Aún siente el cosquilleo en las yemas de los dedos, el eco de la risa de Clara en sus oídos.

—Me encantan tus canciones.

La voz es apenas un susurro. Inés se gira. Sonia está a su lado, tan cerca que puede ver el reflejo de la luz en sus ojos azules. La rubia tiene las manos cruzadas detrás de la espalda, como una colegiala que espera el timbre.

Inés se ruboriza. No sabe qué decir. Nunca sabe qué decir cuando alguien la reconoce fuera de un escenario.

—Te he visto en directo —continúa Sonia, con ese hilo de voz que parece flotar en el aire—. Tienes muy buena voz. Y tus letras son increíbles. Me encantó la versión que hiciste de Bella ciao la última vez que tocaste en El Gato Tuerto.

Inés siente un nudo en la garganta. No es tristeza. Es algo más dulce, más raro. Es la sensación de ser vista por alguien que no esperaba que la viera.

—Jolín —dice, y se siente torpe, pero no le importa—. No sé qué decir. Muchas gracias.

Sonia sonríe. No es una sonrisa amplia. Es pequeña, íntima, como un secreto compartido.

—Además —dice, bajando aún más la voz—, por lo que tengo entendido, compartimos algo en común.

Inés arruga el entrecejo. No entiende.

—El tickling —susurra Sonia—. El gusto por las cosquillas.

El rubor de Inés se intensifica. Le queman las mejillas, las orejas, el cuello.

—Vaya —dice, y suena casi avergonzada, aunque no lo está—. Así que lo sabes.

—Lidija me lo contó —dice Sonia—. No te preocupes, no se lo ha dicho a nadie más. Solo a mí. Porque yo también…

No termina la frase. No hace falta.

Inés la mira con otros ojos. A la rubia de la melena perfecta, de las manos pequeñas y los dedos largos. A la que hace reír a una piedra con solo rozarla.

—Pues sí —admite Inés, y al decirlo siente que se quita un peso—. Aquí siento que puedo contarlo. Me vuelve loca que me hagan cosquillas. Cuando he visto a Clara ahí atada, con tres personas haciéndole cosquillas… he deseado estar en su lugar.

Sonia acerca un poco más la cabeza. Sus labios casi rozan la oreja de Inés.

—Te entiendo —susurra—. A mí también me vuelve loca. Pero mira, desde que se recrudeció la represión, apenas hacemos sesiones recreativas. Todo son misiones, riesgos, protocolos. Si me sigues la corriente, puedo conseguir que tú también estés ahí atada.

Inés abre los ojos.

—¿En serio podrías hacer eso?

Sonia se separa apenas. Le guiña un ojo. 

—Tú calla y sígueme el rollo.

Se gira hacia la sala. La voz de Sonia, siempre tan baja, se eleva de repente con un tono que Inés no le conocía. Firme. Autoritario. Casi teatral.

—¡Escuchadme!

El murmullo se apaga. Todas las cabezas se giran hacia Sonia. Clara, que acaba de incorporarse en la cama, se queda con la botella de agua a medio camino de los labios. Eva, que recogía las correas, se detiene.

—Hemos sido justas castigando a Clara —dice Sonia, recorriendo la sala con la mirada—, pero aquí somos todas iguales. No hacemos favoritismos.

Pausa. Mira a Inés. La señala con un dedo.

—Según sé, esta tía se quitó la capucha delante de la influencer Luna Lux. También fue una imprudencia. Aunque Luna no haya hablado de nosotras en público, ¿quién sabe si no ha contado en privado lo que vio?

Un murmullo recorre la sala. Algunas mujeres se cruzan miradas. Otras asienten, lentamente. Inés baja la cabeza, fingiendo vergüenza. Por dentro, el corazón le late tan fuerte que cree que van a oírlo.

Sonia alza la voz:

—Propongo que la castiguemos igual que a Clara. ¡Que se entere ella también!

El silencio se vuelve eléctrico. Todas las miradas buscan a Lidija.

Lidija está apoyada en el marco de la puerta, con los brazos cruzados. Inés la mira. Lidija la mira. Durante un instante, algo pasa entre ellas. Un reconocimiento. Una complicidad que no necesita palabras.

Lidija sabe qué está pasando. Sabe que Sonia conoce el fetiche de Inés porque ella misma se lo contó, en una conversación nocturna sobre la nueva integrante. Sabe que Sonia está usando su habilidad para manipular al grupo. Y sabe que todo esto es un truco —un hermoso y tramposo truco— para darle a Inés lo que desea sin que nadie sospeche.

Lidija sonríe. Bajo. Casi imperceptible.

Mira a Inés. Mira a las chicas. Asiente.

—Atadla.

La sala estalla en un murmullo de aprobación. Varias mujeres ríen. Clara, desde la cama, suelta un silbido.

—Así se habla —dice.

Inés y Sonia se miran.

Sonia le guiña el ojo. Rápido. Limpio. Solo para ella.

Inés no puede evitar sonreír. Levanta las manos en un gesto de falsa protesta.

—¿Y esto? —dice, mirando a Lidija—. ¿No tengo derecho a defensa?

—Lo tendrás —dice Lidija, con una sonrisa—. Después.

Dos mujeres se acercan a Inés. La toman de los brazos. No con brusquedad, sino con esa firmeza amable que usan las enfermeras con los pacientes reticentes.

Inés se deja llevar. Siente las manos en sus muñecas, las correas de cuero, el colchón de la cama —la misma cama donde hace un momento estaba Clara— bajo su espalda.

Mira el techo. La viga de madera. La lámpara de luz cálida.

Y siente gratitud.

Hacia Sonia, que ha tramado todo esto. Hacia Lidija, que lo ha permitido. Hacia esta hermandad de mujeres que la aceptan con sus rarezas, sus peligros, sus ganas de reír.

—¿Lista? —pregunta Sonia, desde algún lugar a su lado.

Inés cierra los ojos.

—Lista.

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