HERMANAS - Episodio 3: Luz de luna (Paula Romero/Luna Lux)


El sol entra por los ventanales del ático en la zona residencial de La Alameda. Paula Romero se mira en el espejo del salón —un espejo de cuerpo entero con marco de luces LED que ella misma eligió— y se ajusta el sujetador deportivo rosa. El uniforme de hoy: mallas blancas, camiseta negra. 

—¿Estamos grabando? —pregunta sin girarse.

—En treinta segundos —responde Elena, su mánager, desde detrás del trípode—. El autofoco ya está listo. Hoy vas a aprovechar el filón, hubo un repunte de interacciones después de lo de ayer.

Lo de ayer fue un directo de dos horas desmontando el último vídeo que había circulado sobre Hermanas. Un vídeo borroso, grabado con un móvil desde algún ángulo imposible, donde se veía a un grupo de mujeres encapuchadas pintando un grafiti: HERMANAS. NO ESTÁIS SOLAS. Paula lo había diseccionado con su mejor tono entre ingenuo y despectivo: "Mira, nena, qué bonito pintan, parece que se lo han pasado bien. Lástima que no tengan nada mejor que hacer. ¿No tenéis un trabajo, chicas? ¿Un marido? ¿Una vida?"

Los comentarios la adoraron. "@lunalux destruye a las antisistema." "Que se vayan otra vez a la cárcel." "Eres mi heroína." "Putas pervertidas". "Rojas de mierda".

Paula esboza su sonrisa de salida. La de los directos. La de las campañas. La que vale dos millones de seguidores y contratos con marcas de ropa, cosmética y, desde hace seis meses, una línea de bebidas energéticas con el sello de Amanecer Nacional.

—Tres, dos, uno —dice Elena.

Las luces se encienden. Paula se gira hacia la cámara. La sonrisa se activa sola, como un reflejo condicionado.

—¡Hola, bellezas! ¿Qué tal estáis?

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Dos horas después, Paula está en el salón principal de la sede central de Amanecer Nacional. La sala es blanca, minimalista, con una gran pantalla táctil en la pared y un equipo de sonido.

—La campaña se llama "Desenmascarando Hermanas" —dice Javier Roldán, el director de comunicación del partido, un hombre de unos cincuenta años con gafas de pasta y una sonrisa que nunca llega a los ojos—. Serán cinco piezas de diez minutos cada una. Tú presentas, contextualizas, y luego damos paso a los testimonios.

—¿Testimonios? —pregunta Paula, hojeando el guion que le han dado.

—Exmiembros. Mujeres que estuvieron dentro y salieron. Nos contarán cómo las reclutaban, cómo las manipulaban, las cosas raras que pasaban en sus reuniones.

Paula arruga la nariz. "Cosas raras". Lleva meses oyendo rumores sobre lo que pasa dentro de Hermanas. Rituales. Ataduras. Cosquillas. Todo le parece ridículo y turbio a partes iguales. Pero el público se come ese tipo de contenido con patatas.

—¿Y yo qué tengo que hacer exactamente?

—Ser tú —dice Javier, y su sonrisa se ensancha—. Ser Luna Lux. La gente te quiere, te escuchan, te creen. Eres el rostro amable de la verdad.

Paula asiente. Es lo que lleva haciendo desde que firmó el contrato de colaboración con el partido. Primero fueron apariciones puntuales, luego menciones en directos, luego la línea de bebidas energéticas. Ahora esto: una campaña oficial contra Hermanas. 

—¿Cuándo y dónde?

Javier abre una carpeta sobre la mesa y desliza una hoja de papel hacia ella.

—El miércoles. Una nave industrial en las afueras, en un polígono abandonado cerca de la antigua carretera de Alicante. La testigo vive allí temporalmente, no quiere arriesgarse a salir. Tiene miedo de que Hermanas la encuentre.

—¿Miedo?

—Le ofrecieron protección a cambio de su silencio, pero ella se negó. Quiere hablar. Quiere contar la verdad.

Paula lee el papel. Solo una dirección y una hora. Nada de nombres.

—¿Quién es?

—Una exintegrante. Nos contactó hace un mes. Es una de las pocas dispuestas a dar la cara.

—¿Va a mostrar su cara? —Paula levanta una ceja.

—Bueno, a ver, difuminada, por seguridad. Pero el testimonio será real. La gente lo notará.

Paula guarda el papel en su bolso.

—Iré.

—No irás sola, claro —dice Javier—. Elena te acompañará. Y un cámara de confianza. Sin técnicos externos. Esto es delicado.

