HERMANAS - Episodio 1: Llegó la oscuridad (Inés)


Inés Valero descubre el anuncio a las dos de la madrugada, con el sabor agrio del vino de tetrabrik todavía en la boca y el móvil a punto de apagarse por falta de batería.

“Acompañamiento especializado. Atención a fetiches. Discreción absoluta.”
Y entre la breve lista de practicas sexuales, destaca una en la pantalla del móvil: "tickling".

El perfil no tiene nombre, solo una inicial: L. La fotografía es un primer plano de unos labios sin pintar y una sombra que podría ser un cuello o podría ser el doblez de una cortina. La ubicación: centro. El precio: lo suficiente para que Inés tenga que mirar dos veces el saldo de su cuenta.

Se ríe sola en el sofá gris del minúsculo estudio que alquila en el barrio de Valdeluz. Una risa triste, de esas que salen del fondo del estómago. Hace tres meses subía canciones en Youtube que se hicieron virales, como su disco auto producido al que llamó «Himnos susurrados contra la noche». Hace dos meses la echaron de El Gato Tuerto porque el dueño recibió una «sugerencia» del distrito sobre «espectáculos que pudieran incitar a la discordia». Hace una semana, Dani, su pareja hasta entonces, cogió su mochila y se fue después de que ella le dijera, en un tono que intentaba ser casual:

—A ver, ¿y si probamos con…? Nunca te lo he pedido, pero a mí lo que de verdad me pone es… que me hagan cosquillas.

El silencio de Dani duró cinco segundos que a Inés se le clavaron como astillas. Luego la miró como si acabara de confesar una enfermedad contagiosa.

—¿Cosquillas? —repitió, como si la palabra supiera mal—. ¿Eso es una cosa sexual? ¿Como las presas esas del documental?

Inés no supo responder. Ya no sabe responder casi nada.

Por eso ahora estaba allí, a las dos de la madrugada, escribiendo un mensaje a una escort con la palabra «COSQUILLAS» en mayúsculas, como si fuera un grito contenido.

La respuesta llegó en menos de un minuto:

«Estaría encantada de recibirte. Pasa cuando quieras.»

Inés apaga el móvil. Por la ventana, ve la pancarta que acaban de colgar esa misma tarde desde un balcón: «Amanecer Nacional, contigo hasta el final». En una fachada, una pintada: "Aúpa O.R.A."

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Inés tarda casi una hora en dormirse, y cuando lo hace, el sueño es ese pozo turbio del que se despierta peor que antes. Vuelve a abrir los ojos a las tres y cuarto. El techo de su estudio en Valdeluz tiene una mancha de humedad con forma de isla.

Se levanta. No se molesta en cambiarse. Top negro, pantalón corto gris, unas sandalias. Se mira en el espejo del recibidor y respira hondo.

Coge el móvil. Relee el mensaje de L.: «Estaría encantada de recibirte. Pasa cuando quieras.»

Responde: «Lo que tarde en llegar. Dirección, porfi.»

Inés sale al descansillo sin esperar respuesta y baja las escaleras de puntillas para no despertar a los vecinos, que desde el ascenso de Amanecer Nacional se han vuelto expertos, algunos, en anotar quién entra y quién sale a horas indebidas.

La calle está vacía. Esa es la única ventaja de la madrugada.

El móvil vibra. L le da una dirección.

Pisa el asfalto caliente y echa a andar.

Los recuerdos le vienen de golpe.

Rememora cómo empezó todo. 2025, el año de la inundación. Amanecer Nacional no era entonces más que un partido marginal que asustaba a las abuelas en los telediarios. Luego llegó su ascenso, vinieron los disturbios. Desestabilización, la llamaban ellos. «Hay que limpiar España», decían los carteles que nadie se atrevía a arrancar. Tres años de represión y muerte que culminaron en el ascenso al poder de un gobierno fascista como los de mediados del siglo XX.

Inés lo veía desde su ventana. Las noches de gritos. Los furgones que paraban en seco. Disparos. El silencio al día siguiente.

Sus primeras canciones. Las subió a internet sin pensar que nadie las escucharía. Pero llegó la vitalidad, las actuaciones en bares semiclandestinos. Sus canciones no decían «muerte al régimen». Eran más sutiles: hablaban de jaulas abiertas, de pájaros que olvidaron volar, de ventanas empañadas por la respiración de alguien que espera. 

«Amaneció y llegó la oscuridad», decía el estribillo de la canción que la catapultó por completo a la fama en internet, en una clara referencia al ascenso del Amanecer Nacional.

El público creció. Y con él, los primeros mensajes de odio.

«Cállate, puta roja.»
«Vete a cantar a Cuba, zorra.»
«Ya iremos a buscarte.»

Los anónimos eran los peores. Porque no podías responder a un anónimo. Solo podías mirar el móvil y notar cómo se te helaba la sangre.

Acelera el paso. Calle arriba, hacia el centro. Las farolas nuevas —con cámaras, todas con cámaras— la enfocan un instante. Sabe que la están grabando. Pero a las tres de la madrugada, con la cabeza gacha, quizá la confundan con otra. O quizá pase desapercibida.

Dani. Aparece en sus pensamientos como un puñetazo tardío.

Se conocieron en un concierto ilegal en un sótano del barrio. Él le dijo que su voz le recordaba al mar. Ella se lo creyó. Durante dos años compartieron cama, conversaciones, y ese pacto silencioso de no contarse todo. Inés guardaba su fetiche como un secreto de Estado. Era suyo, solo suyo. 


El despido. El pub El Gato Tuerto no era gran cosa: barra pegajosa, propinas justas, un dueño que la entendía. Era su única fuente de ingresos desde que las plataformas empezaron a desmonetizar sus canciones «por contenido sensible».

El dueño la llamó un martes por la tarde. No la miró a los ojos.

—Inés, te tengo que despedir.

Salió del pub con la mirada fija en el suelo. Alguien había pegado un cartel de Amanecer Nacional en la puerta del supermercado. El lema: «Orden, dignidad, patria.»

Ahora, en la calle vacía, Inés se da cuenta de que lleva las manos apretadas. 
Mira hacia atrás.

Nadie. 

Llega a la altura de la calle que le indicó L. Un portal antiguo, fachada de piedra sucia.

Inés se detiene. Respira hondo. El aire huele a jazmines de algún patio interior.

Su dedo se acerca al timbre.

Y piensa, por última vez: «¿Qué demonios estás haciendo?»

Luego lo pulsa.

El corazón le late tan fuerte que cree que pueden oírlo en la calle. En sus 28 años de vida, jamás ha hecho nada parecido. 

Las manos le tiemblan. 

No hay ascensor. El portal huele a humedad. Inés sube las escaleras despacio, apoyando el pie en el borde de cada peldaño para que no crujan. El segundo piso. Un rellano pequeño con dos puertas. La de la izquierda tiene un felpudo nuevo y una maceta con una planta mustia. La de la derecha…

Está entreabierta.

Una rendija de luz cálida se cuela hacia el descansillo. Inés traga saliva. Se acerca. Empuja con la yema de los dedos, suavemente.

Y allí está.

La mujer sonríe desde el marco de la puerta. Es alta. Pelo largo, castaño claro, con ondas que le caen sobre los hombros como si acabara de deshacerse un moño. Ojos claros. Azules o grises, no lo sabe bien con esta luz. Podría ser modelo de pasarela: los pómulos marcados,los hoyuelos pronunciados al sonreír, una elegancia que parece natural y sin embargo estudiada.

Lleva un conjunto de noche: pantalón de seda negra y una blusa blanca de cuello alto, abierta un par de botones. Está descalza. Sus pies parecen esculpidos en mármol.

—Hola —dice Inés.

Le tiembla la voz. La frase sale como un hilo, casi inaudible.

La mujer —L., solo sabe que se llama L.— mantiene la sonrisa. No es una sonrisa de compromiso. Es ancha, genuina, y tiene algo que Inés no esperaba encontrar en un lugar así: calidez.

—Hola, guapa —responde. El acento es claro, de algún lugar de Europa del Este. Las erres un poco arrastradas, las vocales más abiertas. Pero el tono es suave, como si estuviera dando la bienvenida a una amiga que llega tarde a cenar—. Pasa, pasa, no te quedes ahí fuera.

Inés obedece. Cruza el umbral y siente el cambio de temperatura: dentro no hace tanto calor. Huele a incienso suave y a algo floral. La escort cierra la puerta tras ella, y el sonido del pestillo al encajar hace que a Inés se le encoja el estómago.

—Tranquila —dice L., como si hubiera oído el latigazo de sus nervios—. Estás en tu casa.

