HERMANAS - Episodio 5: Punto débil (Sonia Serrano)
La cama aún conserva el calor de Clara. Las sábanas verde olivo están arrugadas, y el colchón guarda la forma de su cuerpo. Inés respira hondo mientras las correas de cuero rodean sus muñecas y las fijan a los barrotes de hierro. Los tobillos, igual. Queda tendida boca arriba, los brazos estirados por encima de la cabeza, las piernas ligeramente separadas.
El corazón le late tan fuerte que cree que pueden ver cómo se le mueve el pecho.
—¿Preparada, novata? —pregunta Clara, frotándose las manos con una sonrisa de boxeadora que vuelve al ring.
Inés traga saliva. Mira a las tres mujeres que la flanquean. Sonia, rubia, de ojos azules, con esa tranquilidad que la hace tan inquietante. Clara, morena, fornida, las manos grandes apoyadas en las caderas. Eva, la enfermera de pelo cano, que mira el cuerpo de Inés como si estudiara un gráfico.
—No sé —dice Inés, y suena más nerviosa de lo que quería—. Esto es muy diferente a la otra vez.
—¿La otra vez? —Eva levanta una ceja.
—Con Lidija —admite Inés, y el nombre se le escapa con un deje de intimidad que no había planeado.
Clara suelta una carcajada.
—Ah, sí. La serbia nos contó. Dijo que tenías madera.
—¿Madera? —Inés no sabe si eso es bueno o malo.
—Madera de qué —dice Sonia, en ese hilo de voz que parece flotar—. Eso lo vamos a comprobar ahora.
Se colocan. Sonia a la derecha, Clara a la izquierda, Eva al pie de la cama. Un triángulo perfecto alrededor del cuerpo de Inés.
—Las reglas —dice Eva, con tono clínico— son las mismas que con Clara. Sin límites.
Sonia la mira. Hay algo en su mirada, algo que solo Inés puede ver. Un brillo. Una promesa.
—¿Lista? —pregunta.
Inés respira hondo. El corazón se le desboca. Sabe lo que viene. Sabe que va a sufrir. Sabe que va a disfrutar. Sabe que las tres mujeres que la rodean son expertas en lo que hacen.
—Lista —dice
Clara es la primera en moverse. No espera. No duda. Sus manos grandes, callosas, se posan sobre los costados de Inés con una seguridad que quita el aliento. No es suave. Clara no sabe ser suave. Pero sus dedos encuentran inmediatamente los puntos sensibles.
Inés suelta una risa corta, casi un ladrido.
Sonia se acerca a la axila derecha. Usa el dorso de los dedos, esa técnica suya que parece una caricia pero que en realidad es una tortura silenciosa. Se acerca tanto que su pelo rubio le roza el hombro a Inés. Huele a algo suave, a manzanilla o a hierba recién cortada.
La risa de Inés se intensifica. Ahora son dos frentes: los costados con Clara y la axila con Sonia. Su cuerpo se retuerce, pero las correas la sujetan.
—¿Ya estás retorciéndote? —pregunta Clara, provocando—. ¿Con cuatro caricias?
—No… no… puedo aguantar —jadea Inés entre risas.
Eva todavía no ha empezado. Está al pie de la cama, observando. Esperando. Inés sabe lo que significa esa espera. Es como cuando el enemigo se guarda el mejor golpe para el final.
Clara sube las manos. De los costados a las costillas. Allí, el cuerpo de Inés reacciona de otra manera. No es solo risa. Es un temblor que le recorre toda la columna.
—¡Ahí no, jajajajajaja! —grita.
—¿Ahí no por qué? —pregunta Clara.
—¡Porque ahí… soy muy… sensible!
Sonia aprovecha para intensificar. Sus dedos ya no usan el dorso. Ahora son las yemas, pequeños dibujos rápidos en el centro de la axila. Inés echa la cabeza hacia atrás. La risa se le escapa en oleadas.
—¡Las dos cosas no! —grita—. ¡Las dos cosas a la vez no!
—Las dos cosas a la vez sí —corrige Sonia, en ese susurro que parece venir de muy lejos.
Eva se mueve.
Sus manos se posan sobre los pies de Inés. No los pies enteros. Solo los dedos. No hace cosquillas todavía. Solo los sostiene. Los prepara.
Inés siente el contacto y algo dentro de ella se tensa. Sabe lo que viene.
—Por favor —dice, y no sabe a quién se lo pide.
—Todavía no he empezado —dice Eva, con una sonrisa.
Clara baja al vientre. Sus manos son grandes, pero su toque es sorprendentemente delicado. Dibuja círculos alrededor del ombligo de Inés, lentos, profundos.
La risa de Inés se vuelve más aguda. Más líquida.
—¡Ahí no! —chilla.
—¿Ahí no? —Clara insiste.
Sonia cambia de axila. Pasa a la izquierda con la misma suavidad implacable. Su melena rubia se balancea. Sus ojos azules no se apartan del rostro de Inés.
—Estás muy colorada —dice Sonia.
—¡Porque me da vergüenza! —admite Inés.
—¿Vergüenza de qué?
—De que me guste tanto.
El silencio que sigue es solo de un segundo. Luego Clara suelta una carcajada.
—¡Buena chica! —dice—. Reconocerlo es el primer paso.
Eva aprovecha la distracción.
Sus dedos comienzan a moverse en los pies de Inés. No con fuerza. Con paciencia. Recorren las plantas de arriba a abajo, despacio.
La reacción de Inés es automática. Su cuerpo se arquea entero. Las manos tiran de las correas. Los pies intentan escapar, pero Eva los sigue.
—¡NO! —grita—. ¡LOS PIES NO!
—Los pies sí —dice Eva.
—¡ES QUE SON MUY SENSIBLES!
—Eso ya lo sé —responde Eva, con la tranquilidad de quien lo sabe todo—. Por eso he esperado hasta ahora.
Clara, Sonia y Eva atacan al mismo tiempo. Los costados, las axilas, los pies. Seis manos. Tres frentes. Un solo cuerpo que se retuerce y ríe y grita y suplica.
De Inés solo salen sonidos: carcajadas, gemidos, pequeños aullidos que se pierden en el techo blanco.
—¡PARAD! —logra gritar en algún momento.
—¿Quieres que paremos? —pregunta Sonia.
—¡NO! —admite Inés—. ¡PERO QUE PARÉIS UN MOMENTO!
—No funciona así —dice Clara—. Tú lo has visto conmigo.
Inés cierra los ojos.
