HERMANAS - Episodio 6: Al borde del colapso (Eva)
Lleva diez años en el cuerpo. Tres de ellos en la Brigada Especial de Seguridad Interior, esa unidad que Amanecer Nacional creó para "proteger al país de amenazas internas". Un eufemismo. Valeria sabe que su trabajo es cazar a los que no se pliegan al nuevo orden. Lo sabe porque lo hace bien. Porque ha aprendido a leer entre líneas, a seguir rastros que nadie más ve, a conectar puntos que parecen no tener relación.
—Mire esto, comisaria.
El agente Pérez le desliza un informe por la mesa. Papel amarillento, de esos que ya nadie usa salvo para las cosas que importan. Valeria lo lee en silencio.
Gasolinera de la periferia. Carretera de Alicante, salida 147. Varios testimonios de empleados: grupos de mujeres que aparecen cada cierto tiempo, intercambian vehículos en el descampado de detrás, y desaparecen sin repostar ni dirigir la palabra a nadie.
—¿Algo más? —pregunta Valeria.
—Los empleados dijeron que parecían... normales. Mujeres normales. De distintas edades. No concuerda con el modus operandi del O.R.A. ni de ningún otro grupo de insurrectos.
—¿Solo mujeres?
—Eso dijeron.
Valeria vuelve a leer el informe. Subraya tres veces: periódicamente, intercambian vehículos, distintas edades.
—Nadie ha tomado esto en serio —dice Pérez—. Es solo una anécdota.
Pero para Valeria y su intuición, se trata de algo más que una simple rareza.
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El operativo de vigilancia se monta en tres días. Valeria elige a sus mejores agentes. Gente discreta, de mirada cansada, que no levanta sospechas. Los sitúa en puntos estratégicos: la gasolinera, la carretera de acceso, el descampado.
La primera noche no pasa nada.
La segunda, tampoco.
La tercera, un coche gris aparca en el descampado a las once de la noche. Valeria lo ve desde sus prismáticos. Una mujer al volante. Otra en el asiento del acompañante.
No bajan del coche. Esperan.
Pasan diez minutos. Valeria cuenta cada segundo. Luego, otro vehículo —una furgoneta blanca, sin distintivos— se detiene junto a ellos. Del coche gris baja una mujer. Se acerca a la furgoneta. Intercambian algo. ¿Paquetes? ¿Documentos? Valeria no lo distingue. Lo que sí distingue son los gestos. Hay confianza entre ellas. Se conocen. La mujer del coche gris toca el hombro de la conductora de la furgoneta. Hay una broma. Una le pica el costado a la otra. Risas.
—Ya —susurra Valeria al pinganillo—. En treinta segundos. Sin precipitarse.
Los agentes se mueven. Silenciosos. Coordinados. Rodean los dos vehículos antes de que las dos mujeres puedan reaccionar. Las linternas se encienden al mismo tiempo.
—Manos arriba. Quietas.
Las dos mujeres alzan las manos. Sus rostros, iluminados de refilón, muestran sorpresa pero no pánico. La del coche gris es morena, de unos cuarenta años, cuerpo atlético. Hombros anchos. Puños cerrados, pero no por miedo. Por costumbre. La de la furgoneta es mayor. Pelo cano recogido en un moño. Manos firmes. Mirada serena.
Valeria se acerca despacio. Sus tacones crujen sobre la tierra compacta del descampado. Se detiene a unos metros. Mira a las dos mujeres. Luego mira los vehículos. Luego vuelve a mirarlas.
—¿Algo que quieran decirme? —pregunta.
La más joven —la del coche gris, la de los hombros anchos— habla primera.
—Estaba despidiéndome de mi tía. Nos vemos poco.
—¿Su tía? —Valeria mira a la mayor.
—Sobrina política —dice la del pelo cano, con una sonrisa tranquila—. La mujer de mi sobrino. Pero le cogí cariño.
—¿Y se despiden en medio de un descampado? ¿A las once de la noche?
—Ella trabaja de noche. Yo madrugo. Es el único momento que tenemos.
Valeria las observa. Las dos mujeres mantienen las manos visibles. No tiemblan. No se miran buscando complicidad. Parecen tranquilas. Quizá demasiado tranquilas.
—Identificación —ordena.
La joven saca un carné del bolsillo trasero del vaquero. Se lo ofrece a Valeria.
—Clara Medina —lee Valeria en voz alta.
El nombre le resulta extrañamente familiar. Clara Medina. ¿Dónde lo ha oído? Lo repite para sí mientras examina el carné. La foto es reciente. La mujer de la foto tiene la misma mirada retadora que la que tiene delante.
La mayor también ofrece su identificación.
—Eva Sánchez.
Valeria las estudia. Ambas visten ropa oscura. Zapatos cómodos. Nada que las identifique como algo más que dos mujeres normales. Pero algo en la forma en que se mantienen erguidas, en que no apartan la mirada, le dice que no lo son.
—¿Puedo saber a qué se dedican? —pregunta.
—Soy entrenadora personal —dice Clara.
—Enfermera en paro —dice Eva.
—¿Y las dos viven por la zona?
—Ella sí —Clara señala a Eva con un gesto—. Yo vine a visitarla.
—¿Desde dónde?
—Desde Alicante.
Valeria frunce el ceño. El descampado está muy lejos de Alicante. No es una visita que se haga por casualidad.
—Registren los coches —ordena a sus agentes.