—¿Nadie más?

—Nadie más. Cuanta menos gente sepa dónde está ella, mejor.

Paula asiente. Se levanta. Antes de salir, se detiene en la puerta.

—Javier.

—Dime.

—¿De verdad fue parte de Hermanas? ¿O todo es… montaje?

El silencio dura un segundo demasiado largo.

—No te preocupes por eso —dice Javier—. Tú limítate a leer lo que te damos.

Paula asiente. Sale. En el ascensor, se mira en el espejo. La chica rubia de ojos color miel que la devuelve la mirada tiene una expresión que no sabe descifrar.

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El resto de los días previos es una sucesión de pequeñas obligaciones: una reunión con los de marketing de la bebida energética, una sesión de fotos para una nueva colección de ropa deportiva, una llamada con su madre —"¿Has comido, hija?"; "Sí, mamá"; "Mientes"; "Un poco"— y dos horas diarias de grabación de contenido patrocinado en su propio salón.

El miércoles amanece gris. Paula se viste con cuidado: top rosa, vaqueros negros, botas, chaqueta de cuero. Quiere parecer seria pero no impostada. 

Elena la recoge a las ocho en punto. Conduce ella misma, un utilitario gris de alquiler. En el asiento trasero, David, el cámara, un chico de veintipocos años con barba de tres días y una fidelidad inquebrantable a la causa.

—¿Todo listo? —pregunta Elena.

—Todo listo —miente Paula.

Salen de la ciudad. Los bloques de pisos dan paso a naves industriales. Los carteles de Amanecer Nacional flanquean la carretera como centinelas. El cielo no mejora. Una fina llovizna empieza a empañar el parabrisas.

—La dirección está en el polígono de la antigua carretera de Alicante —dice Elena, mirando el GPS—. Llegamos en diez minutos.

—¿Y esta testigo? —pregunta David desde atrás—. ¿Habéis visto su cara?

—Nadie la ha visto —responde Elena—. Javier dice que es de fiar.

Paula no dice nada. Mira por la ventanilla. El paisaje se vuelve más desolado a cada kilómetro. Naves cerradas con cadenas. Vallas publicitarias rotas. Algún contenedor volcado.

¿Por qué aquí? piensa. Luego decide que no le importa.

Elena aparca el coche frente a una nave industrial de fachada oxidada. Parece abandonada. Pero una puerta lateral está entreabierta, y dentro se ve luz.

—¿Bajamos? —pregunta David.

—Bajamos —dice Elena.

Las tres se bajan del coche. El aire huele a gasoil y a hierba seca. Paula nota un escalofrío.

Atraviesan la puerta lateral.

El interior de la nave es más grande de lo que parecía desde fuera. Una única estancia diáfana, con ventanales altos por los que se cuela la luz gris del día. En el centro, una mesa plegable. Varias sillas. Y una mujer.

Es morena. Cincuenta y tantos. Mirada seria. Viste de negro, sencillo, sin adornos. Parece cansada. O asustada. O las dos cosas.

—¿Paula Romero? —pregunta.

—Sí. ¿Tú eres…?

—La que buscas —dice la mujer, sin dar su nombre—. Me llamarás Marta.

Paula se acerca. Elena y David se quedan atrás, preparando el equipo.

—Gracias por acceder a hablar con nosotras —dice Paula, activando su sonrisa profesional—. Esto es muy importante. La gente necesita saber la verdad sobre Hermanas.

Marta asiente. Pero no sonríe.

—La verdad —repite, como si probara las palabras—. Sí. Eso es lo que voy a contar.

Paula espera. Pero Marta no dice nada más. Solo mira hacia la puerta trasera de la nave.

Y entonces la puerta se abre.

Dos mujeres. Encapuchadas. Negras de pies a cabeza. No se les ve el rostro. Solo los ojos.

Y en las manos, algo que brilla.

David da un paso atrás.

—¿Qué es esto? —pregunta.

Una de las encapuchadas levanta la mano. Tiene una pistola. David levanta las manos al instante.

—Que nadie se mueva, me cago en Dios —dice la encapuchada. Voz femenina. Joven. Firme.

Elena suelta el trípode. El equipo cae al suelo con un golpe seco.

Paula siente que el mundo se ralentiza. La sangre se le va de la cara. Intenta hablar, pero la voz no le sale.

Marta —la supuesta testigo— se aparta. Se coloca al lado de las encapuchadas.