—¡VALE, VALE, VALE! —grita—. ¡QUE LO SIENTO!
—¿Qué sientes? —pregunta Eva.
—¡ES QUE SOY MUY COSQUILLOSA! —admite Inés—. ¡MUY, MUY COSQUILLOSA! ¡Y ME ESTOY…!
No termina la frase. Las seis manos intensifican el ataque. Los pies, los costados, las axilas. Todo su cuerpo es una única zona erógena, una única terminación nerviosa, un único latido de placer y sufrimiento.
Clara, Sonia y Eva se miran por encima de Inés. Sonríen.
La conexión entre Sonia e Inés es eléctrica. No hace falta que se digan nada. Cada vez que los dedos de la rubia recorren una axila, cada vez que sus yemas encuentran un punto especialmente sensible, Inés se arquea de una forma diferente. Más intensa. Más entregada. Y Sonia sonríe —esa sonrisa pequeña, secreta— como si cada espasmo de Inés fuera un regalo que ella misma se ha envuelto.
Clara lo nota. Eva también.
—Mira, mira —dice Clara, sin dejar de atacar los costados—. Creo que a la novata le gusta más la rubia que nosotras.
—No me extraña —responde Eva, con su tono clínico pero divertido—. Sonia tiene buenas manos.
Inés quiere responder, pero no puede. Las seis manos la están destrozando. Las axilas, los costados, los pies. Todo su cuerpo es un campo de batalla donde la risa es la única munición.
—No… no puedo… —jadea.
—Claro que puedes —dice Sonia, cerca de su oído.
Y entonces Sonia baja la cabeza.
Su lengua —cálida, húmeda, suave— recorre la axila derecha de Inés. Desde el borde exterior hasta el centro. Un trazo lento, deliberado, que no deja ningún centímetro de piel sin explorar.
El grito de Inés es de otra naturaleza. Un alarido rasgado y profundo.
—¡AAAAAAAAAAH!
Su cuerpo se arquea. Las manos tiran de las correas. Los pies —tan sensibles, tan vulnerables— se sacuden contra las manos de Eva.
—Eso es nuevo —dice Clara, riendo—. Sonia, no sabía que tenías esas habilidades.
—Aprendo rápido —responde Sonia, apartando la lengua un instante, antes de volver a la axila izquierda.
Clara no quiere quedarse atrás.
Se inclina sobre el vientre de Inés. Sus labios se posan justo encima del ombligo. Y entonces hace una pedorreta que hace cosquillas de una forma que Inés no sabía que existía.
El vientre de Inés se contrae como si le hubieran dado una descarga.
—¡NO! —grita, y la risa se le convierte en súplica—. ¡ESO NO!
—¿Esto? —pregunta Clara, repitiendo la pedorreta un poco más abajo.
—¡ESO, SÍ, PERO NO!
—¿Sí o no? Decide.
Inés no puede decidir. Su cuerpo está fuera de control. Cada pedorreta de Clara en el vientre es una explosión de cosquillas que le recorre la columna. Cada lametazo de Sonia en las axilas es una corriente eléctrica que le nubla la vista.
Y entonces Eva se suma.
La enfermera de pelo cano se inclina sobre los pies de Inés. No usa las manos. Usa la boca. Sus dientes —suaves, apenas un roce— mordisquean las plantas de los pies, los arcos, los laterales. Es un mordisqueo que no duele, que no puede doler, pero que hace cosquillas como mil agujas de felpa recorriendo cada terminación nerviosa.
El alarido de Inés es tan agudo que parece romper el aire.
—¡AAAAAAAAAAAH! ¡NO PUEDO, NO PUEDO, NO PUEDO!
Su cuerpo entero tiembla. Una vibración continua, eléctrica, que la recorre de la cabeza a los pies como si tuviera un calambre permanente.
Sonia la mira. Sus ojos azules brillan.
—¿No puedes? —pregunta, con ese hilo de voz que parece flotar.
—¡NO! —grita Inés, pero sus caderas se levantan de la cama—. ¡ES DEMASIADO!
Clara ríe. No deja de hacer pedorretas en el vientre. Su boca se mueve en círculos, subiendo y bajando, encontrando puntos demoledores que Inés no sabía que tenía.
Eva intensifica. Sus mordiscos se vuelven más rápidos, más precisos. Recorre los dedos de los pies uno por uno.
Los pies de Inés intentan escapar, pero las correas los sujetan. Solo pueden retorcerse. Solo pueden temblar.
Sonia vuelve a las axilas. Pero esta vez no usa la lengua. Usa los dientes. Suavemente. Rozando apenas la piel. Un mordisqueo húmedo que recorre el borde de la axila, sube hasta la parte interna del brazo, baja hasta las costillas.
Las tres mujeres trabajan en sincronía. Lengua, dientes, labios, manos. Una orquesta de sensaciones que transitan de lo desesperante a lo excitante.
Inés ya no sabe dónde termina la risa y dónde empieza el placer. Todo se ha fundido en una sola cosa: una luz blanca que le crece en el vientre y se extiende por cada extremidad, cada dedo, cada pelo.
Clara y Eva se ríen entre ellas, cómplices.
—Mira cómo tiembla —dice Eva.
—Como si la estuvieran electrocutando —responde Clara.
—Mejor —dice Sonia, con su susurro—. Mejor que una electrocución.
Inés oye las voces como si vinieran de muy lejos. Su cuerpo es un volcán. Sus manos tiran de las correas. Sus pies se sacuden. Su espalda se arquea y se hunde al ritmo de las lenguas, los dientes y las manos.
No sabe cuánto tiempo pasa. No le importa.
Solo existen las cosquillas. Solo existe esa mujer rubia de ojos azules que la mira como si estuviera viendo algo hermoso.
Eva no se detiene. Sus dientes siguen mordisqueando las plantas de los pies, pero ahora añade algo más: sus manos, libres un momento, suben por los muslos de Inés. Las yemas de sus dedos recorren la cara interna, esa franja hipersensible que hace que Inés emita un gemido completamente diferente a la risa.
—Por ahí no —jadea Inés.
—Por ahí sí —responde Eva, sin dejar de morder el pie derecho.
Clara sigue con las pedorretas en el vientre, incansable. El sonido húmedo y ridículo se repite una y otra vez, subiendo y bajando desde el ombligo hasta la línea del pubis. Pero sus manos, grandes y firmes, han abandonado los costados y ahora atacan las caderas. Los dedos de Clara se mueven en espiral, presionando justo donde el hueso se marca bajo la piel.