Los agentes se acercan a los vehículos. Abren las puertas. Revisan los maleteros. Valeria no aparta la mirada de las dos mujeres. Clara y Eva permanecen inmóviles. No protestan. No preguntan de qué se las acusa.
Eso le gusta. Y también la inquieta.
—Comisaria —dice un agente, acercándose—. En la furgoneta hay ropa de abrigo, algo de comida, mapas.
—¿Mapas?
—Mapas de carreteras. De estos de papel.
Valeria arquea una ceja. Nadie usa mapas de papel desde que los teléfonos móviles tienen GPS. A menos que quieran evitar dejar rastro.
—En el coche gris —continúa el agente—, nada relevante. Unos cuantos discos compactos. Música.
—¿De qué música?
El agente se encoge de hombros.
—Flamenco. Cosas así.
Valeria mira a Clara. La entrenadora personal. La de Alicante. La que tiene discos de flamenco en el coche.
—Señoras —dice—. Van a tener que acompañarnos a comisaría. Solo para aclarar unos detalles.
Clara da un paso adelante. Los agentes se tensan. Ella levanta las manos vacías.
—¿De qué se nos acusa?
—De momento, de nada. Solo quiero hacer unas preguntas.
—¿Y si nos negamos?
—Pueden negarse. Pero entonces esto sería más desagradable de lo que tiene que ser.
El silencio se alarga. Valeria observa los rostros de las dos mujeres. Busca algo. Miedo. Culpa. Un gesto que las delate.
No encuentra nada.
Clara mira a Eva. Eva asiente, imperceptiblemente.
—Está bien —dice Clara—. Iremos.
Los agentes las rodean.
Clara mira a Eva. Un gesto casi imperceptible. Un parpadeo. Un leve movimiento de cabeza. Eva no responde, pero algo cambia en su postura. Los hombros se le tensan. Las manos, que colgaban a los lados, se cierran ligeramente.
—Mi tía —dice Clara, volviéndose hacia Valeria— tiene que coger su insulina. Es diabética.
Valeria la mira. Evalúa. Una diabética que se olvida la insulina en el coche a las once de la noche. Podría ser verdad. Podría ser una excusa.
—¿Dónde la tienes? —pregunta—. Yo te la doy.
Eva da un paso adelante. Su voz suena distraída, casi despistada.
—En la guantera, creo. O en el maletero. Chica, ya no lo sé. Siempre estoy igual con la insulina.
Valeria pone los ojos en blanco. Se gira hacia el coche gris.
—No les pierdan de vista —ordena a los agentes.
Se acerca al vehículo. Abre la puerta del acompañante. Revisa la guantera. Unos pañuelos de papel. Un cargador. Unas gafas de sol. Nada de insulina.
—No está aquí —dice, cerrando la guantera.
Va a salir del coche para abrir el maletero.
Cuando levanta la cabeza, ve la escena.
Clara se ha movido. No vio el desplazamiento. No hubo aviso. La morena está sobre el agente más cercano. Su puño —grande, entrenado, duro como una piedra— impacta contra la mandíbula del hombre. El agente cae sin un solo grito. Inconsciente antes de tocar el suelo.
El segundo agente reacciona. Lleva la mano a la pistolera. Pero Clara ya está sobre él. Un golpe en el estómago. El agente se dobla. Una rodilla en la cara. Cae a un lado.
Todo ocurre en menos de cinco segundos.
El tercer agente, el que estaba junto a la furgoneta, tira de su arma. Apunta al aire.
—¡Alto!
El disparo rompe la noche. Un destello. Un estruendo.
Clara ni se inmuta. Ya está corriendo hacia la furgoneta. Eva la sigue. En dos zancadas llega al vehículo. Sube. Clara ya está al volante.
El motor ruge.
Valeria sale del coche gris a tiempo de ver cómo la furgoneta blanca derrapa sobre la tierra del descampado y se incorpora a la carretera.
—¡Sube! —grita al tercer agente.
Corre hacia su vehículo. El agente la sigue. Motor. Luces. Sirena.
—¡Refuerzos! —grita Valeria al pinganillo—. Matrícula… —no sabe la matrícula. No la ha visto—. Furgoneta blanca, dirección Alicante. ¡Necesito refuerzos!
La carretera nocturna es un túnel negro. La furgoneta blanca corre delante. Valeria aprieta el volante. El agente, a su lado, tiene una mano en la pistolera y la otra agarrada al asidero del techo.
—¿Dónde está la matrícula? —murmura Valeria.
—Demasiado lejos —dice el agente—. No la veo.
La furgoneta acelera. Clara conduce como si hubiera hecho esto antes. Trazadas limpias. Cambios de carril sin intermitente. Se pega a la curva, se distancia en la recta.
Valeria pisa a fondo. El velocímetro sube. La furgoneta se aleja.
—¿Están locas? —dice el agente.
Las luces de la furgoneta se apagan.
La negrura es absoluta.
—¿Dónde están? —pregunta el agente.
Valeria reduce la velocidad. Los faros de su coche iluminan la calzada vacía. La furgoneta ha desaparecido.
—Han apagado las luces —dice—. Están circulando a oscuras.
—Es una locura.
—Lo sé.
Avanza unos metros. Nada. La carretera está completamente a oscuras. La furgoneta podría estar en cualquier lugar. Metida en un camino de tierra. Escondida tras un árbol.
—Han desaparecido —dice el agente.
—No pueden haber desaparecido.
