HERMANAS - Episodio 7: Si te ríes, pierdes (Soraya)
Clara lleva horas caminando. No sabe cuántas. Perdió la noción del tiempo cuando el sol empezó a asomar sobre los naranjos y ella seguía moviéndose, siempre hacia adelante, sin mirar atrás. El costado izquierdo —donde golpeó contra el marco de la puerta al saltar de la furgoneta— le arde con cada respiración honda. La ropa se le ha pegado a la piel.
Camina entre las hileras de naranjos, apartando ramas, esquivando las naranjas podridas que alfombran el suelo con su olor dulzón y agrio. Los árboles están descuidados, abandonados. Nadie viene por aquí. Eso es lo único bueno.
La culpa le pesa más que la herida.
Eva. Eva se la llevaron. Eva diciendo "corre y no mires atrás".
—No podía hacer nada —se susurra a sí misma, pero no se lo cree.
Sigue caminando. No sabe hacia dónde. Solo sabe que tiene que alejarse. Cuanto más lejos, mejor.
Entonces ve la cabina.
Está al borde de la carretera, en un cruce olvidado. Una vieja cabina telefónica de las que ya casi no quedan, con el cristal roto y el teléfono colgando del cable. Clara se acerca. Aparta los trozos de cristal del suelo. Levanta el auricular.
Hay tono.
Respira hondo. Marca.
El número que tiene grabado en la memoria desde hace meses. El número que nunca ha usado. El que le dijeron que solo marcara en caso de emergencia extrema.
El teléfono suena una vez. Dos. Tres. Un clic.
—Diga —voz femenina, joven, con un deje de cautela profesional.
Clara siente que la garganta se le cierra. Pero se obliga a hablar.
—Soy Clara Medina —dice. Su voz suena ronca, gastada, como si hubiera estado gritando—. He tenido un incidente. Estoy sola y herida. Necesito ayuda.
Una pausa al otro lado. La voz no pregunta "¿qué ha pasado?" ni "¿dónde estás?". Solo dice:
—¿Tienes la palabra de seguridad?
Clara cierra los ojos. El costado le duele al expandir el pecho.
—Golicanje —dice.
Otro silencio. Más breve. La voz del otro lado se relaja apenas. No se nota en el tono, pero Clara nota la diferencia en la pausa.
—¿Dónde estás? —pregunta la mujer.
—No lo sé. Una cabina. En medio de un naranjal. Hay una carretera secundaria, pero no tiene nombre.
—Describe lo que ves.
Clara mira a su alrededor. Los naranjos. La carretera vacía. Un cartel oxidado que señala un pueblo que no conoce.
—Hay un cartel que pone... "Los Alcores" —dice—. Y una señal de dirección prohibida. Eso es todo.
—Mantén la llamada. Necesito que escuches con atención.
Clara escucha.
Las instrucciones son precisas. Un camino de tierra que sale de la carretera principal, a unos dos kilómetros hacia el norte. Una señal de un bar cerrado. Un contenedor de basura con la puerta abierta. Un vehículo azul, viejo, aparcado detrás.
—Llegas ahí y esperas —dice la voz—. Alguien vendrá a recogerte. Puede tardar una hora. Puede tardar dos. No te muevas de allí pase lo que pase.
—¿Y si no viene nadie?
—Vendrá.
—¿Quién eres?
—Alguien que cree en lo mismo que tú. Cuelga y camina.
La llamada se corta.
Clara cuelga el auricular. Se queda un instante mirando la cabina rota, el teléfono colgando, el cristal en el suelo. Luego se gira y empieza a caminar.
La carretera secundaria es una cinta de asfalto agrietado. Clara camina por el borde, atenta a los coches, atenta a los ruidos. No hay tráfico. La noche se ha convertido en una madrugada gris, y la madrugada en una mañana pálida.
Encuentra el camino de tierra. La señal del bar cerrado. El contenedor.
Está donde dijeron. La puerta abierta.
Se esconde detrás. Espera.
El tiempo se alarga. El sol sube.
Se sienta en el suelo, apoyando la espalda en el contenedor. Cierra los ojos. No se duerme —no puede— pero se permite un momento de inercia.
El ruido de un motor la despierta.
Abre los ojos. Un coche azul, viejo, con el capó desconchado. Se acerca despacio. Se detiene a su lado. La ventanilla baja.
Una mujer. Pelo corto, oscuro. Gafas de sol. Cara seria. No la mira directamente. Solo dice:
—¿Eres Clara?
—Sí.
—Sube.
Clara obedece. Se sube. El coche arranca.
La mujer conduce en silencio. Clara no sabe quién es. No pregunta. Solo se deja llevar.
La carretera se convierte en caminos. Los caminos en campos. Los campos en un bosque. El coche se detiene junto a una casa de piedra, pequeña, escondida entre los árboles.
—Aquí puedes quedarte —dice la mujer—. Hay comida, agua, un botiquín. Nadie vendrá a buscarte. Cuando te recuperes, sabrás cómo seguir.
Clara baja del coche. Mira la casa. Mira el bosque.
—Gracias —dice.
La mujer asiente. El coche arranca. Se aleja.
Clara se queda sola. Pero no abandonada.
La puerta de la casa está abierta.
Entra. Y por primera vez en horas, se permite respirar.
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La linterna de Soraya barre el sótano con un haz amarillento que tropieza contra cajas de munición y mapas doblados. Arriba, el reloj de la cocina marca las tres de la madrugada, pero el silencio de Hermanas pesa como un ataúd mal cerrado. Lidija está a su lado, con las mangas de la camisa remangadas hasta los codos y las manos apoyadas sobre el borde de la mesa.
—No hay manera segura de salir por el este —dice Lidija, señalando un punto en el plano—. El camino del río está vigilado desde que cayeron los depósitos.
Soraya asiente, pero su mente está en otra parte. En Eva.
—No podemos confiar en que no hable —dice, más para sí misma que para Lidija—. Y quién sabe lo que le van a hacer.