Inés se retuerce. Los costados y las caderas al mismo tiempo. El vientre y los muslos. Todo su cuerpo es un punto de ataque.
Sonia no cede. Su lengua sigue recorriendo las axilas de Inés, lenta, húmeda, interminable. Y sus dedos —esos dedos largos y finos que parecen tener vida propia— han bajado hasta las costillas. Los mueve como si estuviera tocando un instrumento: círculos, garabatos, pequeñas presiones que encuentran cada punto débil.
—No puedo —susurra Inés, pero ya no sabe si es queja o súplica o simplemente el ruido que hace su cuerpo cuando está al borde.
Y entonces Lidija se suma.
La serbia se ha acercado sin hacer ruido. Nadie la ha visto llegar. Nadie la ha oído. Pero de repente está al pie de la cama, inclinada sobre el pie izquierdo de Inés —el que Eva no está mordiendo— y su lengua comienza a recorrer la planta con una lentitud hipnótica.
Sus dedos, al mismo tiempo, garabatean en el empeine, en los laterales, en el espacio entre los dedos.
Ahora son cuatro mujeres.
Ocho manos.
Cuatro bocas.
Cuatro lenguas.
Inés ya no está en la cama. Inés está en algún lugar que no conoce, donde el tiempo no existe y la única realidad son las cosquillas. La risa ha dejado de ser risa. Es un lamento gozoso, un gemido continuo que sale de su garganta sin permiso, que llena la habitación como una música rota.
Su cuerpo tiembla. No un temblor pequeño. Un terremoto. Cada músculo se contrae y se relaja al mismo tiempo. Las manos tiran de las correas. Los pies se sacuden. La espalda se arquea y se hunde, se arquea y se hunde, al ritmo de las lenguas y los dientes y las manos.
Ya no suplica.
Ya no piensa.
Solo siente.
El calor en su vientre crece como un globo que no va a dejar de inflarse. Sabe lo que viene. Lo ha sentido antes, con Lidija, en aquella primera noche. Pero esto es diferente. Esto es cuatro veces más intenso. Cuatro veces más profundo.
El globo estalla.
Inés arquea la espalda con una fuerza que parece imposible. Un grito sale de su boca y se expande por la habitación. Todo su cuerpo se tensa un instante, una eternidad, y luego se libera en oleadas.
El colchón se empapa bajo sus caderas.
Los dedos de sus pies se curvan. Las manos se cierran sobre el vacío. Los ojos se le nublan. No ve nada. Solo luz. Solo la explosión blanca que le recorre la columna y se derrama por cada extremidad.
Las cuatro mujeres se detienen.
No todas al mismo tiempo. Eva es la primera en apartar la boca del pie, sorprendida. Clara levanta la cabeza del vientre, con los ojos abiertos. Ambas se miran. Ambas sonríen con una mezcla de asombro y admiración.
—Vaya —dice Eva—. No me lo esperaba.
—Yo tampoco —dice Clara—. Pero mira que bien se lo ha pasado.
Sonia no se sorprende. Sigue ahí, con la lengua aún apoyada en la axila de Inés, con los dedos quietos sobre sus costillas. Sus ojos azules miran a Inés con una calma que parece saberlo todo desde el principio.
Lidija, al pie de la cama, tampoco se sorprende. Se incorpora despacio. Limpia sus labios con el dorso de la mano. Mira a Inés, y hay en su mirada algo que no es solo satisfacción. Es reconocimiento.
Inés se desploma sobre la cama.
El cuerpo le pesa como si hubiera cargado sacos de arena durante horas. La respiración le sale en jadeos cortos, irregulares.
No puede moverse.
No quiere moverse.
Las correas aún la sujetan, pero ya no tira de ellas.
—Joder —susurra. Es la única palabra que le sale.
Sonia se inclina sobre ella. Le aparta un mechón de pelo de la frente.
—¿Estás bien? —pregunta, en ese hilo de voz que parece flotar.
Inés intenta responder. No puede. Solo asiente.
—Bien —dice Sonia—. Porque aún no hemos terminado.
Clara y Eva ríen.
Lidija sonríe.
Las manos vuelven a posarse sobre el cuerpo de Inés.
La sesión continúa.
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La casa está en silencio. La mayoría de las mujeres se han ido a dormir hace horas, dispersas en las pequeñas habitaciones que hacen las veces de refugio. Alguien apagó las luces del pasillo. Solo la cocina conserva una lámpara encendida, una bombilla baja que apenas ilumina la mesa de formica y las dos tazas humeantes.
Inés está sentada en una silla plegable, con las piernas encogidas bajo una manta que le prestaron. Lleva la ropa interior todavía húmeda. Las axilas le escuecen un poco. Los pies le hormiguean. Pero no es eso lo que le revuelve el estómago.
—Estoy avergonzada —dice, y la voz le sale más pequeña de lo que quería.
Lidija, al otro lado de la mesa, no la mira. Mira el vapor que sube de su taza.
—Lo sé.
—He tenido un orgasmo delante de todas.
—Lo sé.
—Y luego habéis seguido haciéndome cosquillas. Como si nada.
—Porque no pasaba nada.
Inés levanta la cabeza. La mira. Lidija tiene los ojos claros cansados, pero no de sueño. De algo más profundo.
—No eres la única —dice Lidija—. Si crees que edo te ha pasado solo a ti, estás muy equivocada.
—¿A Sonia también? —pregunta Inés, y el nombre se le escapa antes de que pueda pensarlo.
Lidija sonríe. No se burla. Solo confirma.
—A Sonia le pasa cada vez. No puede evitarlo. Es su forma de ser. Cuando alguien le hace cosquillas, pierde el control igual que lo perdiste tú. Y no le da vergüenza. Nunca le ha dado.
Inés se queda callada. La imagen de Sonia —la rubia de los ojos azules— retorciéndose bajo las cosquillas le parece hermosa.
—¿Hay más? —pregunta.
—¿Más fetichistas? Sí. En Hermanas hay varias. Algunas lo descubrieron aquí dentro. Otras ya lo sabían desde antes. Es una de las cosas que nos unen.
—¿Y el sexo?
Lidija arquea una ceja.
—También hay sexo. Consentido. Respetuoso. Entre mujeres que saben lo que quieren y lo piden sin miedo. No es un secreto. No es un tabú. Es otra forma de cuidarnos.