—Lo siento, bonita —dice, y no parece ni cansada ni asustada—. Ha sido la única forma de llegar hasta ti.

—¿Tú… tú no eres una exintegrante? —atina a decir Paula.

"Marta" sonríe. Por primera vez.

—No eres tan tonta como pareces en los vídeos de Instagram.

La encapuchada de la pistola se acerca a David. Le quita la mochila. Le hace señas para que se siente en el suelo junto a Elena.

—No queremos haceros daño —dice—. Quedaos quietos y en seguida estaréis libres.

—¿Y ella? —pregunta Elena, señalando a Paula.

La encapuchada mira a Paula. Sus ojos —marrones, grandes, intensos— la atraviesan.

—Ella se viene con nosotras.

Paula quiere correr. Quiere gritar. Quiere despertar. Pero las piernas no le responden. Una de las encapuchadas —la más alta— la agarra del brazo con una fuerza inesperada.

—Tranquila —le susurra al oído—. No te va a pasar nada malo. Pero necesitas ver algo.

—¿Ver qué? —consigue preguntar Paula.

La encapuchada no responde. Solo la guía hacia la puerta trasera, donde otro vehículo las espera.

David y Elena se quedan sentados en el suelo, custodiados por Marta y la otra encapuchada. La que tenía la pistola ahora la guarda. Paula alcanza a ver que sonríe detrás del pasamontañas.

No sonríe con maldad. Sonríe con algo que Paula no sabe reconocer.

Alivio, quizá. O esperanza.

La meten en una furgoneta blanca. Las puertas se cierran. El motor arranca.

Paula cierra los ojos. Cuando los abre, ya no sabe dónde está.

La capucha huele a tela nueva. Paula respira por la boca, porque por la nariz el aire llega con cuentagotas y eso le da claustrofobia. Las manos atadas por delante—bridas, lo nota por el roce plástico— le impiden apoyarse en nada. El balanceo de la furgoneta la empuja a un lado y a otro. El suelo es frío. Metálico.

No sabe cuánto tiempo llevan. Cinco minutos. Una hora. El tiempo para ella ha desaparecido.

—¿Adónde me lleváis? —pregunta.

Su voz suena más firme de lo que se siente. 

Silencio. Luego una voz femenina, la que le susurró al oído en la nave: "Tranquila".

—Vas a verlo cuando lleguemos.

—No he preguntado cuándo. He preguntado adónde.

Otra voz. Más joven. Casi adolescente.

—No te preocupes por eso.

—No estoy preocupada —miente Paula—. Solo quiero saber qué coño está pasando.

—Eso también lo sabrás cuando lleguemos —dice una tercera voz. La de la supuesta Marta. La falsa testigo.

Paula aprieta la mandíbula. Las conoce por las voces ahora. La primera, la alta, tiene un tono grave, pausado, como si hablara desde la tranquilidad de quien ya ha ganado. La segunda, la joven, suena más insegura, como si estuviera interpretando un papel que aún no domina. La tercera, Marta, tiene la voz más neutra. La más difícil de recordar.

—¿Vais a matarme? —pregunta Paula.

El silencio se alarga. La furgoneta toma una curva y Paula se desliza hacia la izquierda, chocando contra algo blando. Un asiento. O una pierna.

—No vamos a matarte —dice la voz grave—. Ya te lo dijimos.

—La gente dice muchas cosas.

—Nosotras no.

—¿Por qué debería creeros?

Porque si quisiéramos matarte —dice la voz joven, y hay un deje de impaciencia en ella— ya estarías muerta.

La falsa Marta la interrumpe, suave:

—Déjala. Está nerviosa. Es normal.

—No estoy nerviosa —repite Paula, y esta vez suena menos convincente.

La furgoneta frena. Un semáforo. O un stop. Paula intenta orientarse por los ruidos: lejanos, pocos. Han salido de la ciudad. O eso cree.

—¿Cuánto falta? —pregunta.

—Poco —dice la voz grave.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que vas a tener.

Paula respira hondo. Nota cómo las bridas le rozan las muñecas. La capucha le pica en la nariz. No puede permitirse perder el control. Si pierde el control, está perdida.

—Conozco a gente importante —dice—. Si desaparezco, os buscarán.

—Lo sabemos.

—Saben que he venido aquí. Saben que iba a ver a una testigo.

—También lo sabemos.

—Y no les va a gustar que no vuelva.

La voz grave se acerca. Paula siente su aliento cerca de la capucha.