Lidija traza una línea sobre el mapa con la uña, y su mano no tiembla, pero Soraya conoce ese gesto: es el mismo que hace cuando mide una distancia imposible.
—Entonces, ¿qué hacemos? ¿Evacuación total?
—No. Eso sería confirmar que tenemos algo que ocultar. Sería una sentencia para las que quedan.
Soraya dobla el mapa y lo guarda en el bolsillo interior de su chaqueta. Se levanta y camina hacia la escalera, pero se detiene en el primer peldaño. Sin volverse, habla en voz baja.
—Lidija, quiero que prepares un kit de supervivencia para cada una. Comida, agua, documentación falsa, armas. Pero no se lo digas a nadie. Que crean que todo sigue igual.
—¿Y si Eva...
—Si Eva habla —interrumpe Soraya, y su voz se quiebra en un filo que no había mostrado antes—, tendremos menos de doce horas. Quiero que esas horas estén planeadas hasta el último segundo.
Sube la escalera.
Afuera, el viento agita los árboles. Por un instante, cree oír un motor a lo lejos. Pero no hay nada. Solo el peso de la noche.
Saca su teléfono. Marca un número que no ha usado nunca. Cuando contestan, solo dice:
—Activa el protocolo Testigo. Es posible que necesitemos cambiar de ubicación en cualquier momento.
Cuelga. Apoya la frente contra el marco de la ventana y respira hondo. En el reflejo del cristal, su rostro no es el de la mujer que llegó a Hermanas buscando redención. Es el de alguien que ya ha enterrado demasiada gente desde que el nuevo régimen llegó al poder.
Pero sabe que, al amanecer, tendrá que mirar a los ojos a cada una de las mujeres que protege y mentirles. Decirles que todo está bajo control. Que la rutina volverá. Que Eva no ha dicho nada.
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El refugio de Clara es una antigua alquería abandonada, oculta entre naranjos cargados de fruto sin recoger y acequias que hace años que no cantan con el agua del riego. El camino de tierra que lleva hasta ella está tan desdibujado por la maleza que solo quien sabe dónde mirar lo encuentra.
Clara ha pasado la noche allí, despierta a ratos, el sueño partido en fragmentos que se deshacían al menor ruido. Ha soñado con Eva, con su voz, con algo que no logra recordar.
Cuando los pasos suenan en la tierra compacta del sendero, Clara salta de la lona con el cuchillo que escondió bajo la almohada. Se coloca junto a la puerta, la espalda pegada al muro de adobe, la respiración contenida. La madera cruje al abrirse.
Es una mujer de unos cuarenta años. Morena, de pelo negro ondulado, ojos cálidos y una sonrisa que parece anticiparse a cualquier miedo.
—Clara Medina —dice la mujer, con una voz que suena a costumbre de nombrar nombres—. Así que eres tú.
Se detiene en el umbral, sin forzar la entrada, y deja que Clara la mida.
—Baja la guardia. Estás a salvo.
—¿Quién eres?
La mujer entra con lentitud, como quien entra en su propia cocina. Mira a su alrededor, localiza el pequeño fogón de butano en la esquina y el paquete de café molido junto a una cazuela de hierro. Sin pedir permiso, se arrodilla, enciende el fuego y coloca el agua a calentar.
—Soy una hermana. Hablaste conmigo por teléfono. ¿Has desayunado? Hay café. Te prepararé uno.
Clara mira el cuchillo en su mano. Ve el filo temblar ligeramente. Lo baja.
—Joder, la cagamos. Tienen a Eva.
La mujer mueve el café con una cuchara de madera, con una calma que desarma. No se apresura. El agua empieza a burbujear.
—Lo sé, cariño. Ahora estate tranquila. La organización lo está resolviendo. La comunicación es complicada, pero lo resolveremos. Tu camarada estará bien. No tienen nada contra ella. La soltarán.
Clara se deja caer en el borde de la lona. La mujer le sirve el café en una taza de hojalata y se lo acerca. El calor le quema las palmas, pero Clara lo sostiene como si fuera lo único sólido en el mundo.
—¿Cómo sabes quién soy? —pregunta Clara, alzando la mirada.
La mujer se sienta al otro lado de la mesa, con su propia taza entre las manos. La luz del alba se filtra por las rendijas de la puerta y le dibuja las facciones con suavidad. La sonrisa se ensancha, pero no es burlona: es de reconocimiento.
—Eras una gran boxeadora. Me cuesta imaginarte riendo por las cosquillas.
Clara parpadea. La frase la golpea en algún sitio que no sabía que tenía abierto. Suspira. Baja la mirada al café.
—Ni yo misma sabía que tenía tantas. Una se acostumbra a esta locura.
La mujer ríe. Es una risa limpia, que no pide permiso, y se pierde entre el canto de los pájaros.
—Así que estás con Lidija, ¿eh?
Clara levanta la cabeza.
—¿La conoces?
La mujer da un sorbo al café, sin prisas. Deja la taza sobre la mesa y entrelaza los dedos.
—Desde antes de fundar Hermanas. La conocí cuando salí de la cárcel. Ella también acababa de salir de su centro penitenciario. Si has leído el libro de Elisa, sabrás quién soy.
Hace una pausa. Clara nota que el aire se tensa, pero no con amenaza. Con expectativa.
—Mi nombre es Ana Garza.
Clara abre los ojos.
—Hostia —susurra—. Eres la primera reclutadora de La Gitana. La que montó una segunda hermandad en otra cárcel.
Ana asiente, despacio, y su mirada se pierde un instante en el rectángulo de luz que entra por la puerta entreabierta, donde los naranjos mecen sus ramas.
—Esa fui. Y también una de las que entendió que todo aquello no podía quedarse en las cárceles, sino que debería extenderse a las calles, sobre todo cuando no queda nada más que elegir.