Inés siente que el mundo se le amplía. Todo lo que creía saber sobre Hermanas —sobre la resistencia, sobre la lucha, sobre el sacrificio— era verdad, pero solo una parte. También hay cuerpos que se tocan porque quieren tocarse. También hay risas que no son solo política.
—Pero últimamente —continúa Lidija, y su voz se vuelve más grave— no hay tiempo para eso. Las misiones se acumulan. La vigilancia nos consume. La unidad especial que descubrió Clara nos tiene a todas en vilo. El sexo y las cosquillas recreativas quedan para cuando podemos respirar. Y eso es cada vez menos frecuente.
Inés asiente. Bebe un sorbo de té. La taza está casi fría.
—Háblame de Sonia —dice, y no sabe si es la curiosidad o el deseo lo que la empuja.
Lidija la mira un instante. Luego apoya los brazos en la mesa y empieza a hablar:
Creció en una familia conservadora. Políticamente activa. Su padre era concejal en un pueblo pequeño. Su madre organizaba eventos del partido. Las cenas en su casa terminaban siempre en discusiones sobre "el enemigo", "la decadencia", "los valores que hay que recuperar".
Sonia escuchaba. Aprendió a escuchar muy pronto.
—No era una niña rebelde —dice Lidija—. No se plantaba delante de sus padres para gritarles que estaban equivocados. Eso no habría servido de nada. En lugar de eso, observaba. Tomaba notas mentales. Y esperaba.
Cuando Sonia cumplió veintiún años, el movimiento nacionalista que sus padres llevaban años apoyando llegó al poder. Ellos lo celebraron con champán. Ella sonrió y brindó. Brindó por ellos.
Pero esa noche, en su habitación, lloró.
Había creído que nunca llegarían tan lejos. Había creído que la democracia aguantaría. Había creído muchas cosas que resultaron ser mentira.
—Durante los primeros meses —continúa Lidija—, intentó discutir. Señalaba las noticias, las detenciones, los discursos de odio. Pero sus padres le decían que era joven, que no entendía, que todo era necesario para "limpiar el país". Dejó de discutir. Comprendió que fingir era mucho más útil.
Inés la mira, fascinada.
—¿Y cómo llegó a Hermanas?
Lidija tarda en responder. Bebe un sorbo de té. Mira la ventana oscura.
—Un día nos escribió. Dijo que tenía información. Dijo que quería ayudar. Al principio no nos fiamos. Podía ser una trampa. Pero la información era buena, demasiado buena para ser un cebo. Y así empezamos.
—¿Sus padres saben algo?
—Nada. Sonia sigue siendo para ellos la hija ejemplar. Va a las cenas familiares. Sonríe en las fotos. Pregunta por los vecinos, por los amigos del partido. Todo normal. Pero cuando se va, nos cuenta todo lo que ha oído.
Inés siente un escalofrío. No es miedo. Es admiración.
—Debe ser muy duro —dice—. Vivir mintiendo.
—Es duro. Pero Sonia es buena en eso. Muy buena. Ha aprendido a separar lo que siente de lo que muestra. Es paciente. Observadora. Reservada con sus emociones. No suele ser la más carismática del grupo, pero es una de las más difíciles de engañar.
—¿Y es feliz?
Lidija sonríe.
—No sé si la felicidad es algo que Sonia se permita. Pero aquí, entre nosotras, se ríe. Se desahoga. Hace cosquillas y recibe cosquillas. Es ella, sin máscaras. Supongo que eso es algo parecido a la felicidad.
Inés se queda callada. Piensa en la joven rubia, en los ojos azules, en esa voz que parece flotar. Piensa en las manos pequeñas y los dedos largos.
—¿Y tú? —pregunta al final—. ¿Tú también…?
Lidija levanta una mano. La interrumpe.
—Eso, Inés, es una conversación para otra noche.
Se levanta. Recoge las tazas vacías. Las deja en el fregadero.
—Duerme —dice—. Mañana será otro día.
Inés asiente. Se levanta. La manta le resbala de los hombros. La sostiene antes de que caiga.
—Lidija.
La serbia se gira.
—Gracias.
Lidija no responde. Solo asiente. Luego apaga la luz de la cocina.
Inés se queda mirando al techo. La viga de madera, la lámpara apagada, la sombra de los barrotes de la cabecera proyectándose sobre la pared. Los últimos días le parecen una película que alguien más está viviendo. El secuestro de Luna Lux. La sesión con Clara. El castigo que se convirtió en orgasmo. Cuatro mujeres haciéndole cosquillas al mismo tiempo.
Cierra los ojos. Los vuelve a abrir.
—Todo esto no puede ser real —susurra al vacío—. Es un sueño. Una digestión pesada. Me habré comido algo que me ha sentado mal. Eso es, habré cenado demasiado, me habré acostado releyendo pasajes del libro de Elisa Ramírez y estoy soñando con una organización de mujeres que se hacen cosquillas.
El sonido de la puerta la saca de su monólogo.
—¿Molesto?
Inés se incorpora sobre los codos. La silueta rubia recortada contra el marco de la puerta. Los ojos azules brillando en la penumbra.
Se ruboriza. No puede evitarlo.
—Qué va —dice, y suena más nerviosa de lo que quisiera—. Pasa. No podía dormir.
Sonia entra. Sus pies descalzos apenas hacen ruido sobre el suelo de madera. Camina como si flotara, como si llevara años moviéndose en silencio. Se sienta al borde de la cama, justo donde empieza la manta. La distancia entre ellas es de apenas un palmo.
—Yo tampoco —dice Sonia.
Inés la mira. La luz de la luna, que entra por la ventana sin cortinas, le dibuja un perfil de plata. La nariz recta. Los pómulos altos. Esa boca que horas antes lamía sus axilas.
—¿Estás bien? —pregunta Sonia.
Inés suelta una risa baja. Cansada. Contenta.
—Sí. Eso es lo malo. Que estoy mejor que nunca.
Sonia la mira, esperando.
—¿Sabes? —continúa Inés, dejándose caer otra vez sobre la almohada—. Si no fuera porque el país se desmorona, porque me busca la policía por cantar unas canciones, porque tengo que esconderme como una delincuente… diría que estoy en el paraíso.
Pausa.
—Es tan contradictorio que hasta me siento mal.
Sonia no responde al instante. Se queda mirando sus propias manos, apoyadas sobre las rodillas.
—Te entiendo perfectamente —dice al fin—. Yo también soy libre solo cuando me encierro aquí, en la clandestinidad. Cuando salgo a la que se supone que es mi vida… ahí es cuando me siento aprisionada.