Pero es verdad. Han desaparecido.
Valeria reduce aún más la velocidad. Casi parada. Sus ojos recorren la cuneta, los árboles, las sombras. Nada.
—Pida refuerzos aéreos —ordena.
El agente habla por la radio. Valeria sigue buscando. Entonces lo ve.
Humo.
Blanco, tenue, elevándose desde la cuneta unos cien metros más adelante.
—Ahí —dice.
Acelera. Llega al lugar. El humo sale de un vehículo destrozado. La furgoneta blanca está empotrada contra un naranjo. El capó doblado como un acordeón. El parabrisas roto. Los airbags desplegados.
Valeria frena en seco. Baja. El agente la sigue.
Se acercan con las armas desenfundadas.
Las puertas de la furgoneta están abiertas.
El interior está vacío.
No hay sangre. No hay cuerpos. Solo el humo del motor y el olor a gasolina.
—¡Registren la zona! —grita Valeria a los refuerzos que empiezan a llegar.
Las linternas recorren el naranjal. La hierba alta. Los árboles. La oscuridad.
Nadie.
—No pueden haber ido lejos —dice el agente que iba con Valeria.
Valeria se queda junto a la furgoneta destrozada. Mira el naranjo. El capó humeante. La puerta abierta del conductor.
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Eva y Clara corren entre los huertos de naranjos. La tierra está blanda, removida, y sus pisadas se hunden en ella como en arena mojada. La oscuridad es casi completa —solo la luna menguante, escondida tras nubes finas, les ofrece una claridad prestada, insuficiente— y los árboles se suceden en hileras idénticas, un laberinto verde que parece no tener fin.
Clara lleva agarrada a Eva por el hombro. No la suelta. No va a soltarla. Pero nota cómo su compañera cojea, cómo su respiración se vuelve más áspera, cómo cada paso hacia la derecha le cuesta un esfuerzo que intenta disimular y no consigue.
—La rodilla —dice Eva, entre dientes—. Me la he jodido.
—Ya te la miraré cuando estemos a salvo.
—Clara.
—No.
—Clara, escúchame.
Eva se detiene. Clara tira de ella, pero Eva no se mueve. Está apoyada en un tronco de naranjo, con una mano en la rodilla derecha. La respiración le sale entrecortada.
—Si seguimos juntas, nos pillan a las dos —dice Eva, con esa calma clínica que siempre la acompaña,—. Si nos separamos, una puede llegar.
—No voy a dejarte aquí.
—Clara, joder, hay que avisar a las chicas.
—Eva.
—Clara, te necesitan. Lidija, las demás, las nuevas. Si nos pillan a las dos, nadie podrá avisar. Cuando se den cuenta de que nos han pillado, será tarde.
Clara aprieta los puños. La furia le recorre la espalda, los hombros, las manos.
El silencio se llena de la noche y los grillos. Clara mira a Eva. La enfermera parece más frágil de lo que es. Pero Clara sabe que debajo de esa fragilidad hay acero.
—Corre —dice Eva—. Y no mires atrás.
—No voy a perdonarte esto.
—No hace falta que me perdones. Solo que avises.
Clara la mira un segundo más. Luego aprieta los dientes.
—Espérame en el refugio de la carretera. Si no estás en dos horas, voy a buscarte.
—Anda, tira —sonríe Eva.
Clara se gira y echa a correr. Sus pisadas se alejan, se pierden entre los árboles. Eva se queda apoyada en el tronco, escuchando cómo el ruido se disuelve en la noche.
Luego suspira.
No piensa correr. No puede. Sabe que la rodilla no va a aguantar ni quinientos metros. Lo que quería era no ser un lastre. Lo que quería era que Clara tuviera una oportunidad.
Ahora solo queda esperar.
Se sienta en la tierra, apoyando la espalda en el tronco del naranjo. Junta las manos sobre el regazo. Cierra los ojos.
No reza. No cree en dioses. Solo respira.
Las linternas tardan en llegar.
Eva las oye antes de verlas. Las voces de los agentes, los pasos sobre la tierra, el crujir de las ramas. Abre los ojos. No se mueve.
—Por aquí —dice una voz.
La luz de una linterna le da de lleno en la cara. No parpadea.
—Manos arriba.
Eva levanta las manos despacio. Los dedos abiertos. Las palmas visibles. Su expresión es serena, casi apacible.
—No llevo armas —dice.
Uno la apunta con la pistola. El otro se acerca, le registra los bolsillos, la cintura, los tobillos. Nada.
—¿Dónde está su compañera? —pregunta el que apunta.
—No lo sé. Nos perdimos en la oscuridad.
—No nos mienta.
—No miento. Ustedes tienen las linternas.
El agente que la ha registrado se incorpora. Mira a su compañero.
La agarran por los brazos. La levantan del suelo. Ella apoya la mano en la rodilla dolorida y hace una mueca. No protesta. No se resiste.
La conducen entre los naranjos de vuelta a la carretera. La luz de los coches patrulla ilumina el asfalto como un escenario de cine.
Valeria está junto a la furgoneta destrozada, con los brazos cruzados. Mira cómo traen a Eva. La enfermera camina despacio, arrastrando la pierna derecha, pero con la cabeza alta y la mirada fija.
—¿Dónde está Clara Medina? —pregunta Valeria.
Eva la mira. Sonríe.
—No lo sé. Creo que se fue por el otro lado.
—¿Qué otro lado?
—Creo que había un naranjo cerca.