Clara bebe un sorbo de café. Quema, pero lo agradece. Afuera, el agua de la acequia sigue su curso inalterable. En algún lugar, Eva sigue sin hablar. Pero aquí, en esta alquería perdida, con una leyenda frente a ella y el calor de una taza en las manos, Clara siente que el mundo deja de girar tan deprisa.
—¿Y ahora qué? —pregunta.
Ana sonríe.
—Ahora esperamos. Y mientras esperamos, desayunamos. Porque las hermanas también se cuidan en los minutos muertos.
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La villa de Hermanas respira esa quietud falsa de las casas que saben que algo se ha roto. Las persianas están entrecerradas, y la luz de la mañana entra en franjas que dibujan líneas en el suelo de madera. Lidija y Soraya han reunido a las chicas en la sala común, un espacio amplio con sofás desvencijados, una estantería llena de libros y una mesa de pino que ha visto más confidencias que comidas.
Soraya está de pie frente a ellas, con las manos en los bolsillos de su chaqueta de cuero negra. Su pelo moreno corto a lo chico, el septum que brilla con un pequeño aro plateado y las dilataciones en las orejas. Su voz, cuando habla, es pausada. Mide cada palabra.
—Seguimos sin noticias de Eva —dice, y la frase cae como una losa—. Pero no es malo. Significa que la están reteniendo para interrogarla, no para otra cosa. Si hubieran tomado una decisión, ya lo sabríamos.
A su lado, Lidija asiente con la cabeza, los brazos cruzados, la mirada fija en un punto de la pared que no mira a nadie. Es su manera de estar presente sin robar protagonismo. Soraya es quien lleva la voz cantante.
—Lo que sí sabemos con certeza —continúa Soraya— es que Clara está en un punto seguro. Ana Garza ha ido a su encuentro. Está bien. Está protegida.
Un murmullo recorre el grupo. Algunas chicas se miran entre ellas, otras bajan la cabeza. El nombre de Ana Garza pesa tanto como alivia.
—No vamos a mentiros —dice Soraya, y se pasa una mano por el cuello, donde una pequeña cadena de plata se le enreda entre los dedos—. Esto es grave. Pero llevamos tiempo preparándonos para esto. Tenemos protocolos. Tenemos rutas. Y sobre todo, tenemos una cosa que ellos no tienen: sabemos que ninguna va a cantar. Eva no va a cantar. Lo sabemos porque la conocemos.
Su tono se endurece justo lo necesario para que no suene a consuelo vacío. Es una afirmación. Una orden.
—Mientras tanto, seguimos con la rutina. Comemos, dormimos, nos turnamos en las guardias. No paramos. Si paramos, perdemos.
Las chicas escuchan desde los sofás y las sillas de la cocina, repartidas como pueden. Sonia e Inés están en el sofá más cercano a la ventana. Sonia tiene los pies descalzos apoyados sobre el regazo de Inés, y esta, casi sin darse cuenta, acaricia sus plantas con el pulgar en movimientos lentos y circulares. Sonia mueve los dedos del pie de vez en cuando, la caricia le hace cosquillas, y aprieta los labios para no sonreír. No mira a Inés, pero su cuerpo se inclina ligeramente hacia ella, un gesto mínimo.
Inés, por su parte, mantiene la mirada fija en Soraya, pero su mano no deja de acariciar el pie suave de Sonia. Es un gesto automático, de cuidado, que hace sin pensar mientras procesa la información.
—¿Y si vienen a por nosotras? —pregunta una de las chicas desde el fondo, una de las más jóvenes, con la voz quebrada.
Soraya la mira directamente. No aparta los ojos.
—Si vienen a por nosotras, nos van a encontrar preparadas. Pero no van a venir. Porque no saben dónde estamos. Y porque creen que esto es solo una pelea de barrio. No saben con quién se han metido.
Lidija, hasta entonces silenciosa, da un paso al frente y coloca una mano sobre el hombro de Soraya. Es un gesto breve, casi imperceptible, pero las chicas lo ven. Un recordatorio de que no están solas, ni siquiera ellas dos.
—Tened confianza —dice Lidija, y su voz es más grave que la de Soraya, menos impostada—. Hemos salido de situaciones peores.
Soraya asiente y levanta una mano. Las chicas la miran desde los sofás y las sillas, repartidas como pueden. El silencio se alarga un segundo, el justo para que la responsable de seguridad se pase una mano por el cuello, donde una pequeña cadena de plata se le enreda entre los dedos.
—Hay algo que quiero dejar claro —dice, y su voz se vuelve más grave—. El intercambio de vehículos de la otra noche... no lo había coordinado yo. No en ese lugar. Yo suelo hacerlos en sitios más apartados, más seguros. Pero esto ha pasado, y como responsable de seguridad, soy responsable de todo lo que está pasando.
Lidija, que estaba a su lado con los brazos cruzados, la mira sorprendida. No esperaba esa confesión. No así, delante de todas.
—Ahora no es momento de buscar culpables —dice Lidija, dirigiéndose a las chicas, pero respondiendo a Soraya—. Soraya ha mantenido a salvo a esta célula desde el principio. Es una gran estratega. Y fallo aislado no borra todo lo que ha hecho por nosotras.
Soraya baja la mirada un instante. Cuando la levanta, sus ojos están brillantes.
—Te lo agradezco, hermana —dice, y su voz es apenas un susurro—. Pero si algo le pasa a Eva, no me lo perdonaré.
Lidija da un paso hacia ella. Sin decir nada, pone una mano en su hombro. La aprieta. No hace falta más.
En el sofá de la esquina, Inés ha estado observando. Ha visto la tensión en los hombros de Soraya, la forma en que Lidija ha intentado aliviar el peso. Ha visto a las chicas, algunas con los ojos bajos, otras con las manos apretadas. Y de repente, una idea se le ocurre. Una idea absurda. Una idea que probablemente es una tontería.
Pero también es lo único que se le ocurre.
—¿Y si le hacemos cosquillas? —dice, levantando la mano.