Inés la mira de arriba abajo. Analiza cada detalle de su rostro con una ternura que no sabe de dónde sale. La rubia parece frágil, pero Inés sabe que no lo es. La fragilidad es un disfraz que Sonia se pone para que los demás no sospechen.
Sonia gira la cabeza. La mira. Y entonces sonríe. Una sonrisa amplia, cómplice, que rompe la solemnidad del momento.
—Oye —dice—, no te quejarás. Un orgasmo de "castigo". Hay quien paga por eso.
Inés entierra la cara en la almohada.
—Uff —dice, amortiguada—. Calla. Qué vergüenza.
—¿Vergüenza? —Sonia arquea una ceja—. Aquí olvídate de eso.
Inés levanta la cabeza.
—Gracias —dice—. Por lo que has hecho.
Sonia se encoge de hombros.
—No hay de qué. Aunque ya se han dado cuenta todas de que lo hice porque eres "de las mías".
—¿De las tuyas?
—Fetichistas —susurra Sonia, como si fuera un secreto—. Las que compartimos el gusto por las cosquillas. Clara lo sabe. Eva también. Y Lidija, claro. No les importa. Pero saben que por eso lo hice.
Inés se incorpora. Se sienta en la cama, con las piernas cruzadas, la manta sobre los hombros.
—Dice Lidija que hay más.
Sonia asiente. Su melena rubia se balancea.
—Las hay —dice—. Y no son pocas.
Inés se queda mirando sus propias manos sobre la manta. Las arrugas de la tela, las uñas sin pintar, los nudillos pequeños.
—La de años que he pasado sintiéndome sola. Pensando que era un bicho raro. Y eso que hablé con gente por internet con un perfil de incógnito… la mayoría hombres. Pero acabé huyendo de ahí.
Sonia suelta un suspiro. Un suspiro de reconocimiento.
—Uff, yo también, tía. Todo era "linda, ¿cuántas cosquillas tienes del 1 al 10?"
Inés ríe. Una risa baja, cómplice.
—Y gente pidiéndote fotos de tus pies.
—¡Buah, sí, joder! —Sonia se tapa la cara con las manos—. Tal cual. Al final los bloqueas y a otra cosa.
—Por eso no hay hombres en la organización, ¿no?
Sonia asiente.
—Por eso mismo. Colaboramos con otras organizaciones clandestinas, no podemos cerrarnos del todo. Pero aquí, dentro de Hermanas, no hay hombres. Lo han intentado. Algunos de fuera nos han pedido entrar. Pero la mayoría van a lo que van.
—¿Ninguno? —pregunta Inés.
Sonia niega con la cabeza. Firme.
—Ninguno.
El silencio las envuelve a las dos. Inés juega con el borde de la manta. Siente el pulso en las sienes.
—Oye —dice, y le tiembla la voz—. Lo que me ha pasado antes… a ti también te ha pasado, ¿verdad?
Sonia ríe. Una carcajada limpia, sin vergüenza.
—¡Jajajaja! Sí. Cada vez que me hacen cosquillas… es inevitable. Aquí he llegado a alcanzar cotas de placer que jamás pensé que sería capaz de sentir.
Inés la mira con los ojos muy abiertos. No es solo curiosidad. Es asombro. Es el vértigo de encontrar a alguien que habla de eso con la misma naturalidad con la que otras hablan del tiempo.
Sonia se acerca. Su hombro roza el de Inés. Su boca, cerca de su oreja. Su voz, apenas un susurro.
—¿Sabes que hacerte cosquillas esta tarde me ha puesto super cachonda?
Inés ríe. Una risa nerviosa, caliente, que le sube desde el pecho hasta la garganta.
—Pues anda que a mí…
Se miran. El silencio se vuelve denso. Los labios de Sonia están muy cerca. Inés siente su respiración, su olor a manzanilla, el brillo de sus ojos azules en la penumbra.
Sonia sonríe. Una sonrisa pícara, traviesa, que le cambia toda la cara.
—Que sepas —dice, en ese hilo de voz que parece flotar— que me debes un orgasmo, Inesita.
Inés siente que se le acelera todo. El corazón, la respiración, la sangre. Sus manos sudan dentro de la manta. No sabe qué hacer. Nunca sabe qué hacer cuando alguien le gusta de verdad.
—Hay una habitación en el sótano —dice Sonia, como quien ofrece un secreto— desde la que no se oye nada. ¿Te apetece que vayamos?
Inés la mira. La cara angelical. La melena runia. Esa mezcla de inocencia y picardía que la vuelve loca.
Asiente. Sonríe como una colegiala que se escapa de clase.
—Vamos.
Se levantan. Las dos en pijama. Las dos descalzas. Los pies de Sonia son pequeños, blancos, con las uñas pintadas de un rosa casi transparente. Los de Inés, más morenos y un par de tallas más grandes. Caminan por el pasillo en puntillas. No quieren despertar a nadie.
Pasan junto a la cocina.
La puerta está entreabierta. Dentro, una bombilla baja ilumina la mesa de formica. Y allí, apoyada en el marco, está Lidija.
Ellas no la ven.
Ella sí las ve.
La serbia sonríe.
Bajan las escaleras. Los escalones son de madera vieja, crujen bajo sus pies descalzos. Sonia va delante, con la mano extendida hacia atrás. Inés la sigue, sujetándole los dedos. No saben dónde pisan exactamente, pero se guían por el tacto y la confianza.
La puerta del sótano está al fondo. Sonia la empuja. Cruje también.
La habitación es más grande de lo que Inés imaginaba. Antiguo trastero, se nota por las paredes de ladrillo visto y el suelo de cemento pulido. Pero alguien la ha reacondicionado con mimo. Dos camas individuales, una a cada lado, con sábanas blancas y mantas grises. En los cabeceros —de hierro negro, como la de arriba— cuelgan correas de cuero. En los pies también.
Inés mira a su alrededor, sorprendida. Ahora sí que cree estar soñando. Es demasiado perfecto. Demasiado pensado.
—¿Esto…? —empieza a decir.
Sonia la observa. Analiza cada uno de sus gestos. La forma en que Inés mira las correas, las camas, las paredes. La forma en que se muerde el labio inferior cuando está nerviosa y excitada a la vez.
—Te toca atarme —dice Sonia. Su dedo índice, juguetón, pica el costado de Inés.
Inés da un respingo. La risa se le escapa antes de que pueda controlarla.
—¿Estás segura? —pregunta, y suena más ronca de lo que esperaba.