Inés la mira. No sabe qué decir. Había imaginado algo sórdido. Una habitación sucia. Una mujer cansada y con prisa. Un trato frío y mecánico. Pero esto… esto es un salón. Pequeño, pero cuidado. Un sofá de terciopelo burdeos. Una lámpara de pie que proyecta una luz anaranjada. Una estantería con libros. Una alfombra que parece suave bajo las sandalias de Inés.

—¿Quieres beber algo? —pregunta L., inclinando la cabeza con una gentileza que desarma—. Agua, vino, té… Tengo manzanilla, ayuda con los nervios. Y tú los tienes a mil.

Inés suelta una risa nerviosa. Le tiembla la mandíbula.

—Agua… agua está bien.

L. asiente y se gira hacia una pequeña cocina americana. Inés la observa caminar descalza sobre la alfombra y siente algo extraño: una mezcla de vergüenza y alivio. No está siendo juzgada. No hay asco en su mirada. Solo esa dulzura que no encaja con ningún lugar común que tuviera en la cabeza.

—Ven —dice L., señalando una puerta entreabierta al fondo—. Pasemos a la habitación. Allí estaremos más cómodas.

Inés traga de nuevo. Las piernas le pesan. Pero da un paso. Y luego otro.

El corazón sigue desbocado. Pero algo, en algún sitio muy profundo, ha empezado a aquietarse.

La habitación es más íntima aún que el salón. Una cama grande, de matrimonio, con sábanas de algodón blanco.  Una lámpara de noche con pantalla de rafia que tamiza la luz hasta volverla dorada.

L. señala la cama con un gesto suave.

—Siéntate.

Inés obedece. El colchón es más firme de lo que esperaba. Se hunde solo un poco. Las manos le sudan. Las apoya sobre los muslos, luego las retira, luego no sabe dónde ponerlas.

L. se sienta a su lado, dejando un palmo de distancia. No es invasiva. No se acerca demasiado. Solo existe en ese espacio, con esa sonrisa quieta y esos ojos claros que parecen leerle algo que Inés ni siquiera ha dicho.

—Estás muy nerviosa —dice L., no como una pregunta.

—Sí —susurra Inés, y la palabra le sale rota—. Nunca… nunca he hecho algo así.

L. asiente despacio. No pone cara de sorpresa ni de lástima. 

—Lo sé. Se nota. Y está bien. No tienes que haber hecho nada antes. Aquí solo importa lo que quieras hacer ahora.

Inés baja la mirada. Le duele la bondad. Le duele más que la indiferencia.

—¿Puedo? —pregunta L., acercando las manos al dobladillo del top de Inés.

Inés asiente. La garganta se le cierra.

L. comienza a quitarle la ropa con una delicadeza que roza lo ritual. Saca el top por la cabeza deslizando la tela con suavidad, sin enganchar el pelo. Los dedos de L. son largos, las uñas cortas y sin pintar. Luego baja al pantalón. Las sandalias caen al suelo con un golpe seco.

Inés se queda en ropa interior. Un sostén negro de encaje viejo. Braguitas de algodón. Se siente expuesta. Vulnerable. Pero no exactamente avergonzada.

—Bien —murmura L.—. Muy bien.

Le pone las manos en los hombros. Las palmas calientes. Y empieza a frotar despacio, en círculos amplios, desde la nuca hasta la parte alta de la espalda. La presión es justa: firme pero no brusca. Inés cierra los ojos sin querer. Un gemido pequeño, casi un suspiro, se le escapa de la boca.

L. sonríe. Sigue masajeando mientras habla:

—Así. Relájate.

Luego se separa. Inés abre los ojos y la ve desnudarse.

Lo hace sin artificios. Sin estriptís. Con la misma naturalidad con la que alguien se quita un abrigo al llegar a casa. La blusa blanca, los botones uno a uno. El pantalón de seda que resbala por sus caderas. L. se queda en sujetador y braguitas de encaje negro, y luego se quita también eso. Sin prisa. Sin pausa.

Inés la mira. No puede evitarlo. La piel de L. es pálida, casi transparente en la luz dorada. Un par de lunares en las costillas. Un pequeño tatuaje en la cadera, una palabra en un idioma extranjero que Inés no identifica.

El rubor sube por el cuello de Inés.

—Puedes mirar —dice L., con una sonrisa que no es burlona, sino generosa—. Para eso estoy aquí.

Inés se da cuenta entonces de que su pantalón está en el suelo. Y dentro, la cartera. Se agacha, lo recoge rápido, saca los billetes. Los tiene contados desde casa. El precio del anuncio. Una hora.

Se los ofrece a L. con la mano temblorosa.

—Toma —dice, y suena casi como una disculpa—. Es lo que… lo que ponía.

L. mira el dinero. Luego mira a Inés. Luego coge suavemente la muñeca de Inés y le empuja la mano hacia abajo, apartando los billetes.

—Calma, amor —dice, y la palabra amor suena en su acento como una caricia extranjera—. No tengas prisa.

Inés se queda con el puño cerrado alrededor del dinero que no ha sido aceptado. L. le toca la barbilla con un dedo y la levanta para que la mire a los ojos.

—Dime —dice L., en voz baja—. ¿Cómo quieres hacerlo?

El rubor se intensifica en las mejillas de Inés. El pecho le sube y baja con respiraciones cortas. Pero las palabras —las que lleva meses escondiendo, las que mataron su relación con Dani— salen casi solas.

—Quiero que me ates.

L. sonríe. No es una sonrisa amplia. Es pequeña. Cálida. Casi de reconocimiento.

L. se mueve por la habitación con una calma que Inés encuentra hipnótica. Abre un cajón de la mesilla y saca cuatro correas de cuero negro. Hebillas de latón. No son gruesas, pero parecen resistentes. Inés las mira y siente un escalofrío que no es de frío.

—Son suaves por dentro —dice L., como si le leyera el pensamiento—. Las forré con fieltro. No quiero que te marquen.

Inés asiente. No sabe si puede hablar.

—¿Te tumbas? —pregunta L., señalando la cama con un gesto.

Inés obedece. Se recuesta sobre las sábanas blancas y siente el algodón fresco contra su espalda. La colcha huele a suavizante. El techo tiene una viga de madera falsa. Todo es demasiado real y demasiado irreal al mismo tiempo.

L. se coloca al borde de la cama. Toma la muñeca derecha de Inés con una mano y la correa con la otra. La rodea con cuidado, ajustando la hebilla justo lo necesario: ni apretada ni floja. Luego la sujeta al barrote de la cabecera. Luego la izquierda.

Inés siente cómo sus brazos quedan extendidos. Abiertos. Expuestos.

L. sonríe mientras pasa a los tobillos. Le acaricia el empeine antes de poner la correa. Un gesto pequeño, casi maternal.

—¿Cómo te sientes? —pregunta mientras ajusta la hebilla del tobillo derecho.

—Nerviosa —susurra Inés. La voz le sale más aguda de lo normal.

—Eso es normal. Escúchame.

L. termina de atar el último tobillo y se incorpora para quedar de rodillas a su lado en la cama. La posición es extrañamente reverente. Desde ahí, con los ojos claros fijos en los de Inés, habla despacio, con ese acento que convierte cada frase en algo cálido y suave:

—Estás a salvo aquí. Todo lo que pase en esta habitación, tú lo decides. Si quieres que pare, dímelo y paro. No hay nada que deba darte vergüenza.

Inés respira agitada. El pecho se le levanta y se le hunde. Las correas no duelen, pero la sensación de no poder moverse libremente le acelera el pulso hasta el galope.

—La vergüenza —continúa L., pasándole un dedo por el antebrazo, de la muñeca atada hasta el codo— debería ser para los que hacen daño a otros. No para los que buscan disfrutar de lo que les gusta. ¿Me entiendes?

Inés cierra los ojos. Una lágrima pequeña, caliente, se le escapa por la comisura. Pero no es tristeza. O sí, pero de esa tristeza rara que a veces viene con el alivio.

—Sí —dice.

Cuando los abre de nuevo, L. sigue ahí. Esperando. No tiene prisa.

—Mi fantasía —dice Inés, y la voz le tiembla— es que… que me hagas cosquillas. Hasta no poder más.

El silencio se llena de algo que Inés no sabe nombrar. L. la mira sin inmutarse. Sin sorpresa. Sin extrañeza. Como si le hubiera pedido que le alcanzara un vaso de agua.

—Bien —dice simplemente L.—. Eso haremos.

Inés exhala. Pero justo entonces, un pensamiento la atraviesa. 

—¿Y los vecinos? —pregunta. Nota cómo el rubor vuelve a subirle—. ¿No van a… llamar la atención? Si me río muy fuerte o…

L. suelta una risa baja, cálida. Se inclina un poco más hacia Inés, apoyando una mano a un lado de su cabeza.

—Tranquila, amor. Mira.