Lidija y Soraya se giran hacia ella. Las dos la miran, sorprendidas.
—¿Cómo dices? —pregunta Soraya.
—Cosquillas —repite Inés, y ahora que lo ha dicho en voz alta, se da cuenta de lo ridículo que suena—. Quiero decir... estamos todas tensas, asustadas, esperando noticias. Y no podemos hacer nada. No podemos ir a buscar a Eva. No podemos hacer nada. Pero podemos... no sé... "¿Castigarla?"
Lidija la mira un instante. Luego, lentamente, una sonrisa se dibuja en sus labios. No es una sonrisa amplia. Es pequeña, casi imperceptible. Pero está ahí.
Soraya, a su lado, también sonríe. Una sonrisa resignada, cansada, pero genuina.
—¿Cosquillas? —repite Soraya, como si probara la palabra.
—Dos —dice Lidija, asintiendo—. Solo dos. El resto, a vigilar.
—¿Dos? —pregunta Inés.
—Dos personas. Las demás, atentas. La seguridad no se relaja.
El murmullo recorre la sala. Algunas chicas se miran entre ellas. Una de las más jóvenes, la que había preguntado antes con la voz quebrada, suelta una risa nerviosa.
—¿Y quiénes son las dos?
Lidija se queda callada un instante. Sus ojos recorren la sala, se detienen en el sofá de la esquina, donde Sonia e Inés están sentadas una al lado de la otra, los hombros casi pegados, las manos rozándose.
—Vosotras —dice Lidija, señalándolas—. Parejita.
Sonia levanta la cabeza, sorprendida.
—¿Nosotras?
—Las dos estáis más tensas que una cuerda de violín. Y además —Lidija sonríe—, lleváis toda la mañana mirándoos como si nadie más estuviera en la sala.
Algunas chicas ríen. Otras se giran para mirarlas. Sonia siente cómo el rubor le sube por las mejillas. Inés, a su lado, también se ha puesto roja, pero no aparta la mirada de Lidija.
Bajan las escaleras. Los escalones de madera crujen bajo sus pies descalzos. Sonia va delante, con la mano extendida hacia atrás, sujetando la de Inés. Soraya cierra el grupo, con la chaqueta de cuero ya desabrochada y los pasos firmes.
El sótano está como siempre: las dos camas de hierro negro, las correas de cuero colgando de los barrotes, la bombilla desnuda que proyecta una luz amarillenta sobre las paredes de ladrillo visto.
Soraya se detiene junto a una de las camas. Sin dudar, se quita la chaqueta. La deja sobre una silla plegable. Luego la camiseta negra. Luego el vaquero. Se queda en ropa interior —sujetador deportivo gris y braguitas de algodón negras— y se tumba boca arriba sobre el colchón.
—¿Quién me ata? —pregunta, con una voz que intenta sonar despreocupada pero que tiembla ligeramente.
—Yo —dice Inés.
Se colocan a ambos lados de la cama. Sonia toma las muñecas de Soraya y las sube hacia el cabecero. Inés toma las correas de cuero y las rodea alrededor de sus muñecas. Ajusta las hebillas. Ni apretado ni flojo. Justo.
Los tobillos, igual. Dos correas más. Soraya queda inmovilizada en forma de equis, los brazos estirados, las piernas ligeramente separadas.
Inés se queda un momento mirándola. Es extraño ver a Soraya así. La mujer que siempre está alerta, que siempre mira hacia las puertas y las ventanas, que nunca se sienta de espaldas a la entrada. Ahora está aquí, expuesta, vulnerable.
—Antes —dice Inés, sin apartar la mirada de Soraya—, Lidija ha hablado de "esta célula". ¿Es que hay más?
Soraya abre los ojos. La mira.
—Nueve en todo el estado —dice—. Y aumentando.
Inés parpadea.
—¿Nueve?
Sonia se sienta en el borde de la cama, junto a la cadera de Soraya. Su voz es un susurro, pero hay orgullo en ella.
—Tres en la capital. Dos en el norte. Dos en el sur. Una en Francia. Y esta —señala el suelo con un gesto—. La nuestra.
Inés las mira a las dos. Siente algo caliente extenderse por su pecho. No es solo sorpresa. Es asombro. Es la certeza de que esto —esta red, esta hermandad, esta locura— es más grande de lo que imaginaba.
—¿Nueve células de Hermanas? —repite, y su voz se quiebra ligeramente—. ¿Nueve de mujeres que se dedican a hacer cosquillas?
Los ojos se le iluminan. Una sonrisa se dibuja en sus labios. No puede evitarlo.
Sonia y Soraya sonríen. La risa de Soraya es baja, casi un susurro.
Soraya cierra los ojos. Su cuerpo se relaja sobre el colchón, como si por fin se permitiera soltar el peso que lleva horas cargando.
—Bueno, chicas —dice, y su voz es un susurro—. Empezad ya.
Sonia e Inés se miran. No hace falta que se digan nada. Sonia coloca sus manos sobre los costados de Soraya. Inés, sobre sus axilas.
—¿Lista? —pregunta Sonia.
Soraya no responde. Solo sonríe.
Sonia apoya las manos sobre los costados de Soraya. Inés, sobre sus axilas. Se miran un instante. Asienten.
—Empezad ya, cojones —dice Soraya, cerrando los ojos.
Las manos de Sonia e Inés comienzan a moverse. Sonia ataca los costados con sus dedos largos y finos, trazando espirales rápidos. Inés se centra en las axilas, usando las yemas con esa mezcla de firmeza y delicadeza que ha aprendido en las últimas semanas.
Soraya ríe. Una risa baja al principio, contenida, como si aún le costara soltarse. Pero poco a poco se va deshaciendo, los hombros se le relajan, la cabeza se le echa hacia atrás sobre el colchón.
—Joder —dice entre carcajadas—. Tenéis unas manos…
—¿Malas? —pregunta Sonia.