Valeria la observa un instante.
—Usted sabe más de lo que dice. No se haga la graciosa.
El silencio se alarga. Valeria la mira. Eva sostiene la mirada.
—Llévensela —ordena Valeria.
Los agentes conducen a Eva hacia uno de los coches patrulla. La enfermera cojea, pero no tropieza. Abren la puerta trasera. Se sienta sin que se lo pidan. Apoya la cabeza en el reposacabezas. Cierra los ojos.
El coche arranca. Las luces se alejan.
Valeria se queda en el naranjal, mirando la oscuridad.
Sabe que Clara está ahí. En algún lugar. Corriendo.
Sabe que no va a encontrarla esta noche.
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Valeria pide que la dejen sola.
Los agentes salen del calabozo. La puerta metálica se cierra con un eco que parece prolongarse más de lo debido. La luz es blanca, fría, de esas de tubo fluorescente que zumban sin descanso. Eva está sentada en una silla de plástico. No esposada. Aún no. Su rodilla derecha descansa sobre la otra pierna, aliviando la presión. La cara serena.
Valeria se sienta frente a ella. Sobre la mesa, una grabadora digital lo registra todo. Dos tazas de café que nadie va a beber.
—¿De qué huíais? —pregunta Valeria.
Eva la mira. Sus ojos son oscuros, tranquilos.
—De ustedes.
—No me refiero al accidente. Me refiero a toda esta historia. ¿De qué huíais, Eva?
Eva suspira. Mira la grabadora un instante. Luego vuelve a mirar a Valeria.
—¿Hace falta un motivo? Todo esto es el motivo.
Señala la insignia de Amanecer Nacional que Valeria lleva prendida en la solapa. Un sol naciente. Raya verticales. La estética del poder.
—La gente huye de ustedes —dice Eva— porque están sembrando el terror.
Valeria no reacciona. Su rostro permanece impasible.
—Entiendo tu alegato, Eva. Entiendo que el nuevo gobierno no despierta simpatías en buena parte de la población. Pero vosotras huíais por otro motivo. Y tú me lo vas a contar.
Eva la observa. Hay algo en la mirada de Valeria que le dice que las evasivas no van a funcionar aquí. No con esta mujer.
—Somos amantes —dice Eva.
Su voz es neutra. Casi aburrida.
—¿Ah, sí? —Valeria arquea una ceja.
—Nos vemos a escondidas. Nos da miedo que nos descubran.
Eva sostiene la mentira como quien sostiene un paraguas roto en medio de una tormenta. Sabe que no va a servir. Pero hay que intentarlo.
Valeria la mira un largo rato. Luego se inclina hacia atrás en la silla. Cruza los brazos.
—Hemos cotejado la identidad de Clara Medina. Ex boxeadora. Declarada abiertamente homosexual desde hace muchos años. Supongo que lo sabes, porque si sois amantes, supongo que conoces su pasado.
Eva no parpadea.
—¿De verdad pretendes que me crea que iniciasteis una persecución policial porque quedáis para follar?
Valeria se inclina hacia adelante. Apoya los antebrazos en la mesa.
—Mira, Eva. Me importa una mierda a quién le comas el coño. Tú sabes tan bien como yo que hay algo más.
Eva respira hondo. El golpe ha sido directo. La crudeza de la comisaria no es fingida. Es real. No le importa el sexo. No le importan las vidas privadas. Le importa el resto.
—Clara sí —dice Eva, cambiando el tono, volviéndose más íntima, más vulnerable—. Pero yo tengo familia. Mi hermana. Mi ex pareja. Nadie sabe que soy homosexual. No puedo permitir que me descubran. Por eso nos escondemos.
Valeria no pestañea. Su mirada se endurece.
—Hermanas.
La palabra cae sobre la mesa como un objeto pesado. Eva la oye y siente cómo se le tensa la mandíbula. No responde.
—He dado en el clavo, ¿verdad? —dice Valeria—. Lo sabía.
Se levanta de la silla. Da un par de pasos hacia un lado. Se queda de pie, mirando a Eva desde arriba.
—Circulan tantas habladurías sobre vosotras que la gente ya casi ni cree que existáis. El dichoso librito de Elisa Ramírez, la que se lió con eso. Pero yo conozco gente que trató con las tuyas en esa cárcel. Y sé que todo lo que cuenta el libro es cierto. Tanto lo que cuenta como lo que no cuenta.
Eva no dice nada. Sus manos descansan sobre el regazo, quietas.
Valeria se acerca. Apoya las manos en la mesa, inclinándose hacia Eva.
—¿Quién iba a pensar —dice, casi en un susurro— que el harén de una gitana fetichista se iba a convertir en una organización criminal?
La sangre de Eva se hiela. Pero su rostro no lo muestra.
—¿Se puede saber de qué me está acusando exactamente? —pregunta. Su voz suena más firme de lo que esperaba.
Valeria arquea una ceja.
—¿Te estás poniendo nerviosa?
—No. Es que no sé adónde va todo esto. Me habla de Elisa Ramírez, de su libro, de un harén. Yo no sé nada de eso.
—¿Eres o no eres de Hermanas?
—No sé qué es Hermanas.
Valeria la mira largamente. Luego suspira. Se endereza. Da la vuelta a la mesa y se sienta en el borde, frente a Eva.
—Joder, Eva —dice, y su tono cambia. Se vuelve casi confidencial—. Que ya eres mayorcita. No me hagas perder el tiempo.