Señala las paredes. Inés sigue su mirada y repara por primera vez en los paneles de corcho grueso que cubren las juntas. No es algo que se vea a simple vista si no sabes buscar.

—Este piso es viejo —dice L.—. Las paredes originales eran de ladrillo hueco, se oía todo. El propietario es músico, lo insonorizó todo. Por eso lo alquilé. Paneles de espuma, doble capa de pladur, burletes en las puertas.

Le guiña un ojo.

—Las vecinas de abajo son dos señoras que se acuestan a las diez. El de arriba está de viaje la mitad del año. Aquí no se entera nadie.

Inés siente cómo los hombros, tensos como cuerdas de guitarra, se le aflojan un milímetro.

—¿Y la policía? —pregunta, y la pregunta es más profunda de lo que parece.

L. se queda callada un momento. Luego pasa la yema de los dedos por la frente de Inés, apartándole un mechón de pelo sudoroso.

—Ellos no miran dentro de estas paredes. No les interesa lo que hacemos aquí. Créeme.

El silencio después es denso, pero ya no pesa.

L. aparta un poco el rostro para mirar todo el cuerpo de Inés extendido sobre la cama: los brazos abiertos en equis, las piernas ligeramente separadas, el vello púbico oscuro bajo las braguitas de algodón que aún no le ha quitado.

—¿Lista? —pregunta.

Inés traga saliva.

—Lista.

L. sonríe y acerca las manos. No se lanza. No se precipita. Inés ha oído hablar de amantes impacientes, de manos que agarran sin preguntar, de urgencias que no dejan espacio para el deseo. Pero esto es otra cosa.

Las yemas de los dedos de L. tocan la muñeca derecha de Inés justo donde termina la correa de cuero. El contacto es tan ligero que parece un error. Un rozamiento accidental.

Pero no es un error.

L. desliza los dedos hacia arriba. Sigue la línea interna del antebrazo, esa piel fina donde las venas se dibujan en azul. Sube despacio. Muy despacio. La presión es mínima: solo lo suficiente para que Inés note el calor de sus huellas dactilares.

Inés contiene la respiración.

El antebrazo. El codo. La curva suave que sube hacia el bíceps. Inés siente cómo cada centímetro de piel se eriza antes de que lleguen los dedos. Como si su cuerpo supiera lo que viene antes de que ocurra.

L. llega a la axila derecha. Pero no ataca. Solo roza el borde, el comienzo de ese pliegue sensible.

Inés se muerde el labio.

Luego L. cambia de brazo. Repite el mismo camino: muñeca izquierda, antebrazo, codo, bíceps. Es un ritual. Una exploración. Como si estuviera aprendiendo de memoria la geografía de su piel.

—¿Te gusta? —pregunta L., y su voz es tan suave que podría ser parte de las caricias.

Inés asiente.

Y entonces usa las dos manos. Una en cada axila. Solo apoya los dedos, sin moverse. El calor de sus palmas se filtra en las cavidades más sensibles del cuerpo de Inés.

—¿Cómo quieres que sea? —pregunta L.— ¿Dónde necesitas que empiece de verdad?

A Inés se le escapa un gemido pequeño. Aún no ha empezado, y ya siente que las correas la sostienen para que no flote.

—Ahí —susurra—. Empieza ahí.

L. sonríe con los ojos.

Desplaza los dedos un milímetro. Y entonces comienza.

Las yemas de sus dedos bailan sobre la piel de Inés como gotas de lluvia sobre un cristal.

Primero en la axila derecha. L. usa solo tres dedos: índice, corazón, anular. Los desliza en espiral, desde el borde exterior hacia el centro del pliegue. 

Inés suelta un resoplido. Una risa corta, ahogada, que se convierte en un estertor.
La risa se derrama de su interior como agua de un vaso demasiado lleno.

—¡Ah! —es lo único que acierta a decir.

L. no se detiene. Sigue con los círculos, pero ahora sube un poco, roza la parte interna del brazo. Inés retuerce las muñecas contra las correas. El cuero cede apenas un par de centímetros. No puede escapar. Y algo en esa impotencia la ablanda entera.

L. desliza un dedo por la costilla derecha, casi sin avisar. La reacción de Inés es inmediata: un espasmo que levanta la cadera de la cama, una carcajada que le estalla en la garganta sin permiso.

—Ahí —jadea Inés—, ahí tengo… tengo muchísimas cosquillas.

L. toma nota mental. Pero no se lanza. Introduce un elemento nuevo: sus uñas. Son cortas, pero las desliza con la presión justa por la parte baja de las costillas, de atrás hacia adelante, como si estuviera tocando un arpa.

El cuerpo de Inés se arquea. 

Vuelve a sus costillas. Ahora más arriba, casi en la línea del sujetador. Los dedos trazan figuras: ondas, puntos, pequeños golpecitos rítmicos. Inés ríe sin parar, pero es una risa líquida, que le moja las mejillas y le humedece el cuello.

—Esto es… jajajajaja —intenta decir—, nunca… nunca imaginé…

—¿El qué? —pregunta L. mientras baja una mano a la cadera y la otra sigue en las costillas. Los estímulos se multiplican.

—Que alguien… jajajaja... hiciera esto… jajajajaja... sin… sin verlo como algo raro raro…

L. se detiene de golpe. El silencio es tan brusco como un corte.

—No es raro —dice L., y su acento endurece un milímetro—. Es una práctica más. Hay quien necesita látigos, quien necesita plumas. Tú necesitas esto. ¿Y qué?

Inés parpadea. Las lágrimas ruedan hacia las sienes.

Los dedos vuelven a las axilas. Pero esta vez no son caricias. Son garabatos rápidos, cambiantes, impredecibles. Diez dedos que se turnan, que se combinan, que crean un patrón que Inés no puede anticipar.


La risa se intensifica. Se vuelve casi convulsiva. Inés tira de las correas, los barrotes de la cama crujen levemente.

—Para… para —logra decir, pero su voz no suena convencida.

—¿Quieres que pare? —pregunta L., deteniendo las manos en el aire.

Los ojos de Inés se abren. Tiene las mejillas encendidas, el pecho subiendo y bajando, un hilo de saliva en la comisura de los labios.

—No —dice—. No quiero que pares.

L. asiente. Baja las manos.

Pero no vuelve a las axilas. Baja más, a los costados del torso, rozando la cintura. Allí la piel es diferente: más suave, más caliente.

Y sus dedos suben de nuevo. Desde la cintura, pasando por las costillas, hasta llegar a las axilas. Un viaje de ida y vuelta que convierte a Inés en un mapa donde cada latitud es una risa diferente.

L. no tiene prisa, pero tampoco pausa. Sus dedos recorren el torso de Inés como si estuvieran leyendo un libro escrito en un idioma que solo ella entiende. 

Baja hasta el vientre. Allí la piel es más suave, más cálida. L. usa solo las yemas de los dedos, trazando espirales alrededor del ombligo. Inés se retuerce, tira de las correas, y la risa que sale de su boca es más aguda ahora, casi un chillido.

—Qué bonito sonido —dice L., como si estuviera escuchando música—. Me gusta.

Inés quiere responder algo ingenioso, pero los dedos de L. han encontrado un punto justo debajo de las costillas, un pequeño valle que parece diseñado para convertirla en un manojo de nervios.

—No… no puedo… —logra articular.

—Claro que puedes —dice L., y hay algo nuevo en su voz. Un brillo. Una chispa—. De hecho, vas a poder mucho más.

Aumenta la velocidad. Los dedos ya no dibujan espirales suaves, sino garabatos rápidos y cambiantes. De repente suben a las axilas, luego bajan a las caderas, luego vuelven al vientre. Inés no puede anticipar nada. Su cuerpo reacciona antes que su mente. Las carcajadas se suceden sin control, y entre ellas, algo más: gemidos. Pequeños. Involuntarios. Que nacen en algún lugar profundo.

L. los oye. Sonríe.

—¿Ves? —susurra—. Te está gustando sufrir.

Inés cierra los ojos. Es verdad. Cuanto más intensas son las cosquillas, cuanto menos puede respirar entre risa y risa, más calor siente extenderse por su vientre. Es una vergüenza dulce, una humillación que no duele, una entrega que la libera.

—Más —susurra Inés, y la palabra la sorprende a ella misma.

L. alza una ceja.

—Más, dice.

Y entonces usa las uñas. Nada agresivo, solo ese roce justo que desliza por las costillas como si fueran las cuerdas de un violín. Inés grita de risa. Se arquea. Los barrotes de la cama crujen.