—Buenas —corrige Soraya—. Muy buenas.
Inés sonríe. Siente que, por un momento, el mundo se ha detenido. Que el miedo, la tensión, la espera, se han disuelto en la risa de Soraya. Que todo está bien.
Entonces el walkie cobra vida.
—¡Atención, atención! — arriba, la voz de Lidija, entrecortada, urgente—. Vehículo sospechoso aproximándose por el camino este. Sin luces. Sin identificación. Repito, vehículo sospechoso.
Las manos de Inés se detienen. Las de Sonia también. Soraya abre los ojos. La risa se le congela en la garganta.
Sonia coge el walkie. Lo acerca a su oído.
—Lidija, ¿qué está pasando? —pregunta.
Silencio. Solo el crujido estático de la frecuencia muerta. El sótano es un agujero de cemento y tierra, y la señal no llega.
—No oigo nada —dice Sonia, golpeando suavemente el aparato—. No hay cobertura aquí abajo.
—Intenta otra vez —dice Soraya, tirando de las correas.
Sonia insiste. Nada. Solo estático.
—Mierda —murmura Inés.
Arriba, se oyen pasos. Rápidos. Ligeros. Gente moviéndose por la casa. Una puerta que se abre. Otra que se cierra. El rumor de voces lejanas, órdenes que no llegan a distinguirse.
—¿Qué está pasando? —pregunta Inés, con la voz más tensa.
Sonia se levanta. Mira la trampilla del sótano.
—Voy a echar un vistazo.
Sube los escalones de puntillas. Empuja la trampilla con la punta de los dedos, apenas un centímetro. Se asoma.
La casa está vacía. Las sillas volcadas. La mesa de la cocina aún con las tazas de café humeantes. El silencio es absoluto. Pero al otro lado de la puerta principal, a través del cristal empañado, ve dos siluetas. Dos hombres. Y la silueta de Lidija, de pie en el centro del salón, hablando con ellos con una calma que parece imposible.
Sonia baja la trampilla sin hacer ruido. Desciende las escaleras. Su rostro está pálido.
—Hay dos agentes —susurra—. Han llegado. Lidija está arriba hablando con ellos. No ha querido abandonarnis. Todas las demás han huido. La casa está vacía.
Inés siente que el corazón se le para.
—¿Y nosotras?
—No pueden saber que estamos aquí. Si nos descubren, estamos perdidas. Todas.
Soraya tira de las correas. Las hebillas tintinean contra los barrotes.
—Desatadme —dice, en voz baja pero urgente—. Ahora.
Sonia e Inés se mueven hacia las hebillas. Pero antes de que puedan tocarlas, oyen la voz de Lidija desde arriba. Clara. Con su acento eslavo marcado.
—¿Perdón? ¿Quién es usted? Esto es una propiedad privada. ¿Tiene autorización para entrar?
Las manos de Sonia se detienen. Las de Inés también. Se quedan inmóviles, escuchando.
—Somos agentes de la Brigada Especial de Seguridad Interior. Estamos realizando una inspección en la zona.
—¿Una inspección? ¿De qué? Yo solo estoy aquí escribiendo. He alquilado la casa tres días. Los dueños me dijeron que era un lugar tranquilo. No esperaba visitas.
—¿Puede identificarse?
—Claro. Soy Mila Horvat, profesora de literatura en la Universidad de Liubliana. Estoy preparando una tesis sobre la poesía del exilio español. Necesitaba aislamiento. Sin ruido. Sin distracciones. He venido a España a consultar archivos. Los dueños de esta casa me dijeron que era el lugar perfecto para trabajar.
El agente duda. El silencio se alarga.
—¿Y no ha visto a otras personas en la zona? ¿Grupos de mujeres?
Lidija ríe. Una risa ligera, natural.
—¿Grupos de mujeres? No, la verdad es que no he visto a nadie. Solo a un pastor con sus cabras ayer por la mañana. ¿Por qué? ¿Buscan a alguien?
En el sótano, Inés siente los latidos de su propio corazón. Siente cómo Sonia le aprieta la mano. Siente la respiración contenida de Soraya a su lado, los nudillos blancos de sus manos atadas.
Los pasos del agente se acercan a la cocina. Lidija no se mueve. Su voz sigue siendo tranquila.
—Si quieren, pueden echar un vistazo. Pero no hay nada interesante aquí. Solo papeles y café frío.
El agente se detiene frente a la trampilla del sótano. Sus botas rozan la madera. Se agacha. Pasa los dedos por la rendija.
—¿Y esto? —pregunta, sin levantar la voz—. ¿Qué hay ahí abajo?
Lidija, desde la cocina, mantiene su tono tranquilo, casi aburrido.
—Trastos viejos. No he bajado a mirar. Los dueños me dijeron que estaba lleno de cajas y muebles rotos.
—Pero tiene una trampilla.
—Como muchas casas antiguas.
El agente no responde. Tira de la trampilla. La madera cruje. Se abre.
La luz del sótano —una bombilla amarillenta— ilumina la escalera de madera.
—Voy a echar un vistazo —dice.
Baja los escalones. Uno. Dos. Tres.
En el sótano, Soraya sigue atada a la cama. Sonia e Inés han tenido que esconderse. No les ha dado tiempo a desatarla. Están en la penumbra, apretadas contra la pared, detrás de unas cajas de madera.
El agente llega al último escalón. Mira a su alrededor. Las paredes de ladrillo. El colchón desnudo. Y allí, en el centro, Soraya. Atada. En ropa interior. Mirándolo fijamente.
—¿Qué cojones…? —dice el agente.
Su mano va a la radio.
—¡No, espera! —la voz de Lidija desde arriba. Luego sus pasos en la escalera.
Baja. Se coloca entre el agente y la cama. Su rostro ha perdido la calma. Ahora hay algo distinto en él. Vergüenza. Algo parecido a la intimidad expuesta.