—Escucha, Luna —dice, y el uso de su nombre comercial es casi un insulto—. Sabemos todo de ti. Dónde vives, a quién conoces, qué piensas antes de dormir. Si hubiéramos querido hacerte daño, no te habríamos citado en una nave con una falsa exintegrante. Te habríamos esperado en tu portal.

El silencio de Paula es su única respuesta.

—Pero no lo hemos hecho —continúa la voz—. Porque no queremos hacerte daño. Queremos que nos escuches. Y para eso necesitas estar viva. Y entera. Y con la cabeza en su sitio.

—Mi cabeza está en su sitio —dice Paula.

—Ya lo veremos.

La furgoneta acelera. Carretera abierta, por el sonido del motor. Paula se concentra en su respiración. Cuatro segundos inhalando. Cuatro exhalando. No funciona del todo, pero le da algo que hacer.

Una de las mujeres —la joven, la impaciente— habla en voz baja con otra. Paula no alcanza a distinguir las palabras. Solo el tono. Hay nervios ahí también. No son tan inquebrantables como aparentan.

Eso le da una pequeña victoria interior.

—¿Al menos me vais a quitar la capucha en algún momento? —pregunta.

—Cuando lleguemos —dice la que fingió ser una exmiembro.

—Y cuando lleguemos, ¿qué?

—Eso —dice la voz grave— depende de ti.

Paula no entiende la respuesta. Pero no pregunta más. 

Apoya la cabeza contra algo —la pared de la furgoneta, quizá, o contra el hombro de la mujer que tiene al lado— y cierra los ojos detrás de la capucha.

La furgoneta se detiene. El motor se apaga. El silencio que sigue es más denso que el ruido, lleno de sonidos pequeños que Paula no había notado antes: el canto lejano de un pájaro, el crujir de las ramas, el viento moviendo algo que podría ser hojas. Tierra y vegetación bajo sus pies cuando la bajan. Huele a pino y a humedad. No están en la ciudad. Ni siquiera en las afueras.

La capucha no le deja ver nada. Solo adivina.

La guían sujetándola por los brazos. No con brusquedad, pero sí con firmeza. Sus pies tropiezan con algo —un escalón, una puerta— y luego el suelo cambia. Ya no es tierra. Es baldosa. Después madera. Después una alfombra.

—Cuidado —dice una voz. La grave. La que parece llevar la iniciativa.

La sientan en algo blando. Una cama. Paula reconoce el colchón bajo sus muslos, el tacto de una colcha de algodón. Las manos atadas todavía, aunque ya no las necesita para sentarse. Alguien se mueve detrás de ella. Siente los dedos en la nuca, desatando el nudo de la capucha.

La tela se desliza hacia arriba. La luz la ciega un instante.

Parpadea.

Hay cuatro mujeres delante de ella.

Todas llevan pasamontañas negros. Solo se les ven los ojos. Dos de ellas las reconoce por las voces: la alta de la voz grave y la joven impaciente. La que hizo de Marta, la falsa testigo no está. Se ha ido con la furgoneta, supone.

Las otras dos son nuevas. Una es más baja, complexión menuda, pelo castaño que asoma por debajo del pasamontañas. La otra es más alta, casi tanto como la primera del grupo. Algo en su postura, en la forma de mantener la cabeza erguida, sugiere una calma que las demás no tienen.

Paula las mira una a una. Su corazón late rápido, pero su cara no lo muestra. Ha aprendido a sonreír en situaciones de presión. Tres millones de seguidores no se consiguen llorando delante de la cámara.

—¿Ya puedo saber quiénes sois? —pregunta, y suena más seca de lo que pretendía.

Nadie responde. La más alta de las nuevas da un paso adelante. Sus ojos son claros. Azules o grises, no lo distingue bien con esta luz. El acento, cuando habla, es inconfundible.

—Siento muchísimo haber tenido que retenerte así —dice—. No te vamos a hacer daño. Te lo prometo.

Paula la mira. Hay algo en esa voz que no encaja con la imagen que ella tenía de las integrantes de Hermanas. Había imaginado fanatismo, odio, resentimiento. Pero esta mujer suena casi… apenada.

—Si no vais a hacerme daño —dice Paula, y siente cómo el miedo se disfraza de cinismo—, ¿por qué lleváis pistolas?

La mujer de los ojos claros se queda callada un momento. Luego se gira hacia una de sus compañeras y hace un gesto con la cabeza.

—Dale tu arma.