—Por favor —jadea Inés—, por favor…

—¿Por favor qué? —pregunta L., deteniéndose un instante.

Inés abre los ojos. Tiene las mejillas empapadas, el pelo pegado a la frente, los labios hinchados de morderse.

—No lo sé —admite.

L. ríe bajo. Es una risa cálida, pero hay algo en ella que Inés no había visto antes: un destello pícaro, casi travieso.

—Escúchame, amor —dice L., apoyando una mano en el pecho de Inés, justo donde el corazón late desbocado—. Lo que vamos a hacer ahora… va a ser más intenso. Vas a reír hasta que te duela la tripa. Vas a suplicar. Y no voy a parar hasta que oiga una palabra que hayamos acordado.

Inés traga saliva.

—¿Una palabra de seguridad?

—Eso es. Tiene que ser algo que no se te escape en mitad de una carcajada. Algo raro. Algo que no vayas a decir por error.

Inés piensa. La cabeza le da vueltas. Las manos de L. siguen quietas sobre su piel, pero sabe que en cualquier momento volverán a moverse.

—Fresa —dice al final.

L. arquea una ceja.

—¿Fresa?

—Sí. Aquí no hay fresas. Ahora no me apetecen fresas.

L. sonríe. Una sonrisa lenta, que se ensancha con malicia contenida.

—Fresa, entonces. Cuando digas fresa, paro. ¿De acuerdo?

—De acuerdo.

—Pero no la vas a decir.

No es una pregunta. Es una afirmación. Inés siente un escalofrío que recorre toda su columna.

—No —responde, y su voz suena más firme de lo que esperaba—. No la pienso decir.

L. inclina la cabeza. La luz dorada de la lámpara le baila en los ojos claros.

—Ya veremos —dice.

Y sus manos vuelven a moverse.

Esta vez no hay exploración. No hay suavidad. L. ataca las dos axilas a la vez con un movimiento rápido, seco, circular. Sus dedos parecen poseídos: giran, presionan, arañan suavemente, se turnan en un relevo constante que no deja a Inés ni un segundo para recuperar el aliento.

La risa de Inés se convierte en algo primitivo. Ya no intenta controlarla. Ya no le da vergüenza. Se ríe con la boca abierta, con la cabeza echada hacia atrás, con todo el cuerpo sacudido por espasmos que las correas apenas contienen.

—¡No! —grita entre carcajadas—. ¡Ahí, ahí, ahí, no!

—Ahí sí —corrige L., sin detenerse.

Baja a las costillas. Sube a las axilas. Rodea los pezones sin tocarlos, solo rozando el borde del sujetador. Inés se retuerce como una serpiente. Las caderas se levantan de la cama. Los pies se flexionan. Cada músculo de su cuerpo está tenso y relajado a la vez, atrapado en esa paradoja del placer que duele y del dolor que placentero.

—Suplica —dice L., y su voz es un susurro junto a la oreja de Inés—. Quiero oírte suplicar.

—Por favor —dice Inés, y las palabras le salen cortadas por las risas—. Por favor, para… para un momento…

—¿Por qué? —pregunta L., deslizando un dedo por la línea de las braguitas.

—Porque… porque me voy a… no sé…

—¿Vas a qué?

Inés cierra los ojos. El calor en su vientre es una hoguera. Las risas son las llamas.

—Voy a… —susurra—. Voy a disfrutar demasiado.

L. se detiene. Solo un segundo. Solo para mirarla.

—Esa es la idea, amor —dice.

Y entonces mete las dos manos debajo de la espalda de Inés, levantándola ligeramente, y ataca desde ahí: los costados, los riñones, esa zona que Inés ni siquiera sabía que tenía y que ahora la hace chillar como una niña pequeña.

La risa se vuelve casi silenciosa. Ya no le sale aire. Solo espasmos. Solo esa sensación de estar flotando y cayendo al mismo tiempo.

L. ríe también. Una risa baja, complacida.

—Dime —dice—. ¿Cómo te sientes?

Inés no puede responder. Solo mueve la cabeza. No sabe si para decir que bien o para decir que no puede más.

—Usaré eso —dice L., como si hablara para sí misma—. Cada vez que no puedas responder, seguiré.

Y sigue.

Inés ya no sabe cuánto tiempo pasa. Los minutos se han derretido. Solo existe la risa, las manos de L., la sensación de las correas sujetándola para que no se desvanezca.

En algún momento, L. baja la mirada hacia los labios de Inés. Hacia la comisura donde la saliva brilla.

—Fresa —dice L., probando la palabra—. Sigue ahí, ¿verdad?

Inés asiente, ahogada.

—Pero no la vas a decir.

Inés niega con la cabeza. Otra carcajada. Otra.

—Buena chica —dice L.

Y sus dedos encuentran un nuevo punto: justo encima de la cadera, donde la piel es más fina y los nervios más cercanos. Inés grita. Se retuerce. Las lágrimas ruedan por sus mejillas.

Pero no dice fresa.

No dice fresa.

L. no da tregua. Sus dedos se mueven con una precisión que parece coreografiada, saltando de un punto sensible a otro sin avisar. Inés ya ha perdido la noción del tiempo. Solo existe la risa, las manos de esa mujer, y la extraña paz que crece en medio del caos.

Las axilas de Inés son un campo minado. Cada vez que los dedos de L. vuelven a ellas —con ese movimiento circular, cambiante, impredecible—, Inés siente que su cerebro se reinicia. Las carcajadas se vuelven más agudas, casi histéricas.

—¡Ay, ahí! —logra gritar—. Ahí… ahí tengo… muchísimas…

—¿Muchísimas qué? —pregunta L., sin dejar de mover los dedos.

—¡Cosquillas! —chilla Inés, y la palabra le parece ridícula y perfecta al mismo tiempo.

L. baja una mano a las costillas. La otra se queda en la axila. Dos frentes de guerra. Inés tira de las correas con todas sus fuerzas, pero el cuero aguanta. Sus pies se arquean. Los dedos de los pies se curvan.

—¿Y aquí? —pregunta L., presionando justo en el borde inferior de las costillas derechas.

—¡También! —jadea Inés—. Aquí es peor… casi peor…

—¿Casi?

L. intensifica la presión. Usa las puntas de los dedos, esos pequeños martillos que encuentran cada terminación nerviosa. Inés emite un sonido que no sabe si es risa o un berrido.

—¡Sí, sí, sí! —grita—. ¡Aquí sí que es peor!

El vientre. L. desliza una mano hacia abajo, hacia esa zona blanda que hay justo debajo del ombligo. Allí no usa las uñas, solo las yemas, pero el roce es suficiente para que Inés retuerza el torso entero.

—No —dice Inés entre risas líquidas—, ahí… ahí no puedo…

—Claro que puedes —dice L., trazando círculos lentos.

—¡Es que… es que es demasiado! —Inés ya apenas puede respirar. Las palabras le salen cortadas, ahogadas por las carcajadas—. Tengo muchísimas cosquillas… en la barriga… me vuelven…

—¿Te vuelven loca?

—¡Sí! —admite Inés, y al decirlo siente una descarga de calor que le sube desde el vientre hasta la nuca.

La escort sube de nuevo a las axilas. Ataca con los diez dedos. Es un asalto total. Inés echa la cabeza hacia atrás y ríe con la boca abierta, sin pudor, sin filtro. 

—¿Y las costillas? —pregunta L., pasando de las axilas a las costillas en un movimiento fluido.

—Las costillas… ay… las costillas… —Inés se retuerce intentando protegerlas, pero las correas se lo impiden—. Las costillas son… son lo segundo peor…

—¿Segundo peor? ¿Y qué es lo peor?

—¡Las axilas! —confiesa Inés a gritos—. Las axilas son… una tortura… una tortura que me encanta.

—¿Una tortura que te encanta? —L. ríe, y su risa se mezcla con la de Inés—. Me gusta esa frase.

Baja otra vez a la cintura. Ahora usa una técnica nueva: arrastra los dedos muy despacio, muy suavemente, desde la cadera hasta el centro del vientre, como si estuviera dibujando líneas invisibles. La lentitud es peor que la velocidad. Inés siente cómo las cosquillas crecen antes de que los dedos lleguen, como una ola que se ve venir.

—¡Joder! —grita—. ¡No puedo con eso!

—¿No puedes? —L. repite el gesto. Igual de lento. Igual de cruel—. ¿Seguro que no puedes?

—¡Puedo! —rectifica Inés entre carcajadas—. Quiero decir… puedo… pero… jajajajajajajajajajaja…

Las palabras se le enredan. La risa no la deja pensar.