—Mire —dice, bajando la voz—. Esto es privado. No quería decirlo, pero… ella es mi amante. Nos gusta jugar en privado. Cosas de adultos. No quería que nadie lo supiera. Es una casa aislada y pensamos que nadie nos iba a ver.
El agente la mira. Mira a Soraya, que sostiene su mirada sin parpadear y asiente lentamente.
—Madre mía, ¿qué pasa, cariño? —dice Soraya, con una voz que apenas tiembla—. Ay Dios, qué vergüenza.
El agente se queda callado un momento.
El segundo agente baja. Los dos miran la escena.
—Es curioso, señora —dice el primero—, porque a los grupos de mujeres de los que le hablaba les gusta mucho eso de atarse.
Lidija no se inmuta. Su acento se marca un poco más, como si la indignación le diera fuerza.
—¿Ah, sí? Qué grupo más curioso. Pero nosotras somos solamente dos. —Señala a Soraya—. Ella y yo. ¿Le parecemos una organización de mujeres?
El agente no responde. Mira las paredes del sótano. Mira la cama. Mira las tazas de café arriba. La ropa.
—Lo que me parece —dice— es que en esta casa hay demasiadas tazas, demasiadas mantas, demasiada ropa para solo dos personas.
Lidija respira hondo.
—Hicimos una fiesta anoche —dice—. Venían unos amigos. Todavía no nos ha dado tiempo a recoger.
El segundo agente mira al primero.
—¿Aviso por radio?
El primero sonríe. No es una sonrisa amable.
—Todavía no —dice—. Espera. Que nos vamos a divertir.
Soraya traga saliva. Lidija calcula la situación. Sus ojos recorren el sótano. Las cajas. La penumbra. El lugar donde Sonia e Inés están escondidas.
—¿Qué quiere decir con "divertirnos"? —pregunta Lidija, y su voz suena más fría.
El agente se acerca a la cama. Pasa los dedos por una de las correas de cuero.
—Nada, señora —dice—. Nada que usted no pueda explicarnos.
En la oscuridad, detrás de las cajas, Inés siente cómo Sonia le aprieta la mano. Ambas contienen la respiración.
Arriba, el otro agente sigue de pie en la escalera, mirando.
El sótano se ha vuelto una jaula.
Lidija entiende que la situación no se va a resolver por las buenas. Pero tanto ella como Soraya, atada y en ropa interior, siguen actuando. No pueden permitirse el lujo de mostrar miedo. No delante de ellos.
El agente se acerca a la cama. Pasa el dedo índice por el abdomen de Soraya, con una lentitud deliberada, casi burlona.
—Entonces —dice, con una sonrisa que no llega a los ojos—, ¿ibais a hacerle cosquillas a este bombón?
Lidija mantiene la compostura. Su voz suena casi ofendida.
—Cosquillas no, precisamente, señor. Hay otras formas de jugar.
—¿Ah, no? —el agente finge sorpresa.
Mira a su alrededor. Señala con la barbilla una vieja mesilla metálica que hay al fondo del sótano, junto a la pared. Sobre ella, cuidadosamente ordenados, hay plumas, cepillos de cerdas suaves, masajeadores de madera, pequeños rodillos, y toda clase de utensilios para hacer cosquillas. A Sonia e Inés no les ha dado tiempo a recogerlos.
Lidija siente cómo el suelo se abre bajo sus pies.
—Mire —dice, dando un paso hacia el agente—. Si la desata podemos ir a declarar con ustedes. No tenemos nada que esconder. Esto es un malentendido. Somos dos mujeres adultas en una casa alquilada. Nada más.
El agente no la mira. Sigue mirando a Soraya.
—Vendreis —dice, como si hablara con una niña pequeña—, claro que sí. Pero antes quiero jugar a un juego.
Levanta la mano. Hace un gesto al otro agente, que estaba de pie junto a la escalera. El segundo agente se acerca. No dice nada. Solo saca su arma de la pistolera. La levanta. La apunta a la cabeza de Soraya.
Lidija se queda helada.
—Vamos a jugar a "si te ríes, pierdes" —dice el primer agente, con una voz que parece disfrutar de cada palabra—. Si tu amiga se ríe, mi compañero le volará la cabeza.
Lidija abre la boca. No sale ningún sonido.
Soraya, atada, mira el cañón de la pistola. Sus ojos se abren. Su respiración se acelera. Pero no dice nada. No suplica.
El agente coloca sus dedos sobre las costillas de Soraya. Comienza a moverse. Lentamente. Las yemas recorren los huesos uno por uno, desde las más bajas hasta las que se esconden bajo las axilas.
Soraya aprieta los labios. Los músculos de su abdomen se contraen. Su cuerpo quiere reaccionar, quiere retorcerse, quiere reír. Pero el cañón de la pistola sigue ahí.
No puede reírse.
Su vida depende de no hacerlo.
Lidija mira la escena con los puños apretados. Siente la rabia subirle por la garganta. Siente la impotencia. Pero no se mueve. No puede. Si hace algo, si se acerca, si intenta detenerlos, la pistola disparará.
El agente sigue. Sus dedos se mueven sobre las costillas de Soraya como un pianista sobre un teclado. A veces rápido, a veces lento. A veces con la yema, a veces con la uña. No hay piedad en sus movimientos.
Soraya tiembla. Sus manos tiran de las correas. Sus ojos están fijos en la pistola, pero su cuerpo se sacude con cada caricia.
Un sonido se le escapa.
Pequeña. Ahogada. Casi un suspiro.
El agente se detiene. Mira a su compañero. El otro agente no baja el arma.
—¿Ya? —pregunta el primero—. ¿Ya te has reído?
Soraya niega con la cabeza. Respira hondo. Sus ojos están llorosos, pero no de tristeza. De esfuerzo.
—No —logra decir.
—Pues vamos a ver si aguantas un poco más.
Los dedos vuelven a las costillas. Esta vez más rápidos. Más insistentes.