Sonia no responde con palabras. Se acerca. Sus labios encuentran los de Inés. El beso es repentino. Dura apenas unos segundos, pero es suficiente para que Inés sienta que el suelo se mueve.
—Que sí, joder —dice Sonia al separarse—. Que lo llevo deseando desde que te he visto llegar.
Inés se queda mirándola. No sabe qué decir. No sabe qué hacer. Pero su cuerpo sí.
Sonia se aparta un paso. Se lleva las manos al dobladillo del pijama —una camiseta vieja y unos pantalones cortos de algodón— y se lo quita. La camiseta vuela hacia una silla. Los pantalones caen al suelo. La ropa interior —braguitas de encaje blanco, pequeñas, casi invisibles— también.
Sonia está completamente desnuda.
La piel de porcelana brilla bajo la luz de una bombilla desnuda que cuelga del techo. Unos cuantos lunares se dispersan por su cuerpo: uno en la clavícula, otro en la cadera, otro en la parte interna del muslo. Las axilas depiladas. El vientre plano, con una pequeña línea de vello rubio que desaparece bajo el pubis. Los pies blanquecinos, finos, con los dedos largos y las uñas pintadas de rosa pálido.
Inés la mira y siente que se le seca la boca.
Sonia vuelve a besarla. Esta vez más despacio. Su lengua explora la comisura de los labios de Inés, el interior de su boca, el paladar. Mientras besa, sus manos buscan la ropa de Inés. La camiseta, arriba. Los pantalones del pijama, abajo. La ropa interior —braguitas de algodón desteñido— también.
Inés queda desnuda frente a ella. Las dos desnudas. Las dos temblorosas.
—Te advierto —dice Inés, y su voz es un hilo— que soy buena. Y que no voy a tener piedad.
Los ojos azules de Sonia brillan de ilusión. Una sonrisa se dibuja en sus labios, ancha, genuina, casi infantil.
—Uuuuuffff —susurra.
Inés la toma de la mano. La guía hacia una de las camas. La rubia obedece, dócil, con las mejillas encendidas. Se tumba boca arriba. Sus brazos se extienden hacia el cabecero. Inés toma las correas de cuero —las mismas que usa la organización, las mismas que conoce tan bien— y las rodea alrededor de sus muñecas. Ajusta las hebillas. Ni apretado ni flojo. Justo.
Los tobillos también. Dos correas más. Sonia queda inmovilizada en forma de equis, los brazos estirados, las piernas ligeramente separadas.
Inés se incorpora. La mira de arriba abajo.
La piel de porcelana. El lunar de la clavícula, el de la cadera, el del muslo. Las costillas que se marcan apenas con cada respiración. El vientre plano. Los pies finos, largos, con las uñas rosas.
Sonia la mira desde abajo. Sus ojos azules brillan. Espera.
Inés se sube a la cama. Se sienta a horcajadas sobre las caderas de Sonia. Siente el calor de la piel de la rubia contra la suya, la humedad entre sus propios muslos, la respiración agitada que comparten.
Baja la cabeza.
Sus labios besan la barriga de Sonia. Desde el ombligo hacia abajo, desde el ombligo hacia arriba. Recorren el vientre con una lentitud deliberada, saboreando cada centímetro. Las costillas de Sonia reciben besos suaves, húmedos, interminables.
Sonia jadea. Sus músculos se contraen bajo la piel. El vientre se le tensa.
Inés levanta la cabeza. Mira a Sonia. La rubia tiene los ojos cerrados, los labios entreabiertos. Su respiración es irregular, rápida.
Inés baja las manos. Las posa sobre las costillas de Sonia. Y, sin aviso, sus dedos comienzan a moverse.
No es un roce. Es un ataque. Las yemas de los dedos presionan cada costilla. Sonia da un brinco en la cama. Los barrotes del cabecero tintinean.
—¡Ah! —grita, y la risa se le escapa antes de que pueda contenerla.
Inés no se detiene. Repite el ataque. Una vez. Otra. Otra.
Sonia ríe con más fuerza. Su cabeza se echa hacia atrás. Los ojos se le ponen en blanco. El cuerpo se retuerce bajo Inés, pero las correas la sujetan.
—¡Así no, jajajajajajajajaja! —jadea.
—¿Así no? —pregunta Inés, insistiendo en el mismo punto.
—¡Bueno, así sí, JAJAJAJAJA! —corrige Sonia, y la risa se le atraganta.
Inés sonríe. Sus manos suben hasta las axilas. Ahora son las yemas de los dedos, rozando la piel suave, depilada, hipersensible. Y mientras ataca, se inclina y besa a Sonia en la boca.
El beso es profundo, húmedo, desordenado. Las lenguas se encuentran mientras Sonia ríe contra la boca de Inés. La vibración de su risa recorre el rostro de Inés como una corriente eléctrica.
—No puedo —susurra Sonia contra sus labios.
—Claro que puedes —responde Inés.
No deja de hacer cosquillas en las axilas. Sus dedos se mueven en espiral, rápidos, cambiantes. Sonia se retuerce. Las manos tiran de las correas. Los pies se arrastran sobre las sábanas blancas.
Inés aparta la boca. Baja al cuello. Besa la piel caliente. Sus labios suben hasta la oreja. Muerde el lóbulo —suavemente, apenas un roce de dientes— y luego lame el interior.
Sonia gime.
Su cuerpo se arquea. Las caderas se levantan de la cama.
Inés sigue lamiendo su oreja mientras sus dedos siguen garabateando en las axilas. El gemido se convierte en risa, la risa en gemido. Todo se mezcla. Todo es una sola cosa.
—Inés —susurra Sonia, y es la primera vez que dice su nombre.
—Dime —responde Inés contra su piel.
—No pares.
Inés sonríe.
—Ni aunque me lo supliques.
Las manos de Inés descienden. Dejan las axilas, recorren las costillas de Sonia con una lentitud deliberada, sintiendo cómo se marcan bajo la piel. La risa de Sonia cambia de tono, se vuelve más aguda, más temblorosa.
—Ahí —jadea—. Ahí es…
—¿Qué? —pregunta Inés, sin dejar de mover los dedos.
—Joder, que ahí me matas—admite Sonia.
Inés baja la boca. Sus labios encuentran el pecho de Sonia. Besa el pezón derecho, lo lame, lo rodea con la lengua. Los dedos, mientras tanto, siguen garabateando en los costados. La combinación hace que Sonia arquee la espalda.