Eva espera.
—Nombres —dice Valeria—. Quiero nombres. Ubicaciones. Me las dices y te vas a tu puta casa a darle de comer a tus gatos. Sin represalias.
El silencio se alarga. Eva respira despacio. Mira sus manos.
—No tengo gatos —dice.
Valeria da un golpe en la mesa.
El ruido es seco. Sordo. La madera vibra. La grabadora roja tiembla.
Eva no se inmuta.
—No me hagas enfadar —dice Valeria, y por primera vez hay impaciencia en su voz.
Eva suspira. Se lleva una mano a la nuca, como si le pesara la cabeza. El gesto es cansado, casi familiar.
—Mire —dice, y su voz ha perdido parte de su filo—. No deberíamos haber huido. Lo lamento mucho. Metimos el coche en un huerto por no pensar con claridad. Pero no formamos parte de ninguna organización. Somos dos amigas que quedaron para cenar y se asustaron cuando vieron a la policía. Gente como nosotras… ya sabe. Desconfianza.
Valeria exhala. Apoya la espalda en el respaldo de la silla y mira el techo un instante. Cuando vuelve a bajar la mirada, sus ojos tienen un brillo distinto.
—¿Sabes? —dice, casi conversacional—. La gente se burlaba de Elisa Ramírez y las demás por eso de las cosquillas. Las llamaban pervertidas, frikis, ridículas. Pero a mí siempre me llamó la atención.
Eva parpadea. No reacciona. Finge no entender.
—¿Tan efectivo es ese método? —Valeria inclina la cabeza, como si preguntara por una receta de cocina—. Interrogar, castigar… haciendo reír a la otra persona. Suena retorcido, pero hay algo sumamente cruel en la idea de doblegar a una persona sin ejercer dolor. En exponer su vulnerabilidad de ese modo. Siempre lo he querido probar.
El silencio se vuelve denso. Eva la mira.
—Haber empezado por ahí, mujer —dice Eva, y suelta una risa breve, natural—. ¿Quiere que le haga cosquillas?
Valeria ríe. Pero su risa no es cálida. Es corta, metálica. Como si hubiera algo cruel en ella.
—Se te da bien fingir que no me entiendes, Eva.
Eva se encoge de hombros.
—La he entendido perfectamente. Quiere hacerme cosquillas a mí para que confiese lo de esa organización de mujeres de la que me habla.
Valeria la mira fijamente. Sus ojos recorren el rostro de Eva —las arrugas prematuras, las ojeras, esa calma que empieza a resultar irritante— y bajan por su cuerpo. Los brazos cruzados sobre el pecho. Las manos quietas. Las piernas, una sobre otra, disimulando la rodilla dolorida.
—Me pregunto dónde tendrás tú cosquillas —dice Valeria, como si hablara sola—. No pareces una mujer de risa fácil.
Eva sostiene su mirada.
—Apenas tengo —miente.
Valeria la observa un segundo más. Luego alarga la mano y apaga la grabadora roja con un clic seco. Se levanta de la silla. Se estira como quien va a comenzar una jornada laboral.
Cruza la habitación. Abre la puerta del calabozo. Se asoma al pasillo.
—Preparad otra sala —dice a los agentes, con una voz neutra, casi administrativa—. Nos vamos a divertir un rato.
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La sala es más pequeña que el calabozo. Paredes de hormigón pintadas de blanco sucio. Una cama individual de hierro negro, como las del sótano de Hermanas, pero sin mantas, sin sábanas, sin nada que mitigue la dureza del colchón de plástico. En los barrotes del cabecero cuelgan dos esposas de metal. No están forradas de cuero. No hay fieltro que proteja las muñecas.
Valeria cierra la puerta. El pestillo encaja con un ruido definitivo.
—Quítate la ropa —dice.
Eva la mira. Sostiene su mirada unos segundos. Busca algo en sus ojos —duda, vacilación, alguna grieta— pero no lo encuentra.
—¿De verdad me va a hacer esto? —pregunta.
—Podría hacerlo de formas muy desagradables —responde Valeria, con una calma que hiela más que cualquier grito—. Agradece que haya decidido hacerte cosquillas.
Eva respira hondo. Luego baja las manos.
Se quita las zapatillas. Las deja a un lado. Se quita los calcetines —blancos, de algodón, con un pequeño agujero en el talón derecho— y los deja junto a las zapatillas. Luego se desabrocha el pantalón oscuro que lleva. Tira de la cremallera. El vaquero cae por sus piernas. Lo pisa con un pie, luego con el otro. Lo aparta con un gesto.
Se queda en braguitas y sujetador. La camiseta, fina, de manga larga, se la quita por la cabeza. El pelo cano se le despeina aún más.
—El sujetador también —dice Valeria.
Eva duda. Sus manos suben al aro del sujetador. Se detienen.
—No tengo todo el día —dice Valeria.
Eva cierra los ojos. Se quita el sujetador.
La cicatriz es antigua. Una línea tersa, rosada, que cruza el lado izquierdo del pecho donde antes había una mama. La piel alrededor está bien cicatrizada, sin costuras abultadas. Un trabajo limpio. Una herida antigua.
Valeria la mira. Algo cambia en su rostro. No se ablanda del todo —no es una mujer que se ablande— pero sus ojos se detienen un instante de más en la cicatriz.
—Un diagnóstico temprano me salvó la vida, pero esto —dice señalándose el pecho,— esto no lo pudieron salvar.