La otra duda un instante. Luego asiente. Mete la mano en el bolsillo de su chaqueta y saca una pistola negra. Se acerca a Paula y se la ofrece, culata primero.

Paula la toma. Las manos le tiemblan ligeramente. Levanta el arma, la sopesa. Es más ligera de lo que esperaba. Mucho más ligera.

Mira el cañón. Mira el gatillo. Mira el seguro —un seguro de plástico que se desliza con un clic ridículo— y entonces lo entiende.

Es de juguete.

Un burdo juguete para niños. La réplica de una pistola de las que venden en los bazares, pintada de negro para que parezca real. Paula la gira entre sus dedos, incrédula. El cargador es una pieza maciza de plástico. El cañón no tiene agujero.

Levanta la vista. Las cinco mujeres la miran. La de los ojos claros —la del acento— es la primera en romper el silencio.

Ríe.

No es una risa burlona. Es una risa cálida, casi aliviada. Una risa que dice "ya lo ves" sin necesidad de palabras.

Las otras la siguen. La joven impaciente suelta una carcajada nerviosa. La alta, una risa más contenida. Incluso la de pelo moreno parece esbozar una sonrisa detrás del pasamontañas.

Paula se queda mirando la pistola de plástico en sus manos.

—¿Todo esto…? —empieza a decir, pero no sabe cómo terminar la frase.

—No necesitamos armas de verdad —dice la mujer de los ojos claros, recuperando la compostura—. No queremos herir a nadie. Solo queremos que nos escuchen.

Paula aprieta la pistola de juguete. Por un momento piensa en lanzársela a la cara. Pero algo la detiene. Algo en la forma en que esas mujeres la miran —sin odio, sin miedo, sin la crueldad que ella esperaba— la desarma más que cualquier amenaza.

—¿Escuchar qué? —pregunta al final.

La mujer de los ojos claros se quita el pasamontañas.

El pelo castaño cae sobre sus hombros. La piel pálida. Los ojos claros, ahora sí, azules como el hielo. La mirada fija.

—La verdad —dice Lidija—. La verdad sobre quiénes somos.

Las dos encapuchadas —la alta y la joven impaciente— se acercan a la cama. No con prisa, pero tampoco con vacilación. Una a cada lado. Paula las mira, sin saber qué esperar, y siente cómo el colchón se hunde bajo el peso de ambas.

—Túmbate —dice la alta. No es una orden. Es una instrucción. Como si le pidiera que se sentara en una silla.

Paula duda. Un segundo. Dos. Pero algo en el tono de esa mujer —algo que no es amenaza, sino una extraña certeza— la hace obedecer. Se deja caer hacia atrás, despacio. La colcha de algodón roza su nuca. El techo es blanco, con una viga de madera. La luz del medio día lo inunda todo. Parece una habitación normal. Casi acogedora.

Las dos encapuchadas le toman las manos. Las bridas siguen sujetando sus muñecas, pero ahora las estiran hacia arriba, hacia la cabecera de la cama. Paula oye el roce de las correas —¿correas? ¿cuándo han puesto correas?— y luego el chasquido metálico de las hebillas al cerrarse.

—¿Qué hacéis? —pregunta, y suena más desconcertada que asustada.

—No te preocupes —dice la joven, y por primera vez su voz suena menos impaciente. Casi amable.

Cuando Paula vuelve a mirar, sus manos están atadas a los barrotes de la cabecera. Las bridas originales siguen ahí, pero por encima, unas correas de cuero negro sujetan sus muñecas con firmeza pero sin apretar. Los brazos, estirados hacia arriba, quedan juntos. No en cruz. Juntos. Como si estuviera rezando.

No puede moverlas. No puede separarlas.

—¿Esto es…? —empieza a decir, pero no sabe cómo terminar.

Las dos encapuchadas se apartan de la cama. Se miran un instante. Luego, sin una palabra, se dirigen hacia la puerta.

—Nosotras vigilamos fuera —dice la alta.

—Cualquier cosa, gritáis —añade Lidija.

Salen. La puerta se cierra tras ellas con un sonido suave, casi cortés.

Paula se queda mirando el techo. Respira. Sus manos, atadas por encima de la cabeza, empiezan a dormírsele. Mueve los dedos para que vuelva la circulación. El cuero de las correas es suave por dentro, casi mullido. No duele. Eso la inquieta más que si le clavaran púas.

Dos figuras se acercan a la cama. Lidija, que ya se ha quitado el pasamontañas, y la otra encapuchada —la baja, la de pelo castaño— que aún lo mantiene puesto.