—¡Eso no es justo! —grita entre risas.
—Todo vale —responde Inés.
Pasa al otro pecho. Mismo beso. Misma lengua. Los dedos de Inés ahora atacan las costillas desde abajo, desde ese ángulo que hace que Sonia se retuerza como si tuviera un calambre.
—No puedo —susurra Sonia.
Inés baja más. Sus labios dejan los pechos, recorren el esternón, besan cada centímetro de piel hasta llegar al abdomen. Su lengua traza una línea desde el centro del pecho hasta el ombligo. Lenta. Húmeda. Implacable.
Sonia suelta un gemido. Es un gemido distinto. Más profundo.
Inés repite el camino. Otra vez. Otra. La lengua de Inés se detiene en el ombligo y dibuja un círculo alrededor. Al mismo tiempo, sus manos bajan hasta las caderas. Las yemas de sus dedos acarician justo donde el hueso se marca bajo la piel.
Sonia emite un chillido agudo, cortante, que atraviesa el aire.
—¡AAAAAHHH!
Inés insiste. La lengua en el ombligo. Los dedos en las caderas. El mismo punto. La misma presión. Una y otra vez.
Sonia se retuerce. Su risa es histérica, descontrolada, mezclada con pequeños gritos.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA! —grita—. ¡JODER, ME VAS A MATAR!
Inés la mira. La fascina ver a Sonia así —la Sonia contenida, la Sonia de la sonrisa pequeña y la voz en susurros— deshecha, retorciéndose, perdiendo el control.
—¿Te rindes? —pregunta Inés, con una sonrisa.
—NOOOOOO —grita Sonia, y la risa se le atraganta—. JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA.
—¿Segura?
Inés baja las manos. Las deja descansar un momento sobre los muslos de Sonia. La rubia respira agitada. Los ojos azules están húmedos. Las mejillas, encendidas.
—Pues vamos a ver —dice Inés, en un tono casi casual— si tus piececitos opinan lo mismo.
Sonia abre los ojos de par en par.
—¡NOOOOOO! —grita, y esta vez no hay risa en su voz—. ¡LOS PIES NOOOOO!
Pero Inés ya se ha desplazado hacia el pie de la cama. Sus manos toman el pie derecho de Sonia. Pequeño. Blanco. Las uñas pintadas de rosa pálido. Las plantas suaves.
Sonia tira de las correas. Intenta sentarse, incorporarse, hacer algo. Pero las ataduras la sujetan. Solo puede mirar cómo Inés sostiene su pie entre las manos con una delicadeza que asusta.
—¿Sabes? —dice Inés, acariciando la planta con las yemas de sus dedos—. Los tuyos son más bonitos que los míos.
—No me lo parece —dice Sonia, y ya está riendo antes de que Inés empiece—. ¡Los tuyos son preciosos!
—Mentirosa.
Inés baja la cabeza.
Sus labios besan la planta del pie derecho de Sonia.
Suavemente. Casi sin presión. Un roce apenas.
El grito de Sonia es de otro planeta.
Inés no puede dejar de mirarlos. Los pies de Sonia son pequeños, blancos, con los dedos largos y finos, las uñas perfectas. Huelen bien —como toda ella, a jabón suave y a piel limpia— e Inés se sorprende a sí misma acercándolos a su nariz sin pensar.
—Hueles bien —dice, casi sin darse cuenta.
Sonia ríe. Una risa temblorosa, anticipada.
—¿Me vas a hacer cosquillas o me vas a oler?
—Las dos cosas.
Inés desliza las yemas de sus dedos por la planta del pie derecho. Muy despacio. Desde el talón hasta la base de los dedos. Un trazo único, deliberado, que hace que el pie de Sonia se arqueé hacia atrás.
—¡Dios! —dice Sonia.
—¿Qué pasa ahí?
—Que e hace muchísimas cosquillas, jajajajajajajaja…
Inés repite el gesto. Esta vez más rápido. Un vaivén constante que recorre todo el arco. Los dedos de Sonia se curvan. Los pies intentan escapar, pero Inés los sujeta con firmeza.
—No puedo —susurra Sonia.
—Claro que puedes.
Inés baja la cabeza. Besa la planta del pie derecho. Un beso suave, casi maternal. Luego otro. Luego lame el arco, un trazo húmedo que recorre desde el talón hasta el empeine.
Sonia tira de las correas. Los barrotes tintinean.
—¡Eso también me hace muchas cosquillas! —dice temblando, su voz se quiebra.
—¿Ah sí? —Inés repite el lametazo. Más lento. Más húmedo.
Inés prueba algo nuevo. Toma el dedo gordo del pie derecho y se lo mete en la boca. Lo rodea con la lengua. Lo chupa suavemente. La uña rosa roza su paladar.
—¡Joder! —grita Sonia, jadeando.
—¿Te gusta? —pregunta Inés, apartando el dedo un instante.
Sonia tiene los ojos cerrados. Las mejillas le arden.
—Uffffff —dice—. Calla y sigue.
Inés obedece. Su boca vuelve a los dedos del pie derecho. Los lame uno por uno, con paciencia, saboreando cada centímetro.
Mientras tanto, su mano izquierda acaricia la planta del pie izquierdo. Las yemas de sus dedos recorren el arco, el talón, los laterales.
Sonia da tirones con desesperación. Sus piernas se abren y se cierran. La risa es ininterrumpida, una cascada que no para de crecer.
—¡No puedo con los dos! —grita—. ¡Los dos pies a la vez no!
—Los dos pies a la vez sí —dice Inés, con la boca llena de dedos.
Sonia ríe y gime al mismo tiempo. Su expresión es de auténtico gozo. Los ojos azules se le iluminan de placer.
Inés aparta la boca un momento. Mira a Sonia. La rubia tiene la cabeza echada hacia atrás, la melena deshecha sobre la almohada, el pecho subiendo y bajando.
—¿Los pies son tu punto débil? —pregunta Inés.
Sonia abre los ojos. La mira. Sus ojos azules brillan.
—Tú... —dice, entre jadeos y risas— tú eres mi punto débil.
Inés siente algo caliente extenderse por su pecho. No sabe qué es. No le importa.
Vuelve a los pies.
Sus dedos garabatean en las plantas. Sus uñas, apenas, rozan los arcos. Su boca lame los dedos uno por uno. Sonia se retuerce, ríe, gime, suplica sin palabras.
—¿Así? —pregunta Inés.
—¡SÍ! —grita Sonia.
—¿Más rápido?