L. aprovecha para volver a las costillas. Ahora con las uñas, ese roce que no araña pero que hace cosquillas como mil hormigas diminutas. Inés se arquea tanto que los barrotes parecen a punto de ceder.

Pasa a los costados del torso, esa franja que va desde la axila hasta la cadera. Allí alterna velocidad: rápido, lento, rápido, lento. Inés intenta anticipar, pero no puede. Cada cambio la descoloca, la lanza hacia una carcajada diferente.

—¡Por aquí —jadea Inés— tengo muchísimas!

—¿Tantas tienes?

—Sí… desde la axila… hasta la cadera… todo… es un infierno…

—¿Un infierno de cosquillas?

—¡Sí! —Inés ya no puede más. Pero no quiere que pare. La palabra fresa sigue ahí, en algún rincón de su cerebro, pero cada vez más lejana.

L. baja una mano a la cadera. La otra se queda en las costillas. Y entonces hace algo que Inés no esperaba: apoya los labios en su ombligo y sopla.

El cosquilleo es eléctrico. Inés pega un respingo que levanta medio cuerpo de la cama. La risa se le atraganta y se convierte en un chillido.

—¡Eso no vale! —protesta, pero su voz no suena enfadada. Suena divertida. Cómplice.

—Todo vale —dice L., levantando la cabeza y sonriendo—. Tú no has puesto límites.

—Pongo… pongo límites ahora…

—Tarde.

Y L. vuelve a soplar. Esta vez en el centro del vientre, justo donde la piel es más fina. Inés se retuerce como si le hubiera dado una descarga.

—¡Vale, vale, no soplo más! —dice L., riendo—. Por ahora.

Inés exhala, intentando recuperar el aliento. Pero L. ya ha vuelto a las axilas, y el ciclo empieza de nuevo.

—Tía… —dice, y la palabra le sale rota—. Se te da…

—¿Se me da qué? —pregunta L., con los dedos quietos sobre su cadera, esperando.

—Se te da muy bien hacer cosquillas —dice Inés, y al decirlo suelta una risa tonta, de esas que nacen del agotamiento y la felicidad—. Parece que… que hayas nacido para esto.

L. sonríe. No responde. Pero la sonrisa es diferente. Más ancha. Como si Inés hubiera dado en el centro de algo que L. guarda para sí misma.

—Descansa un momento —dice L., apartando las manos.

Inés exhala. Las correas siguen sujetándola, pero la pausa es un alivio. Cierra los ojos. Siente cómo la sangre vuelve a fluir donde los dedos de L. han estado presionando. Los hombros le duelen un poco de tanto tirar.

No ve lo que L. está haciendo.

Cuando abre los ojos, L. está al pie de la cama. De rodillas sobre el colchón. Mirando sus pies.

Inés siente un escalofrío.

—¿Qué…?

—Nada —dice L., con una inocencia fingida que no engaña a nadie—. Solo estaba mirando.

Los pies de Inés son menudos. Número treinta y seis. Los dedos redondos y sonrosados, las uñas cuidadas, pero sin pintar. Los empeines suaves, la planta arqueada. Están atados a los barrotes del pie de la cama con las correas de cuero, pero tienen algo de movimiento. Pueden flexionarse. Pueden retorcerse.

Pueden tratar de defenderse, pero no escapar.

—Bonitos pies —murmura L., como si hablara sola—. Suaves.

Desliza un dedo por la planta del pie derecho. Muy suavemente. Casi sin presión. Un roce de pluma, de pétalo.

La reacción de Inés es inmediata.

—¡No! —grita, y ya está riendo antes de que la carcajada llegue. El pie derecho se flexiona hacia atrás, intentando escapar del dedo de L.—. ¡Ahí no! ¡Ahí no, por favor!

—¿Ahí no? —L. repite el gesto. El mismo dedo. La misma suavidad. Esta vez en la planta del pie izquierdo.

Inés pega un respingo que agita toda la cama. Las carcajadas le brotan sin permiso, más agudas que nunca.

—¡Los pies no! —chilla—. ¡Los pies son... son lo peor de todo!

—¿Peor que las axilas? —pregunta L., con una ceja arqueada.

—¡Peor! —afirma Inés, y la palabra se le ahoga en una risa nerviosa—. Mucho peor. Los pies son... ay, joder, no voy a aguantar.

L. apoya el pulgar en el centro de la planta del pie derecho. Y empieza a presionar. Despacio. Muy despacio. Haciendo círculos diminutos sobre la piel suave, sobre esa almohadilla que Inés nunca había considerado especialmente sensible hasta ahora.

El grito de Inés es mitad risa, mitad súplica.

—¡No puedo! —dice, y las lágrimas ya le corren por las mejillas—. ¡Es que no puedo con los pies!

—¿No puedes? —L. cambia al pie izquierdo. El mismo pulgar. Los mismos círculos. Un ritmo lento e implacable—. ¿Seguro que no puedes?

—¡Puedo! —Inés ya no sabe lo que dice—. Quiero decir, puedo... pero no quiero... quiero decir que quiero... ¡ay, no sé lo que digo!

El pie derecho se retuerce. El izquierdo también. Inés tira de las correas de las muñecas como si fuera a arrancar los barrotes de cuajo.

L. añade un segundo dedo. Ahora son índice y corazón, desplazándose por la planta como dos exploradores en territorio hostil. Desde el talón hasta la base de los dedos. Desde la base de los dedos hasta el arco. Sin prisa. Sin piedad.

—¡Ahí! —grita Inés—. ¡Ahí en el arco! ¡Eso es una tortura!

—¿Tortura? —L. sonríe—. Qué palabra tan fea.

Pero no deja de hacer círculos.

Inés ya no puede articular frases completas. Solo palabras sueltas. Interjecciones. Risas. Gemidos que podrían ser de placer o de agonía, y que probablemente son ambos.

—¡Dedos! —dice—. ¡Los dedos de los pies... también...!

L. asiente como si acabara de recibir una orden. Suelta la planta y sube un poco, hacia los dedos. Los toma uno por uno. No los retuerce, no los separa. Solo los roza por los laterales.

Inés emite un sonido que no ha emitido en toda la noche. Algo entre un berrido y un hipo.

—Eso... eso no se lo hago ni a mi peor enemiga —dice L., riendo.

—Pues a mí sí —jadea Inés—. Y mira que... que no te he hecho nada malo...

—Todavía —dice L., y los ojos le brillan.

Pasa al otro pie. Repite la misma exploración. El talón (Inés respira, parece que aguanta mejor). El arco (Inés se arquea entera). La planta central (Inés ríe a carcajada limpia). Los dedos (Inés chilla).

—¿Qué nota más alta puedes alcanzar? —pregunta L., como si fuera un experimento científico.

Inés responde con un chillido que casi rompe la lámpara.

L. asiente, seria, como quien toma una nota mental.

—Ya veo.

Ahora usa las dos manos. Una en cada pie. Los pulgares presionando los arcos al mismo tiempo. Los dedos restantes rozando las plantas en un movimiento sincronizado. Es como si L. estuviera tocando un instrumento de dos teclados, y la música que sale es la risa incontrolable de Inés.

—¡No puedo con dos! —grita Inés—. ¡Con dos es el doble de... de cosquillas!

—El doble —repite L., complacida.

No deja de mover los dedos. Sube. Baja. Cambia el ritmo. Acelera. Ralentiza. Inés ya no sabe si los pies le pertenecen. Son territorio de L. ahora.

—Hablas mucho para alguien que está sufriendo —dice L., con esa sonrisa pícara.

—No es sufrimiento —corrige Inés entre carcajadas—. Es... es...

—¿Qué es?

—¡No lo sé! —admite Inés, y se ríe tan fuerte que le duele la mandíbula—. ¡Pero no pares!

L. no para.

Pasa los dedos por los laterales de los pies, esa franja que va desde el talón hasta el dedo pequeño. Inés retuerce los tobillos. Las correas de cuero crujen. Los barrotes del pie de la cama tiemblan.

—¿Y por aquí? —pregunta L., deslizando la uña suavemente por el lateral derecho.

—¡También! —grita Inés—. ¡Por todos sitios! ¡Los pies son... joder, qué puta tortura!

La escort baja la intensidad un momento. Solo un momento. Los pulgares descansan en los talones sin moverse. Inés respira agitada, aprovechando la pausa.

—Eres... eres diabólica —dice Inés, sin maldad.

—Lo sé —dice L.—. ¿Quieres que pare un momento?

Inés piensa. O intenta pensar. La cabeza le da vueltas. Tiene los pies calientes, como si estuvieran ardiendo.

—No —dice.

—Bien —dice L.

Y vuelve a los arcos.