—Ponte el sostén —dice.
Eva parpadea. No se mueve.
—He dicho que te lo pongas —repite Valeria. Su voz no ha perdido autoridad, pero hay algo en ella. Una pausa. Una pequeña grieta—. Puedes dejártelo puesto durante la sesión.
Eva la mira un instante. Luego obedece. Se pone el sujetador. El aro vuelve a cubrir la cicatriz. El gesto es rápido, casi mecánico, pero hay un alivio en sus hombros que no puede disimular del todo.
Valeria no comenta nada más. La toma de la muñeca. La conduce hacia la cama. No es violenta. Es firme. Eva se sienta en el borde del colchón de plástico.
—Túmbate.
Eva obedece. Se tumba boca arriba. El frío le recorre la espalda.
Valeria toma sus muñecas. Las sube por encima de su cabeza. Las esposas de metal se cierran con un chasquido seco. Muerden la piel. No hay fieltro. No hay protección. Solo el acero contra la carne.
Los tobillos, igual. Esposas en cada tobillo, sujetas a los barrotes del pie de la cama.
Eva queda inmovilizada. Boca arriba. Brazos estirados. Piernas separadas. La luz fluorescente del techo le da de lleno en la cara.
Valeria se queda de pie a su lado. Mira el cuerpo tendido. Las braguitas de algodón. El sujetador que cubre la cicatriz. Los pies desnudos, blancos, con los dedos largos y las uñas cortas.
—Empecemos —dice.
Valeria baja las manos hasta los pies de Eva.
Las yemas de sus dedos recorren la planta del pie derecho. Despacio. Sin prisa. Como quien acaricia un objeto de museo. La piel de Eva es suave, casi frágil. Los dedos de la comisaria son firmes, entrenados.
Eva no se mueve. Sus labios se aprietan. Sus manos, esposadas, se cierran sobre el aire.
—Vas a tener que reírte antes o después —dice Valeria.
—No —responde Eva, y su voz suena firme.
Valeria insiste. El mismo recorrido. El arco, el talón, la almohadilla bajo los dedos. Una y otra vez.
Eva aprieta la mandíbula. Pero la risa es un animal que araña desde dentro. Se le escapa un sonido pequeño. Apenas un bufido.
—Ahí está —dice Valeria.
Pasa al pie izquierdo. Misma técnica. Misma lentitud.
Eva se muerde el labio. Sus pies intentan apartarse, pero las esposas los sujetan. Las muñecas tiran de los barrotes.
La primera carcajada le sale casi como un hipo. Breve. Cortada. Pero ya es una grieta.
Valeria sube a las axilas.
Usa los dedos. Los desliza suavemente por la piel depilada, justo donde el borde del sujetador no llega a cubrir. El roce es más seco, más áspero. Eva suelta una risa más larga, más líquida.
—Ahí tienes muchas—dice Valeria, casi inexpresiva.
—No —miente Eva.
—No mientas.
Las costillas. Valeria baja una mano hasta las costillas derechas. Usa las yemas. Círculos pequeños, rápidos. La otra mano sigue en la axila.
Eva se retuerce.
—¡Joder! —grita entre risas.
—¿Joder qué?
—Que... que tienes... buena técnica...
Valeria sonríe. No es una sonrisa amable.
Las plantas. Vuelve a las plantas. Los dedos garabatean en los arcos, rápidos, cambiantes. Eva emite un gemido agudo que termina en carcajada.
—No puedo —dice.
—¿No puedes con qué?
—No puedo con los pies.
—¿Los pies son tu punto débil?
Eva niega con la cabeza. Pero su cuerpo dice lo contrario. Los pies se sacuden, se arquean, los dedos se mueven hacia todas partes.
Valeria cambia de táctica. Ya no viaja por todo el cuerpo. No alterna axilas, costillas, costados. Ahora se queda en los pies. Solo en los pies.
Se sienta en el borde de la cama, justo donde terminan los tobillos esposados de Eva. Apoya los antebrazos sobre sus propios muslos. Y empieza un baile lento, enervante, con los dedos de ambas manos.
Las yemas recorren las plantas. Los arcos, los talones, las almohadillas bajo los dedos. Luego las uñas, suaves, casi sin presión, trazando líneas paralelas desde el talón hasta la base de los dedos. Luego otra vez las yemas. Luego otra vez las uñas.
Un vaivén constante. Hipotácnico. Implacable.
Eva intenta mantener la compostura. Sus labios se aprietan. Sus ojos se cierran. Su respiración intenta seguir un ritmo calmado.
La desesperación crece. Es como una marea que sube despacio pero sin detenerse. Los pies de Eva se sacuden. Primero un pie, luego el otro. Luego los dos a la vez.
—No —susurra Eva, más para sí misma que para Valeria.
—No, ¿qué? —pregunta la comisaria.
—No me voy a... no me voy a...
No termina la frase. Una carcajada se le escapa. Breve. Cortada. Pero real.
—Ya —dice Valeria, sin dejar de mover los dedos.
Eva niega con la cabeza. Sus manos, esposadas por encima de la cabeza, tiran de los barrotes. Los nudillos se le blanquean.
—No —repite.
Valeria insiste. Las yemas. Las uñas. Las yemas otra vez. Un ritmo que parece aleatorio pero que no lo es. Cada movimiento está calculado para que Eva no pueda anticipar el siguiente toque.