Lidija no puede mirar. Pero no aparta los ojos.
Los dedos del agente recorren el abdomen de Soraya con una lentitud deliberada, dibujando círculos alrededor del ombligo, trazando líneas desde las caderas hasta el centro del vientre. La piel de Soraya se eriza bajo su tacto, los músculos se contraen en espasmos involuntarios que ella lucha por controlar.
Soraya aprieta los labios con tanta fuerza que casi dibuja sangre. Su respiración es irregular, entrecortada, pero no se ríe. No puede permitirse reír. El cañón de la pistola sigue presionando su sien, frío e implacable.
—Vaya, vaya —dice el agente, mientras sus dedos suben hacia las costillas—. Qué control tienes, morena. ¿Has practicado mucho?
Soraya no responde. No puede. Toda su energía está concentrada en no reírse. Sus ojos están fijos en la pared, en un punto muerto, y su cuerpo tiembla bajo las caricias del agente.
El otro agente sigue inmóvil, con la pistola en la sien de Soraya, impertérrito como una estatua.
Lidija observa desde el fondo del sótano. Sus puños están apretados, sus nudillos blancos. La rabia le quema por dentro, pero no puede hacer nada. Si se mueve, si intenta intervenir, la pistola disparará.
Entonces, desde el lugar donde está, ve un movimiento.
Una sombra. Un rostro que se asoma detrás de las cajas de madera, apenas iluminado por la luz amarillenta del sótano. Son unos ojos. Los de Inés.
Lidija la ve. Inés la ve.
Lidija, con un gesto disimulado, apenas perceptible, desvía la mirada hacia el estante que hay al fondo, a la derecha. Allí, entre cajas de herramientas y polvo, se ven varias armas. Las escondieron allí después de la última operación. Nadie las ha recogido.
Inés sigue su mirada. Ve el estante. Ve las armas. Suelta la respiración, apenas, y se queda quieta.
Espera.
El agente sigue con sus dedos. Ahora explora las costillas de Soraya, trazando pequeños círculos con las yemas, presionando justo donde la piel es más fina. El cuerpo de Soraya se arquea ligeramente. Un gemido se le escapa. Un sonido ronco, casi animal, que lucha por no convertirse en risa.
—¿Estás disfrutando? —pregunta el agente, inclinándose sobre ella. Su aliento le roza la oreja—. Porque yo sí. Me encanta ver cómo te retuerces. Cómo intentas no reírte. Cómo sabes que si te ríes, mueres.
Las manos del agente suben hasta las axilas. Sus dedos se mueven con una rapidez inesperada.
El gemido de Soraya se convierte en un quejido. Sus manos tiran de las correas. Los barrotes tintinean. Su cabeza se mueve de un lado a otro, como si pudiera escapar de sus propios dedos.
—Agárrate fuerte, preciosa —dice el agente—. Que voy a subir la apuesta.
Las manos del agente se intensifican. Ahora no solo son las yemas. Ahora también las uñas. Pequeños roces que hacen cosquillas como descargas.
Soraya emite un sonido que no es risa. Es un lamento. Un gemido que se quiebra en la garganta.
Pero no se ríe.
No todavía.
Lidija la mira, y en sus ojos hay algo que no es solo miedo.
—Soraya —dice, con una voz que apenas tiembla—. Aguanta.
Soraya no puede responder. Su mirada está fija en el techo, en el punto muerto que la mantiene con vida.
El cañón de la pistola sigue apoyado en su sien.
Los dedos del agente abandonan las axilas. Soraya respira hondo, un instante de alivio que dura menos de un segundo. Los dedos del agente recorren su cuerpo hacia abajo, deslizándose sobre el vientre, las caderas, los muslos. Una caricia lenta que parece un anuncio.
Soraya sabe lo que viene. Sus pies, descalzos, ya se tensan antes de que los dedos los toquen.
El agente se coloca al pie de la cama. Mira los pies de Soraya. Son suaves, cuidados.
—Vaya —dice—. Qué piececitos tan bonitos.
Los dedos del agente se posan sobre la planta del pie derecho.
La primera caricia es suave. Un roce apenas. Pero la reacción de Soraya es inmediata. Su pie se sacude, intentando escapar. Las correas de los tobillos crujen. Sus manos tiran de los barrotes.
—No —susurra.
—¿No? —el agente repite el roce. Esta vez más lento. Más insistente—. ¿No, qué?
Soraya no responde. No puede. Su respiración es un jadeo. Sus ojos están cerrados. Cada músculo de su cuerpo está tenso.
El agente desliza los dedos por el arco del pie derecho. Las yemas recorren la curva suave, desde el talón hasta la base de los dedos. Una y otra vez. Sin prisa. Sin piedad.
El gemido de Soraya es casi un lamento. Su pie se retuerce, sus dedos se curvan y se estiran sin control.
—Tienes muchísimas cosquillas aquí, ¿verdad? —dice el agente, con una voz que parece disfrutar de cada segundo—. Se nota en cómo tiemblas.
Pasa al pie izquierdo. La misma caricia. La misma lentitud.
Soraya tira de las correas. Su cuerpo se arquea. Un sonido ronco, gutural, se le escapa de la garganta.
—No te rías —dice el agente, como si le diera un consejo—. Si te ríes, mueres.
Las manos del agente intensifican. Ahora usa las uñas, pequeños garabatos en las plantas que hacen que Soraya se sacuda como si le hubiera dado una descarga. Su cabeza se mueve de un lado a otro. Los pies intentan escapar, pero las correas los sujetan.
Lidija observa desde el fondo, con los puños apretados. Su mirada viaja de Soraya a los dedos del agente, de los dedos del agente a la oscuridad donde Inés espera.
Busca sus ojos. Necesita verlos. Necesita saber que están listas.
Desde detrás de las cajas, Inés la mira. Sonia también. Lidija las ve. Sus ojos se encuentran con los de Inés. Un instante. Solo un instante.