Los dedos de L. se mueven como serpientes. No hay otra palabra. Deslizan, presionan, rodean, se retiran y vuelven a atacar en un lugar distinto. Es un baile lento y cruel que Inés solo puede padecer y disfrutar a partes iguales.

La planta del pie derecho recibe la atención principal. L. traza espirales con el índice desde el talón hasta la base de los dedos. La presión es mínima, casi etérea, pero suficiente para que cada centímetro de piel se encienda como una cerilla.

Inés tiembla. No es un temblor de frío. Es una vibración que recorre todo su cuerpo, desde los pies hasta la nuca, pasando por ese centro caliente que crece en su vientre.

—Por ahí… —susurra Inés, y su voz ya no es un grito. Es otra cosa. Un jadeo húmedo—. Por ahí es peor…

—¿Peor? —pregunta L., mientras cambia al pie izquierdo y repite la misma espiral. La misma lentitud. La misma crueldad—. ¿Peor cómo?

—Peor… mejor… no sé…

Los pies de Inés se agitan. Los dedos se abren y se cierran como si quisieran agarrar algo que no existe. Los tobillos giran dentro de las correas, buscando un ángulo que alivie la presión. Pero no hay alivio. L. sigue ahí, con sus dedos largos y su precisión de relojero.

—Se te mueven los pies solos —observa L., como si fuera un fenómeno curioso—. Mira.

Inés mira. Sus pies se retuercen sin control. Pequeños espasmos, tirones, arqueamientos. Es como si tuvieran vida propia, como si estuvieran intentando escapar de su propio cuerpo.

—No puedo… no puedo controlarlos… —dice Inés, y hay algo en su voz que no es queja. Es asombro.

—No hace falta que los controles —dice L.—. Déjalos que se muevan.

L. baja el ritmo. Ahora usa solo las yemas de los dedos, arrastrándolas por la planta como si estuviera pintando acuarelas. El roce es tan suave que casi no se siente. Y es precisamente esa suavidad la que vuelve loca a Inés.

—Eso… eso es enervante —dice Inés, y la risa se le mezcla con un gemido—. Cuando vas muy despacio… es peor que cuando vas rápido.

—¿Lo es? —L. sonríe, y sus dedos se detienen un instante.

—Sí —jadea Inés—. El despacio… me da más cosquillas… no sé por qué…

—Porque tu cerebro anticipa —dice L., como quien explica algo obvio—. Pero la anticipación no es lo mismo que la realidad. Y yo siempre hago algo diferente de lo que esperas.

Para demostrarlo, arrastra el dedo corazón por el lateral del pie derecho, desde el talón hasta el dedo gordo, y allí, justo en la base, hace un pequeño garabato con la uña.

Inés pega un respingo que sacude toda la cama. La risa se le convierte en un chillido agudo, casi de pájaro.

—¡Ahí! —grita—. ¡Ahí es horrible!

—Horrible, dices —L. repite el gesto. El mismo lateral. El mismo garabato. El mismo resultado.

Inés ya no ríe. Ríe y gime al mismo tiempo. Es un sonido extraño, que no sabe a qué categoría pertenece. L. lo escucha con atención, como una música que está aprendiendo de memoria.

—Ese sonido —dice L.— no lo habías hecho antes.

—No… no me habían hecho… cosquillas en los pies así… antes —confiesa Inés, y la confesión la ruboriza más que todo lo anterior.

L. se detiene. La mira.

—¿Nadie te había hecho cosquillas en los pies estando atada?

Inés niega con la cabeza. Las mejillas le arden.

—Dani… mi ex… ni siquiera sabía que me gustaban las cosquillas. Y cuando se lo dije… ya sabes.

L. asiente despacio. Algo pasa por sus ojos claros, algo que Inés no alcanza a descifrar.

—Bueno —dice L., y su voz se vuelve un susurro—. Pues voy a ser la primera.

Y entonces usa las dos manos. Una en cada pie. Los pulgares en los arcos, los índices en los laterales, los otros dedos en las plantas. Es un ataque múltiple, coordinado, implacable. Cada dedo hace algo distinto: unos circulan, otros garabatean, otros presionan suavemente y luego sueltan.

Inés se retuerce como una anguila. Las correas de las muñecas y los tobillos la mantienen en su sitio, pero el torso se arquea, la cabeza se echa hacia atrás, la cadera se levanta de la cama.

—¡No puedo con tantos deditos! —grita, y su voz se quiebra entre la risa y algo más—. ¡No puedo, no puedo, no puedo!

—Claro que puedes —dice L., sin dejar de mover los dedos—. Llevas un rato pudiendo.

—Pero es que… —Inés jadea, las palabras se le atropellan—. Me estoy… me estoy…

No termina la frase. No hace falta. Su cuerpo habla por ella: los pezones erectos bajo el sujetador, la piel erizada de los muslos, la vulva caliente que late al mismo ritmo que la risa.

L. lo ve. Lo sabe. Y en lugar de detenerse, intensifica. Ahora sus dedos no solo rozan: presionan, vibran, cambian de dirección cada dos segundos para que Inés nunca se acostumbre.

Los pies de Inés tiemblan sin parar. Los dedos de los pies se abren y cierran como pequeños puños. La planta izquierda se arquea hacia arriba intentando escapar, pero L. la sigue con la mano como una sombra.

—Tiemblas —dice L., y su voz tiene un deje de admiración—. Todo tu cuerpo tiembla.

—Porque… me haces… cosquillas… —Inés ya casi no puede hablar. Las palabras son burbujas que se rompen en la superficie de la risa.

—No solo eso.

L. retira una mano. Solo una. La otra sigue dibujando círculos en el arco del pie izquierdo. Con la mano libre, sube por la pierna de Inés, desde el tobillo hasta la rodilla, rozando la piel con las yemas de los dedos.

El contacto doble —los pies cosquilleando mientras la pierna recibe caricias— hace que Inés arqueé la espalda entera.

—Eso… —dice, y la voz le sale en un gemido largo—. Eso también…

—¿También qué? —pregunta L., mientras su mano sube hasta el muslo, sin llegar todavía al centro.

—También me gusta —susurra Inés.

L. sonríe. Una sonrisa llena, triunfal.

—Ya lo sé.

Vuelve a poner la mano en el pie derecho. Otra vez las dos manos en los dos pies. Pero esta vez no se limita a las plantas. Sube a los empeines, baja a los talones, rodea los tobillos. Cada zona tiene un mapa de sensibilidad diferente, y L. lo está cartografiando en tiempo real.

Inés ya no sabe si reír o llorar. Hace las dos cosas. Las lágrimas le corren por las mejillas mientras la risa le sacude el pecho. El placer es una ola que crece en su vientre y se extiende hacia las extremidades.

—Fresa —dice L., de repente, probando la palabra—. Todavía no la has dicho.

Inés niega con la cabeza. No puede hablar.

—Bien —dice L.— Porque aún no he terminado.

Sus dedos encuentran un punto nuevo: la base de los dedos de los pies, donde los nudillos se unen a la planta. Allí, la piel es más fina y los nervios están a flor de piel.

Inés emite un sonido gutural, profundo, que nace en algún lugar que no sabía que existía.

—Muy bien —dice L., como si acabara de descubrir un tesoro—. Esto es interesante.

Los dedos de L. se detienen un momento. Inés aprovecha para respirar, pero el alivio dura menos de un segundo. Porque L. baja la cabeza.

Sus labios tocan la planta del pie derecho.

Inés siente el contacto como una descarga. Es cálido, húmedo, completamente diferente a los dedos. Los labios de L. se separan y la lengua asoma, apenas un trazo, dibujando una línea desde el talón hasta el arco.

El gemido de Inés es profundo, casi gutural. No es risa. Es otra cosa. Algo que lleva años encerrado y que por fin encuentra una puerta entreabierta.

—Oh —dice Inés, y la palabra es un suspiro.

L. repite el gesto en el mismo pie. Esta vez la lengua se detiene en el arco, hace un pequeño círculo, y luego sube hasta la base de los dedos. Inés siente cómo las cosquillas se mezclan con el calor de la boca, cómo una sensación no anula a la otra sino que se potencian.

—Eso… —intenta decir Inés, pero no encuentra las palabras.

L. pasa al pie izquierdo. Mismo recorrido. Misma lentitud. Sus labios son suaves, la lengua apenas rugosa, la combinación perfecta para volver locos los nervios de la planta.

Los dedos de los pies de Inés se curvan. Los pies tiemblan, pero esta vez no intentan escapar. Se quedan, como si supieran que el contacto es un regalo.

—¿Te gusta? —pregunta L., separándose apenas un centímetro de la piel.

—Sí —susurra Inés.