Los pies de Eva se mueven de un lado a otro. Izquierda, derecha, arriba, abajo. Pero no pueden escapar. Las esposas los sujetan al pie de la cama. Solo pueden retorcerse. Solo pueden temblar.
—Tienes buen aguante al principio —dice Valeria, observando el rostro de Eva—, pero eres incapaz de contenerte cuando insisto.
Eva niega con la cabeza. Pero es un gesto débil, casi ridículo, mientras sus pies se sacuden y sus labios luchan por no sonreír.
Valeria baja los dedos hasta la base de los dedos de los pies. Allí, justo donde los nudillos se unen a la planta, la piel es más fina. Pasa las uñas por esa zona. Suavemente. Una y otra vez.
—¿Tienes aquí? —pregunta.
El cuerpo de Eva se arquea entero. La risa se le escapa en una carcajada limpia, sin el pudor de los intentos anteriores.
—¡Joder! —grita.
—¿Joder qué?
—¡Joder, joder, joder!
Valeria no necesita más confirmación. Se queda ahí. En esa zona. Dedos y uñas, yemas y nudillos. Un baile insistente, obsesivo, que no da tregua.
Eva ríe. Ya no puede controlarlo. Su cabeza se mueve de un lado a otro sobre el colchón de plástico. Su cuerpo se retuerce. Las esposas tintinean.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJA! —grita—. ¡JODER, MÁTAME!
—Vas a hablar —dice Valeria, sin dejar de moverse.
—¡ANTES MUERTA! —responde Eva entre carcajadas.
Valeria cambia otra vez. Ahora solo las uñas. Desliza las puntas por las plantas de ambos pies al mismo tiempo, desde el talón hasta los dedos, en un movimiento lento, casi ceremonial.
—¿Segura? —pregunta.
Eva responde entre risas ahogadas, con la voz rota, los ojos llenos de lágrimas.
—¡Sí... sí... JAJAJAJA... sí!
Los pies de Eva son un territorio arrasado. Valeria ha pasado los últimos minutos —¿cuántos? no lo sabe, ha perdido la noción— alternando yemas y uñas en las plantas, los arcos, los laterales, los espacios entre los dedos. Un baile insistente, obsesivo, que no da tregua.
Eva ríe con la voz rota. Es una risa ahogada, que apenas le sale, porque ya no le queda aire. La cara se le ha enrojecido. Sus pies tiemblan sin control, intentando escapar inútilmente de las esposas que los sujetan al pie de la cama.
—No —susurra entre carcajadas—. No... no...
—No, ¿qué? —pregunta Valeria, sin dejar de mover los dedos en los arcos.
—Que no... que no me voy a...
No termina la frase. Otra carcajada la interrumpe. Otra sacudida de los pies.
Valeria la observa. La enfermera está agotada. Su respiración es irregular, entrecortada. Los músculos del cuello se le marcan por la tensión de contener la risa. Pero aún no se ha rendido. Todavía no ha hablado.
La comisaria decide cambiar.
Sus manos abandonan los pies de Eva. El alivio de la pausa hace que la enfermera respire hondo, que sus ojos se abran un instante, que sus pulmones se llenen de aire.
Pero Valeria ya está en otro sitio.
Sus dedos —las yemas, ahora— se posan sobre las costillas de Eva. Justo bajo las axilas. Sin aviso, sin transición, las yemas de sus dedos comienzan a moverse.
El grito de Eva es agudo. No una carcajada. Un alarido. Un sonido que no ha hecho en toda la sesión.
—¡AAAAAH!
Su cuerpo se arquea entero. Las esposas tintinean. Los pies, que habían descansado un segundo, se sacuden otra vez.
—Ahí no—dice Valeria, con una sonrisa fría—. Jode, ¡ahí no!
Eva intenta responder. No puede. Los dedos de Valeria se mueven en círculos rápidos, pequeños, implacables, recorriendo cada costilla una por una. La piel de Eva es eléctrica. Cada contacto provoca una reacción brusca. Un espasmo. Un temblor. Una carcajada que se convierte en gemido.
—¡No, no, no, no! —grita Eva, y su voz se quiebra—. ¡Ahí no, ahí no!
—¿Ahí no? —Valeria insiste. Las yemas se mueven más rápido—. ¿Seguro que ahí no?
La risa de Eva se vuelve aguda, desesperada. Ya no es la risa ahogada de antes. Es una cascada de sonidos que parece no tener fin, una mezcla de carcajadas y jadeos y pequeñas súplicas que no llegan a ser palabras.
Valeria recurre de nuevo a la táctica de la insistencia. Se queda en las costillas. No se mueve a otro sitio. Sus dedos recorren la misma zona una y otra vez, cambiando apenas el ritmo, la presión, el ángulo. La constancia es peor que la sorpresa.
Eva tira de las esposas. Su cuerpo se arquea y se hunde.
—¡No puedo! —grita—. ¡No puedo con las costillas!
—Claro que puedes —dice Valeria.
—¡Que no puedo!
Eva está al borde. Su respiración es un jadeo entrecortado. La risa se le ha vuelto convulsiva, casi silenciosa, porque ya no le queda aire para llenarla.
Valeria la mira. Sabe que está cerca. Sabe que un empujón más puede derrumbarla.
—Nombres —dice, sin dejar de mover los dedos—. Dame un nombre y paro.
—No... no hay...
—Eva.
El uso de su nombre —su nombre de verdad, no el apellido— la golpea de una forma inesperada.