Paula las mira. Finge calma. La expresión que ensaya es la misma que pone en los directos cuando un comentario la saca de sus casillas: neutralidad impostada, una pizca de superioridad, la mandíbula ligeramente tensa.

No sabe si le está funcionando.

Lidija se sienta en el borde de la cama. Cerca, pero sin tocarla. La mira con esos ojos claros que parecen leerle algo que Paula no quiere que le lean.

—Vamos a quitarte esto —dice Lidija, señalando sus botas—. ¿Te parece?

No espera respuesta. Sus manos se acercan hasta las botas negras de Paula y comienzan a desabrochar los cordones. Uno a uno. Con paciencia. Como si tuviera todo el tiempo del mundo.

Paula no sabe qué hacer. Su primer instinto es apartar las piernas, negarse, patalear. Pero algo la detiene. Quizá la curiosidad. 

La primera bota cae al suelo con un golpe sordo. Luego la segunda.

Lidija deja los pies de Paula enfundados en los calcetines —son de aguacates, pequeña concesión a su lado más mundano— y sube las manos hacia el botón del vaquero.

—¿Qué haces? —pregunta Paula, y esta vez sí, hay un temblor en su voz.

—Vas a estar más cómoda así —dice Lidija, sin levantar la mirada.

Desabrocha el botón. Baja la cremallera. Paula levanta ligeramente la cadera para ayudar sin querer, por puro reflejo, y se avergüenza de haber colaborado. Lidija tira del vaquero hacia abajo, deslizándolo por sus piernas. Los vaqueros negros se quedan amontonados en los tobillos, y luego los pies de Paula se liberan de ellos, uno detrás de otro.

Se queda en braguitas. Algodón blanco. Sencillas. Nada de lencería cara para la influencer más popular del régimen.

Lidija no hace comentarios. No la mira con morbo ni con desprecio. Solo sigue trabajando, como si desnudar a una mujer atada a una cama fuera lo más normal del mundo.

Los calcetines de aguacate son los últimos en caer. Lidija los desliza con cuidado, tirando desde el borde, sin hacer cosquillas. Los deja junto a las botas, en el suelo.

Los pies de Paula quedan desnudos. Uñas pintadas de rosa claro. Tobillos finos. Empeines altos.

Lidija los mira un instante. Luego levanta la cabeza y sonríe.

—Así está mejor —dice.

Paula no responde. No sabe qué decir.

La otra encapuchada —la baja, la del pelo moreno— sigue ahí, al lado de la cama, en silencio. No ha dicho ni una palabra desde que entraron. Solo observa.

Paula siente el peso de su mirada a través de la tela del pasamontañas.

—¿Quién eres? —le pregunta.

La encapuchada no responde. Solo inclina la cabeza, como si la pregunta fuera prematura.

—Ya lo sabrás —dice Lidija—. Cuando sea el momento.

Paula aprieta los labios. Mira sus manos atadas. Mira sus pies desnudos. Mira el techo blanco con la viga de madera.
Después mira a las dos mujeres que flanquean la cama. Lidija, con su mirada clara y esa calma que empieza a resultarle inquietante. La otra, la encapuchada, que aún no ha pronunciado una palabra pero cuya presencia se siente como un peso en el aire.

—Espera —dice Paula, y su voz suena más aguda de lo que quisiera—. No iréis a...

Se interrumpe. La idea se forma en su cabeza como una burbuja que sube desde el fondo de un pantano. Ha oído los rumores. Los ha repetido en directo, riéndose, despreciándolos. "¿Cosquillas? ¿En serio? ¿Esa es vuestra gran arma secreta?"

Pero ahora, atada a una cama, con los pies desnudos y los brazos estirados por encima de la cabeza, los rumores ya no le parecen tan graciosos.

—No me lo puedo creer —dice, y ríe. Una risa nerviosa, quebrada, que no engaña a nadie—. No será verdad lo de las cosquillas, ¿no?

El silencio que sigue es su respuesta.

Lidija no dice nada. Solo la mira. 

La encapuchada, a su lado, sigue inmóvil. Pero algo en su postura cambia. Los hombros se relajan. Las manos, que colgaban a los lados, se cruzan sobre el pecho. Como si estuviera esperando. 

Paula siente un escalofrío. No es frío. Es la certeza de que ha dado en el blanco.

—No —dice, y ahora su voz es un susurro—. No puede ser. Eso es una leyenda urbana. Una tontería de internet.

—Muchas cosas que parecen tonterías —dice Lidija, al fin— resultan ser verdad cuando las vives en carne propia.