L. sonríe. Y entonces empieza a besar. Beso a beso, desde el empeine derecho, subiendo por el tobillo. La pierna de Inés se tensa. Los besos son suaves, húmedos, intercalados con pequeños lametazos que hacen cosquillas de una manera distinta. Menos desesperante que los dedos, más íntima.

La pantorrilla. La corva. La parte de atrás de la rodilla. L. besa cada centímetro como si fuera el último, y en cada beso, Inés siente una pequeña explosión de cosquillas.

—Por aquí… —dice Inés, y su voz tiembla—. Por aquí también…

—¿También qué? —pregunta L. contra su piel.

—También tengo cosquillas.

L. ríe bajo, y su risa vibra en el muslo de Inés.

Llega a la cara interna del muslo. La piel allí es más fina, más pálida, más sensible. L. pasa la lengua muy despacio, desde la rodilla hacia arriba, siguiendo esa línea interior que ninguna prenda de ropa protege.

A Inés se le escapa un berrido agudo. Las cosquillas en la cara interna del muslo son completamente diferentes a las de los pies. Son más profundas, más calientes, más cerca de ese centro de placer que late con fuerza.

—Ahí… —jadea Inés—. Ahí me da muchísimo…

—¿Muchísimo? —L. repite el gesto. La lengua, otra vez, desde la rodilla hasta la ingle—. ¿Placer?

—Sí… así… —Inés cierra los ojos. No sabe si quiere que L. pare o que siga para siempre.

Las manos de L. suben mientras su boca sigue en el muslo izquierdo. Ahora está lamiendo la cadera, el hueso prominente que se marca bajo la piel. Sus dedos, libres, encuentran el pubis de Inés.

No lo tocan directamente. Lo rodean. Las yemas de los dedos dibujan círculos alrededor del vello púbico, rozan la línea de las braguitas, suben al vientre.

Inés se retuerce. Es un retorcerse diferente. Más lento. Más líquido. La risa se ha vuelto un gemido continuo, un sonido que parece salir de un sueño.

—Las dos cosas —susurra Inés—. Al mismo tiempo…

—¿Te gusta? —pregunta L. contra su cadera.

—Me vuelve loca.

L. sonríe. Y entonces su boca se desplaza hacia la vagina. Lame la entrepierna de Inés a través de la tela fina de las braguitas. El algodón se humedece al instante. Inés arquea la espalda y suelta un gemido que ya no tiene nada de risa.

Pero las manos de L. no dejan de moverse. Una mano acaricia la cadera izquierda, presionando justo donde el hueso y la piel crean un pequeño valle lleno de terminaciones nerviosas. La otra mano dibuja garabatos en el vientre bajo, justo encima del pubis, con movimientos serpenteantes que arrancan espasmos a Inés.

—No puedo… —dice Inés, pero suena a "no quiero que pares".

—Claro que puedes —murmura L., y su boca vuelve a la entrepierna.

Los dedos de L. suben por el vientre, trazando espirales alrededor del ombligo, bajando a las caderas, subiendo otra vez. Es un viaje constante. Inés ya no sabe dónde termina una sensación y dónde empieza la otra. Las cosquillas en el vientre se mezclan con el calor de la boca en su vulva, los lametazos en los muslos se combinan con los círculos en las caderas.

—Estás temblando mucho —observa L., separándose un momento para mirar el cuerpo de Inés.

—Lo sé —dice Inés, y nota que le tiembla la voz—. No puedo dejar de temblar.

—No dejes de temblar.

L. vuelve a la entrepierna y su lengua encuentra el camino directo.

Inés grita. No es un grito de dolor. Es un grito de algo que ha estado esperando demasiado tiempo.

Las manos de L. siguen su trabajo: cadera derecha, cadera izquierda, pubis, vientre. Las yemas de los dedos se mueven en círculos rápidos, en líneas que suben y bajan, en pequeños golpecitos rítmicos. Cada contacto hace cosquillas. Cada cosquilla alimenta el fuego que crece en el centro de Inés.

—Por favor —susurra Inés, y esta vez no sabe si está suplicando más intensidad o más pausa.

L. levanta la cabeza un instante. Tiene los labios brillantes. Los ojos claros fijos en los de Inés.

—¿Más? —pregunta.

—Más —dice Inés.

L. obedece.

Su boca regresa a la vulva. Sus dedos intensifican los garabatos en el vientre. Y todo el cuerpo de Inés se convierte en un instrumento que L. toca con la paciencia de una virtuosa.

La lengua de L. no se detiene. Se mueve con un ritmo profundo, pausado. Cada lametazo encuentra un punto diferente, un pliegue, un centro de sensibilidad que Inés ni siquiera sabía que tenía.

Y mientras tanto, los dedos de L. recorren el vientre de Inés como si estuvieran escribiendo un mensaje en su piel. Son trazos largos desde las costillas hasta la cintura, espirales alrededor del ombligo, pequeños picoteos rítmicos en la cadera derecha. Y luego todo se mezcla: la cadera izquierda recibe círculos lentos mientras el vientre soporta garabatos rápidos y cambiantes.

Inés gime. La risa se le escapa en bocanadas, entremezclada con esos gemidos profundos que nacen en la garganta y se derraman sin control. Es un sonido extraño, hermoso, que llena la habitación como una música improvisada.

—No puedes imaginar… —dice Inés, y la frase se le corta porque L. hace algo con la lengua que la desarma—. No puedes imaginar lo que se siente…

—Cuéntame —murmura L. contra su piel, sin dejar de lamer.

—Es como si… como si todo mi cuerpo… como si estuviera en una puta nube...

L. sonríe, y esa sonrisa vibra en el centro de Inés.

—Qué bonito —dice.

Sus dedos bajan hasta la cintura. Allí hace cosquillas con las yemas, con movimientos tan suaves que parecen caricias, pero lo suficientemente insistentes como para que Inés se retuerza.

—Ahí —jadea Inés—. Ahí también…

—¿También qué?

—También me da cosquillas… todo el rato… no pares…

—No voy a parar.

L. no para. Su lengua mantiene ese ritmo constante, profundo, mientras sus dedos exploran cada centímetro del vientre, la cintura, las caderas. Sube hasta el ombligo y dibuja un círculo alrededor. Baja hasta la línea del pubis y traza pequeñas ondas. Se desplaza a las caderas y presiona justo donde el hueso se marca bajo la piel.

Inés ya no distingue dónde termina una sensación y dónde empieza la otra. Todo es un continuo de cosquillas y placer, de risas y gemidos, de calor que crece y crece sin encontrar salida.

—Vas a… —intenta decir Inés, pero no puede terminar.

—¿Voy a qué? —pregunta L., levantando la cabeza un instante. Sus ojos claros brillan en la penumbra.

Inés la mira. Tiene las mejillas empapadas, el pelo pegado a la frente, los labios hinchados de morderse.

—Vas a conseguirlo —susurra.

—¿El qué?

—Que me olvide de todo.

L. asiente despacio. Algo en su mirada se ablanda.

—Esa es la idea, amor —dice.

Y vuelve a bajar la cabeza. Su lengua regresa al centro. Sus manos retoman el trabajo en el vientre y las caderas. Y el cuerpo de Inés se convierte en un territorio donde el placer y las cosquillas ya no se distinguen.

La risa sigue. Los gemidos también.

Sus dedos no se detienen. Siguen trazando círculos en el vientre, garabatos en las caderas, pequeñas ondas en la cintura. Todo al mismo tiempo. Todo en ese ritmo perfecto que Inés ya no intenta entender.

El placer y las cosquillas se han fundido en una sola cosa. Inés siente el calor que crece, que sube, que se acumula en algún lugar de su vientre como un globo que va a estallar.

—Voy… —jadea, y la palabra se le rompe en la boca—. Voy a…

L. intensifica. La lengua presiona más. Los dedos se mueven más rápido en el vientre bajo, justo encima del pubis, donde la piel es más fina y las cosquillas más eléctricas.

Inés arquea la espalda. Las correas de las muñecas crujen. Los barrotes de la cama tiemblan. Un chillido agudo, potente, sale de su garganta —un sonido que no sabía que podía hacer— y se expande por la habitación como un pájaro que por fin abre las alas.

El cuerpo de Inés se tensa entero. Cada músculo, cada terminación nerviosa, cada célula se contrae en un espasmo perfecto. Las manos se cierran sobre el vacío. Los pies se arquean. La espalda se levanta de la cama como si alguien la estuviera tirando desde el cielo.

Y luego, el temblor.

La carne de Inés vibra. Pequeñas ondas que recorren sus piernas, su vientre, sus brazos. Es un temblor que no puede controlar, que no quiere controlar, que la sacude desde dentro como si algo hubiera roto una presa.