—Dime un nombre —insiste Valeria—. Uno solo. Y esto se acaba.
Eva cierra los ojos. La risa le sacude el pecho. Nunca ha soportado una sesión de cosquillas tan larga. Los dedos de Valeria no se detienen. El colapso está cerca.
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La villa está en silencio. Las chicas han compartido una cena caliente y ahora se preparan para dormir. En la sala común, una lámpara de pie proyecta una luz anaranjada sobre el sofá desvencijado. Las cortinas están echadas. El olor a sopa de verduras todavía flota en el aire.
Inés está sentada en el suelo, apoyada en el sofá, con las piernas estiradas y los pies cruzados. Sonia está a su lado, en el sofá, con un libro abierto sobre el regazo que no está leyendo. Sus dedos juegan con el pelo de Inés, enredándose en los mechones castaños.
Al otro lado de la mesa, tres compañeras más —Soraya, la de seguridad; Mercedes, la de logística; y Vera, la de comunicaciones— rematan un partido de mus que se ha alargado más de lo previsto. Las risas son bajas. Las apuestas, simbólicas. Nadie tiene dinero que perder.
Lidija está de pie junto a la ventana, mirando la noche a través de la rendija de las cortinas. Tiene una taza de té en la mano, ya frío. Hace horas que no bebe. Solo lo sostiene porque le da algo que hacer con las manos.
—Vais a dejar esa partida —dice, sin girarse— o mañana os va a costar despertar.
—Déjanos terminar la mano —responde Soraya—. Que Vera nos está robando.
—Vera no roba. Vera calcula.
—Eso es robar con elegancia.
Las risas llenan la sala. Inés sonríe. Se siente bien aquí. Se siente en casa. Esa palabra —casa— ya no le parece extraña aplicada a este lugar. A estas mujeres. A esta vida secreta.
Entonces un móvil vibra.
Lidija se gira. Deja la taza sobre la mesa. Saca un teléfono de prepago del bolsillo de su chaqueta, uno de los que solo usan para emergencias. La pantalla parpadea. Un número desconocido. Cabina, por el prefijo.
—Sí —dice al descolgar.
Su voz es neutra. No hay sorpresa en ella. Solo la atención de quien sabe que una llamada a estas horas nunca es buena.
Las risas se apagan. Soraya y Mercedes dejan las cartas sobre la mesa. Vera se queda inmóvil, con la mano a medio camino de su siguiente movimiento.
Inés siente cómo Sonia se tensa a su lado. Los dedos de la rubia se detienen en su pelo.
Lidija escucha. No habla. Solo escucha. Su rostro permanece impasible. Pero algo cambia en sus ojos. Una sombra que no estaba antes.
—¿Dónde estás? —pregunta al fin.
Una pausa. Escucha. Luego asiente.
—Vale. Busca un refugio. No vuelvas aquí. Si te han seguido…
Otra pausa. Más larga.
—Lo sé. Ya hablaremos. Cuídate.
Cuelga. Guarda el móvil en el bolsillo. Se queda un instante mirando la pared, como si necesitara un segundo para ordenar lo que acaba de oír.
—¿Quién era? —pregunta Soraya.
—Clara.
El nombre cae en el silencio como una piedra.
—¿Qué ha pasado? —pregunta Inés, incorporándose.
Lidija la mira. Sus ojos claros parecen más fríos que de costumbre.
—Un operativo de la Brigada Especial. Tienen a Eva.
—¿Eva? —Vera se levanta de la silla—. ¿Está bien?
—Clara dice que a Eva se la llevaron. Ella logró huir. No sabe si Eva ha hablado.
El silencio se vuelve de otra naturaleza. Más denso. Más pesado.
—¿Y ahora qué? —pregunta Sonia, y su voz, siempre un susurro, tiembla ligeramente.
Lidija se acerca a la mesa. Apoya las manos en la superficie de madera.
—Ahora Clara se esconde. Y nosotras esperamos.
—¿Esperar? —Soraya frunce el ceño—. ¿No deberíamos mover a la gente? ¿Asegurar las rutas?
—No hasta que sepamos más. Si nos movemos ahora, podemos poner en peligro el punto seguro. Esperamos. Una noche. Quizá dos. Y vemos si Eva aparece o si aparece la policía.
—¿Y si aparece la policía? —pregunta Mercedes.
Lidija la mira.
—Entonces nos vamos. Todas. En menos de una hora. Los refugios alternativos están preparados.
El silencio se alarga. Inés siente que el suelo se mueve bajo ella. La sensación de seguridad que la ha acompañado las últimas semanas se resquebraja.
Sonia le aprieta el hombro. Un gesto pequeño. Silencioso. Pero está ahí.
—Vete a dormir —dice Lidija—. Todas. Mañana será otro día.
Nadie se mueve.
—He dicho que vayáis a dormir.
Las palabras no admiten réplica. Las mujeres se levantan. Recogen las cartas. Apagan la lámpara. Se dispersan por los pasillos.
Inés se queda un momento más, mirando a Lidija. La serbia sigue de pie junto a la mesa, con las manos apoyadas en la madera, la cabeza ligeramente inclinada.
—¿Tú no vas a dormir? —pregunta Inés.
—Todavía no.
Inés asiente. No insiste. Se gira y sigue a Sonia hacia la habitación.
La puerta se cierra tras ella.
Lidija se queda sola en la penumbra.
El móvil no vuelve a sonar.
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