—Pero eso es ridículo. Las cosquillas no son un arma. Son… son…

—¿Son qué? —pregunta Lidija, con una curiosidad genuina.

—Son cosa de niños —termina Paula, pero su voz no suena convincente.

Lidija inclina la cabeza. 

—Los adultos también ríen —dice—. Y la risa, Luna, es una de las cosas más difíciles de controlar cuando alguien sabe cómo provocarla.

Paula traga saliva. Mira sus manos atadas. Mira sus pies desnudos. Mira la encapuchada silenciosa que no aparta los ojos de ella.

—No voy a reírme —dice, desafiante.

Lidija sonríe. La misma sonrisa de antes. Pequeña. Cálida. Y de repente, más peligrosa que cualquier amenaza.

—Sí lo harás —dice.

La encapuchada da un paso adelante. Paula siente cómo el colchón se hunde ligeramente a su lado. Dos pares de ojos la observan. 

—¿Qué hacéis? —pregunta Paula, y su voz tiembla.

—Nada que no hayas imaginado ya —dice Lidija.

Paula cierra los ojos. Cuando los abre, las dos siguen ahí.

—¿Y si no tengo cosquillas?

La pregunta sale de la boca de Paula con un tono que pretende ser desafiante, pero que se le quiebra en la última sílaba. Mira a Lidija con los ojos muy abiertos, como si el solo hecho de afirmarlo pudiera hacerlo realidad.

Lidija no se inmuta. Su sonrisa sigue ahí, pequeña, tranquila, peligrosa.

—Las tienes, Luna Lux —dice, usando el nombre comercial como un anzuelo—. Abril de 2021. Publicaste un reto con tu novio de entonces: ver quién aguantaba más las cosquillas en distintas partes del cuerpo.

El mundo de Paula se detiene un segundo.

—Tuviste que parar el vídeo porque no podías seguir —continúa Lidija, como si leyera de un guion—. Las axilas te mataban. Las costillas te hacían retorcerte. Los pies te dejaron sin aire. Lo sabemos todo, Luna. No solo que tienes muchísimas cosquillas, sino dónde. Es lo que pasa cuando publicas toda tu vida en internet.

Paula se queda pálida. El recuerdo le llega como un puñetazo mal dado. El vídeo. El reto. Las risas. Su exnovio riéndose de ella, diciéndole "pero si eres la persona más cosquillosa que conozco". Ella pidiéndole que parara, pero siguiendo grabando porque el contenido funcionaba. Funcionaba mucho.

—Eso fue hace años —susurra.

—Internet no olvida —dice Lidija—. Nosotras tampoco.

La serbia se acerca un poco más. Su mano derecha se eleva, lenta, y el dorso de su dedo índice roza la axila de Paula. Un roce suave, casi inexistente. Pero suficiente para que la piel de la influencer se erice al instante.

Paula contiene la respiración.

—Te diré lo que va a pasar —dice Lidija, con la misma tranquilidad con la que se explica el tiempo que hará mañana—. Vas a dejar de publicar vídeos sobre nosotras. Vas a decir que te retuvieron unos hombres. Inventa lo que quieras. Hombres, un grupo de antifascistas, un secuestro cualquiera con Hermanas como señuelo. Pero vas a decirle al mundo que Hermanas es el mayor y más ridículo bulo que ha existido. Que no existimos. Que nunca existimos. Que todo lo que has contado se lo inventó el partido para asustar a la gente.

Paula niega con la cabeza. Un movimiento pequeño, casi imperceptible.

—No pienso hacer eso —dice, y suena más firme de lo que realmente se siente.

Lidija la mira. No hay enfado en sus ojos. Solo una especie de lástima.

—Ya veremos.

Su mano se posa sobre la axila de Paula. Los cinco dedos se extienden como las patas de una araña. Y comienzan a moverse.

No es rápido. No es agresivo. Es una caricia. Un caminar lento, pausado, casi hipnótico. Las yemas de los dedos de Lidija recorren la piel suave de la axila con una delicadeza sumamente cruel. De arriba abajo. De un lado a otro. Un vaivén constante, impredecible en su ritmo, pero siempre suave. Siempre lento.

Paula contrae todos sus músculos. Su primer instinto es reír. El segundo, contenerse. Se muerde el labio. Aprieta los ojos. Sujeta la respiración.

Pero la mano de Lidija sigue caminando. Y cada paso de esa araña imaginaria es un pequeño latigazo de electricidad.