Después, el desplome sobre la colcha, ahora empapada.

Inés cae sobre la cama como una muñeca de trapo. Los brazos caen a los lados —aunque las correas aún la sujetan—, la cabeza se hunde en la almohada, las piernas se abren y se cierran en un gesto residual, inconsciente.

Respira agitada. Los ojos cerrados. La boca entreabierta.

—Increíble —murmura, y su voz es un hilo, casi inaudible—. Ha sido increíble.

L. se incorpora despacio. Le acaricia los empeines con las yemas de los dedos, suavemente, casi maternal. El roce hace cosquillas, pero ya no es la misma intensidad de antes. 

Inés ríe. Una risa baja, cansada, feliz. Mueve los pies perezosamente, apartándolos de las manos de L., pero volviéndolos a poner al alcance.

—Gracias —dice.

L. sonríe. No responde. Empieza a desatar las correas. Comienza por las muñecas. El cuero se abre con un pequeño chasquido metálico. Inés se frota las muñecas sin que le duelan, solo por sentir la piel otra vez libre.

Luego pasa a los tobillos.

Inés, con los brazos ya sueltos, se incorpora ligeramente sobre los codos. Mira el despertador que hay en la mesilla. Los números rojos marcan las cuatro y veinte.

—He pasado una hora, ¿no? —pregunta, con un resto de vergüenza—. No sé si me habré pasado de tiempo.

L. termina de desatar el último tobillo. Deja la correa sobre la cama. Levanta la cabeza y la mira directamente a los ojos.

—No te preocupes por el tiempo, Inés.

Inés se queda completamente quieta. La tranquilidad que había en su cuerpo se tensa de golpe, como una cuerda que se estira demasiado.

—Un momento.

Se incorpora más. Apoya la espalda en la cabecera de la cama. 

—Mi nombre —dice Inés, y su voz ya no es un susurro contento. Es otra cosa. Más alerta—. ¿Cómo lo sabes? Yo no te lo he dicho.

Sus ojos recorren la habitación de golpe. La puerta. La ventana. La mesilla. Busca su ropa. Su cartera. Su móvil. Todo está donde lo dejó.

Pero el corazón le late más rápido. Ya no por el placer.

—Inés —dice L., y su acento suena ahora diferente. Más suave, quizá. O más serio—. Tranquila.

—¿Cómo sabes mi nombre? —repite Inés, y hay un temblor en su voz que no es el mismo de antes.

L. se sienta en el borde de la cama. No se acerca. No la toca. 

—El error lo he cometido a propósito —dice—. No ha sido un despiste. He querido que lo supieras.

Inés la mira. No entiende.

—¿Que sepa el qué?

—Que sé quién eres. Que sé que te llamas Inés Valero. Que sé que cantas maravillosamente y escribes desde las entrañas. Que sé que te vigilan. Que sé que tienes miedo.

El silencio se llena de preguntas.

—No te preocupes —dice L., y su voz es tan tranquila como una mano que calma—. No voy a hacerte daño. No voy a denunciarte. No voy a llamar a nadie.

—Entonces, ¿qué quieres? No eres escort, ¿verdad?

L. inclina la cabeza. La luz de la lámpara le dibuja sombras en el cuello.

—Quiero que sepas que estás a salvo. Aquí, conmigo, no te va a pasar nada malo nunca. Lo que ha pasado esta noche… no es solo lo que crees.

Inés traga saliva. Sus dedos aprietan la sábana.

—No entiendo nada.

—Lo entenderás —dice L.—. Pero necesito que confíes en mí un momento más.

Pausa.

—Estás entre hermanas —dice L., y las palabras caen en el silencio como piedras en un estanque.

Inés siente un escalofrío. Hermanas. El libro de Elisa Ramírez, el posterior documental, el movimiento de La Gitana, gracias a la cual, se popularizó el fetiche por la cosquillas. Y más tarde, inevitablemente, un rumeor sobre un grupo de mujeres. Algo de la resistencia. Algo que el régimen no ha podido aplastar porque nadie sabe bien qué es.

—¿Hermanas? —repite Inés, y su voz es un susurro.

L. asiente.

—Ahora escucha —dice—. Tengo que contarte unas cuantas cosas. Y luego tú decides.

Inés la mira. El miedo sigue ahí, pero debajo del miedo hay otra cosa. Una curiosidad caliente. Una intuición. Algo que le dice que esta mujer —L., la supuesta escort de Europa del Este, la que le ha hecho cosquillas hasta hacerla estallar— no es quien parece.

—Vale —dice Inés—. Habla.

L. sonríe. Se acomoda en la cama, cruza las piernas, y empieza. Desnuda, con esa luz dorada que la vuelve casi irreal, parece una figura salida de un cuadro antiguo. O de un sueño.

—En primer lugar —dice, y su acento de Europa del Este parece más marcado ahora, como si dejar atrás el personaje de la escort le permitiera hablar más libremente— es justo que me presente.

Inés aguanta la respiración.

—Me llamo Lidija.

El nombre cae en la habitación como un objeto pesado. Inés siente cómo se le tensa todo el cuerpo. Pero no es miedo. Es otra cosa. Es el vértigo de que una historia que no creías real del todo de repente se vuelva carne.

—Lidija —repite Inés, y la palabra le sabe a algo. A algo que ha leído. A algo que ha imaginado.

Lo sabe.

Lidija la observa. Espera.

—Yo… —Inés se incorpora más, se lleva una mano a la frente. Las sábanas resbalan. Su cabeza es un hervidero de recuerdos, de páginas subrayadas, de frases que releía en las noches de insomnio—. He leído el libro. Hace tres años. El libro de Elisa Ramírez…

Lidija asiente despacio. No la interrumpe.

—Contaba su historia. La cárcel. La hermandad de reclusas. La mujer que las lideraba… 

—La Gitana —dice Lidija, completando la frase.

Inés la mira con los ojos muy abiertos.

—Tú aparecías en ese libro.

Lidija no dice nada. Solo mantiene la mirada.

—Tú eras… —Inés busca las palabras, las encuentra en algún pliegue de su memoria—. La experta en hacer cosquillas. La serbia. La que todas las reclusas temían.

El silencio se llena de lo que no se dice. Inés recuerda las páginas que leyó una y otra vez, fascinada y escéptica a partes iguales. La historia era demasiado increíble para ser cierta. Una hermandad de mujeres en prisión que usaban las cosquillas como vínculo, como consuelo, como ritual y como arma. Quince reclusas al principio. Luego más. Luego se extendió a otra prisión. Y cuando salieron…

—Algubas os hicisteis famosas —dice Inés en voz alta, como si estuviera leyendo sus propios pensamientos—, pero tú nunca apareciste en público. Fue justo cuando Amanecer Nacional empezaba a crecer…

—Y la fama no duró —termina Lidija—. Nos empujaron de vuelta a la sombra. 

Inés siente un escalofrío. 

El silencio se hace denso. Inés mira a Lidija con otros ojos. Ya no es la escort amable que la ha recibido en ropa interior y le ha hecho cosquillas hasta el clímax. Es otra cosa. Es la mujer del libro. La experta torturadora. La leyenda que creía imposible.

—Siempre pensé que era demasiado increíble para ser verdad —susurra Inés.

Lidija sonríe. Una sonrisa pequeña, triste, real.

—Lo sé. Por eso nadie nos cree. Hasta que nos tienen delante.

Inés se queda callada. Su cabeza da vueltas. Las correas ya no la sujetan, pero se siente atada de otra forma. A una historia que acaba de hacerse real.

—¿Qué quieres de mí? —pregunta al final.

Lidija inclina la cabeza. La luz le baila en los ojos claros.

—Eso, Inés, es una conversación larga. Y necesito que estés sentada.

—Ya estoy sentada.

—Más.

Lidija se levanta de la cama. Atraviesa la habitación descalza, coge una botella de agua de la mesilla y le ofrece a Inés. La joven bebe. El agua está fresca, casi fría. Le recorre la garganta como un cable a tierra.

—Te voy a contar lo que somos ahora —dice Lidija, volviendo a sentarse frente a ella—. Porque lo que leíste en el libro, lo que viste en ese documental… es solo el principio.

Inés aprieta la botella entre las manos.

—Cuenta.

Y Lidija empieza a hablar.

La noche, afuera, sigue siendo la misma. Las cámaras en las farolas. Las patrullas. Los balcones con pancartas de Amanecer Nacional. Los vecinos que vigilan a los vecinos.

Pero dentro de esa habitación insonorizada, en un piso viejo de un barrio cualquiera, una cantautora desnuda y una exreclusa serbia están a punto de formar parte de algo más grande de lo que algunas querrían.




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