Inés contiene la respiración. Sus manos están quietas sobre las cajas. Espera.
El agente sigue. Sus dedos recorren los pies de Soraya como un instrumento que conoce de memoria. La planta derecha, la izquierda. Los arcos, los talones, los espacios entre los dedos. Cada centímetro es una tortura.
Soraya no se ríe. Pero está al borde.
Su respiración es un jadeo irregular, casi convulsivo. Los gemidos se le escapan sin control. La risa está ahí, en algún lugar de su garganta, arañando por salir.
—¿Qué tal, cielo? —pregunta el agente—. ¿Cuánto vas a aguantar?
Soraya no responde. No puede. Solo niega con la cabeza. Un gesto débil, casi imperceptible.
—Pues vamos a verlo —dice el agente.
Y sus dedos vuelven a los pies con más intensidad.
Inés espera. Sonia también. Lidija las mira, y en sus ojos hay una orden que no se atreve a decir en voz alta:
Ahora no. Todavía no.
El torturador insiste en los pies. Sus dedos recorren las plantas con lentitud, alternando yemas y uñas, trazando líneas desde los talones hasta los dedos. Soraya forcejea, los pies se sacuden, las correas crujen, pero no se ríe. No se permite reír.
Entonces el agente cambia. Sus manos suben hasta las caderas, justo sobre las ingles.
El cuerpo de Soraya se convulsiona. Un espasmo violento que levanta medio torso de la cama. Sus manos tiran de los barrotes con una fuerza que parece imposible.
—¡No! —logra decir entre dientes—. ¡Ahí no!
El agente detecta la reacción. Sonríe. Insiste en ese punto. Los dedos garabatean sobre la piel justo donde el hueso de la cadera se une al muslo, una zona que Soraya la hace estallar en las sesiones.
—¿Aquí? —pregunta, con una voz que parece saborear cada segundo—. ¿Aquí tienes cosquillas, preciosa?
Soraya no puede responder. Solo forcejea. Los gemidos se le escapan sin control. Su cabeza se mueve de un lado a otro.
Una risa nerviosa se le escapa. Pequeña. Ahogada. Seguida de un:
—¡JODER!
El agente se detiene. Se hace un silencio denso, como si el tiempo se hubiera detenido.
Mira al otro agente. Sonríe.
El otro agente mantiene la pistola en la sien de Soraya. Le devuelve la sonrisa. No hay prisa en sus gestos.
Soraya traga saliva. Cierra los ojos.
Y entonces el disparo retumba en el sótano.
Es seco, metálico, demasiado fuerte para el espacio cerrado. Las paredes de ladrillo devuelven el eco durante un segundo, un tiempo que parece una eternidad.
Soraya está cubierta de sangre. Tiene los ojos cerrados, el cuerpo tenso, esperando el dolor que no llega.
Abre los ojos.
La sangre no es suya.
El cuerpo del agente que apuntaba con el arma cae a plomo. La pistola se le resbala de los dedos y golpea el suelo de cemento. Un agujero en el cráneo que no deja dudas.
Inés está de pie al fondo del sótano, con el humo saliendo del cañón de la pistola que ha caído al suelo. La espalda apoyada contra la pared, el rostro pálido como la cal. La fuerza del retroceso la ha empujado hacia atrás, pero no se ha caído. Se mantiene erguida. En shock, pero erguida.
El segundo agente tarda un segundo en reaccionar. El tiempo justo para llevar la mano a su propia arma.
Pero no llega.
Un segundo disparo atraviesa la oscuridad. Golpea al agente en el pecho, justo en el centro. El hombre da un paso atrás. Mira hacia abajo, sorprendido, como si no entendiera lo que está pasando. Luego cae.
Lidija está de pie junto a Inés, con el arma humeante en la mano. Había tomado la que Inés dejó caer al suelo, la que mató al primer agente, y con ella ha disparado al segundo. Su rostro está tenso, pero sus manos no tiemblan.
El silencio que sigue es absoluto. Solo la respiración de las cuatro mujeres.
Inés está en shock. La pistola le pesa en las manos. La mira. La deja caer al suelo. Se queda mirando sus dedos, como si no los reconociera.
—Inés —dice Lidija—. Inés, mírame.
Inés no responde.
Lidija la agarra por los hombros.
—Inés, mírame.
Los ojos de Inés se enfocan lentamente. Ve el rostro de Lidija. Ve sus ojos claros, fijos en los suyos.
—Has hecho lo que tenías que hacer —dice Lidija—. No pienses en eso ahora. Venga, tenemos que salir de aquí.
Sonia se acerca. Sin decir nada, empieza a desatar a Soraya. Las correas caen una a una. Soraya se incorpora, con el cuerpo aún tembloroso y la sangre del agente salpicándole el pecho.
—¿Dónde están las llaves del coche? —pregunta Soraya, recuperando el control con una rapidez que asombra.
—En la mesilla de la entrada —dice Lidija—. El coche azul, al fondo del camino.
—Vamos —dice Soraya.
Sonia toma la mano de Inés. La aprieta.
—Inés, tenemos que irnos.
Inés asiente. No puede hablar. Sus piernas se mueven solas, siguiendo a Sonia hacia la escalera.
Lidija se queda un segundo más en el sótano. Mira los cuerpos. Dos hombres. Dos agentes de la Brigada Especial. Muertos.
Sabe que esto cambia todo.
Sube la escalera.
Las cuatro mujeres salen al exterior. La noche es fría y limpia, como si no hubiera pasado nada. El coche azul las espera al fondo del camino.
Soraya se pone al volante. Lidija a su lado. Sonia e Inés atrás.
El motor arranca. Las luces permanecen apagadas mientras se alejan por el camino de tierra.
Inés mira por la ventanilla. La villa se va haciendo pequeña. Las luces se pierden entre los árboles.
Cierra los ojos. Siente la mano de Sonia sobre la suya.
No dice nada.
El coche se pierde en la noche.
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