—¡SÍ!
—¿Más lento?
—¡NO! —chilla Sonia—. ¡MÁS RÁPIDO, POR FAVOR!
Inés obedece. Sus dedos se mueven más rápido. Su lengua también. Los pies de Sonia son dos instrumentos que toca al mismo tiempo, y la música que sale es la risa de la rubia, los gritos, los gemidos.
Las correas crujen. La cama tiembla. Sonia tira de sus muñecas como si quisiera volar.
La cantautora levanta la vista. Desde el pie de la cama, el cuerpo de Sonia se extiende ante ella como un paisaje que ha aprendido a recorrer de memoria. La piel blanca, los lunares, el vello rubio. Y allí, en el centro, la humedad que brilla bajo la luz de la bombilla desnuda.
—Mira qué guapa estás —dice Inés, y no sabe si habla de su cara o de su entrepierna.
Sonia intenta responder, pero la risa aún le tiembla en los labios. No le sale ninguna palabra.
Inés se incorpora. Se desliza hacia arriba, dejando los pies de Sonia atrás. Sus rodillas se hunden en el colchón a cada lado de las caderas de la rubia. Se queda mirándola un instante y luego baja la cabeza.
Su lengua encuentra el clítoris de Sonia.
No hay aviso. No hay caricia previa. Es un ataque directo, húmedo, implacable. Lame de abajo arriba, de arriba abajo, en círculos, en espirales. Sin pausa. Sin respiro.
Sonia emite un sonido que no es risa ni gemido. Es un aullido ahogado, una nota que se queda a medio camino entre el placer y la desesperación.
—¡Inés! —grita.
Inés no responde. No puede. Tiene la boca ocupada.
Y mientras lame, sus manos se mueven. La derecha ataca los costados de Sonia. La izquierda sube hasta la barriga. Luego bajan las dos a las caderas, presionando justo donde el hueso se marca bajo la piel.
Sonia se retuerce. Las caderas se mueven hacia todas partes —arriba, abajo, izquierda, derecha— pero no pueden escapar de la boca de Inés. Las correas crujen. Los barrotes tintinean. La risa de Sonia es histérica, incontrolable, pero debajo de la risa hay algo más. Un temblor. Un aviso.
—Voy… —jadea—. Voy a…
Inés intensifica. Su lengua presiona más. Sus dedos garabatean más rápido.
Y entonces la risa se detiene.
No del todo. Es una risa que se transforma. Se vuelve más lenta, más profunda, más gutural. Un gemido largo, desgarrado, que parece no acabar nunca. La boca de Sonia se abre. Los ojos se le cierran. El gemido se convierte en un grito silencioso, sin aire, sin sonido.
Y luego la explosión.
El cuerpo de Sonia se sacude. Una vez. Dos. Tres. Las caderas se levantan y se hunden. Los muslos tiemblan. El vientre se contrae. El rostro de Inés queda empapado —caliente, húmedo, salado— pero no se aparta. Sigue ahí. Acompaña cada espasmo con un movimiento suave de su lengua.
Sonia se desploma.
Cae sobre la cama como un animal abatido. Los brazos, aún atados, caen a los lados. Las piernas se abren y se cierran en un gesto residual. La respiración le sale en jadeos cortos, irregulares. Los ojos cerrados. Los labios entreabiertos.
Inés se incorpora. Mira el rostro de Sonia. La rubia tiene una sonrisa tonta, bobalicona, extasiada. Como si hubiera viajado a algún lugar del que no quisiera volver.
Inés se inclina. La besa en los labios. El beso es suave, casi tierno. Sonia responde con pereza, como quien despierta de un sueño profundo.
—Tía —susurra Sonia—. Qué barbaridad.
Inés sonríe. Se queda tumbada sobre ella, sintiendo su calor, su respiración. La piel de Sonia es suave bajo la suya. El pecho sube y baja.
Pasan unos segundos. Quizá un minuto. Sonia respira. Inés espera.
Luego, Inés apoya la barbilla en el pecho de Sonia y la mira a los ojos.
—Te recuerdo —dice, con una sonrisa pícara— que tú no tuviste piedad conmigo.
Los ojos azules de Sonia se abren de par en par. La sonrisa se le congela en la cara.
—Inés, no…
Inés no la escucha.
Sus manos bajan a las costillas de Sonia. Justo bajo las axilas. Las yemas de sus dedos comienzan a moverse. Círculos rápidos, pequeños, implacables.
El chillido de Sonia es agudo, animal.
—¡AAAAAAH! ¡NO!
—Sí —dice Inés—. Ahora sí.
Sus dedos no se detienen. Sonia se retuerce debajo de ella. Las caderas se mueven, buscando un ángulo que alivie la presión. Inés aprovecha el balanceo. Siente cómo la cadera de Sonia empuja contra su propio pubis, cómo el movimiento se vuelve rítmico, casi mecánico.
Se frota contra ella.
No lo planea. Es instinto. Es necesidad. Sus caderas se mueven al ritmo de las carcajadas de Sonia. Cada vez que la rubia ríe, Inés aprieta. Cada vez que la rubia tira de las correas, Inés empuja.
Las costillas de Sonia son un infierno. Sus dedos no dejan de atacarlas. Arriba, abajo, círculos, curvas. Una y otra vez.
Sonia ríe. Grita. Tira de las ataduras. Su cabeza se mueve de un lado a otro sobre la almohada.
—¡Inés, por favor! —jadea—. ¡Ya no puedo más!
—Yo tampoco —dice Inés, y es verdad.
El calor en su vientre crece. El movimiento de sus caderas se vuelve más rápido, más desesperado. La risa de Sonia es el ritmo. Las cosquillas son la melodía.
El orgasmo le llega como una ola. No es explosivo. Es un ascenso lento, interminable, que la recorre entera desde los pies hasta la nuca. Los dedos se le agarrotan. La respiración se le corta. La risa de Sonia —esa risa histérica, rota, hermosa— es lo último que oye antes de que todo se vuelva blanco.
Se desploma sobre el cuerpo de Sonia. Jadea. Tiembla.
Sonia, debajo de ella, sigue riendo. Pero su risa ahora es más suave, más cansada. Casi una caricia.
—Joder —susurra Sonia—. Qué pareja estamos hechas.
Inés entierra la cara en su cuello. Huele a sudor, a sexo, a manzanilla.
—No me arrepiento de nada —dice.
Sonia ríe. La cama tiembla.
—No me desates todavía. Quédate así un rato más.
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