La encapuchada observa en silencio. Sin moverse. Solo mirando.

Paula emite un sonido pequeño. No es una risa todavía. Es un aviso. Un gemido contenido que se le escapa por la comisura de los labios.

—Ya —dice Lidija, sin dejar de mover los dedos—. Así empieza.

Paula niega con la cabeza otra vez. Pero sus axilas —sus malditas axilas,— empiezan a temblar bajo los dedos de Lidija.

Cinco dedos como cinco patas, explorando la axila derecha de Paula con una lentitud que convierte cada milímetro de piel en un campo minado. La influencer se muerde el labio con tanta fuerza que casi se hace sangre. Sus manos atadas tiran de las correas.

—Suéltame —dice, y suena más a ruego que a orden.

Lidija no responde. No acelera. Tampoco frena. Solo mantiene ese ritmo hipnótico, las yemas de los dedos deslizándose sobre la piel suave, a veces subiendo hasta el borde de la axila, a veces bajando hacia las costillas. 

Entonces la encapuchada se mueve.

Sin una palabra, extiende su mano izquierda y la posa sobre la axila izquierda de Paula.

Los mismos dedos. El mismo movimiento de araña. El mismo ritmo lento, pausado, cruel.

Un espejo.

Paula siente el ataque en ambos frentes al mismo tiempo y su cuerpo reacciona antes que su mente. Las axilas son su punto débil. 

La risa se le escapa.

Es un pequeño globo que se le hincha en la garganta y sale sin permiso. Una carcajada corta, casi tosida, que la traiciona.

—¡No! —grita, pero la risa sigue—. ¡Parad!

Las dos manos siguen moviéndose, sincronizadas ahora. Arriba y abajo. Lidija en la derecha. La encapuchada en la izquierda. Un dúo perfecto que no necesita ensayo.

Paula tira de las correas. Los barrotes de la cama crujen. Sus muñecas tiran hacia abajo, hacia los lados, hacia arriba otra vez, buscando un ángulo que alivie la presión. No lo hay.

—¡Que me soltéis, locas! —grita, y ahora sí, la risa se entremezcla con las palabras, rompiéndolas, convirtiéndolas en algo que no parece una orden—. ¡Joder, que me soltéis!

Las correas no se mueven. Las manos tampoco.

Paula echa la cabeza hacia atrás. La risa se le desboca. Ya no puede controlarla. 

—¡Joder! —grita entre carcajadas—. ¡No puedo con las putas cosquillas! ¡Parad, parad, paraaaad!

—¿Quieres que paremos? —pregunta Lidija, sin dejar de mover los dedos.

La encapuchada no pregunta. Solo sigue. Pero Paula siente que, detrás del pasamontañas, esa mujer también sonríe.

—¡Joder, sí! —admite Paula, y la confesión la hace reír más fuerte—. ¡Tengo muchas cosquillas! ¡Vale! 

— ¿Dónde? ¿Ahí? —Lidija presiona un poco más en el centro de la axila derecha.

—¡AAAAAAH! —chilla Paula. Sus pies desnudos se arrastran sobre las sábanas. El vaquero arrugado en los tobillos. La camiseta rosa subida, mostrando el vientre plano que tanto trabajo cuesta mantener.

La encapuchada cambia de técnica. Sus dedos dejan de caminar y empiezan a garabatear, movimientos rápidos e impredecibles que recorren toda la superficie de la axila izquierda sin orden ni concierto.

Paula emite un sonido agudo, casi un chirrido.

—¡Noooooo! —grita—. ¡Eso no! ¡No hagas eso, por favor!

Se retuerce sobre la cama. La colcha se arruga bajo su espalda. La camiseta se le sube hasta las costillas. 

—¡Vais a hacer que me haga pis encima! —grita, y no sabe si es verdad o no, pero la risa se lo impide pensar.

Lidija suelta una carcajada baja. La encapuchada también. Ríen mientras le hacen cosquillas. Ríen porque Paula se retuerce, porque tira de las correas, porque suelta insultos y súplicas a partes iguales.

—¡Os voy a denunciar, terroristas de mierda! —grita Paula, y la amenaza suena ridícula envuelta en carcajadas—. ¡Vais a ir a la cárcel! ¡Todas!

—Yo ya  he estado —dice Lidija con calma—. No me asusta.

La encapuchada intensifica. Ahora usa las dos manos en la axila izquierda. Cinco dedos de una, cinco de la otra. Un ataque total.

Paula ya no puede hablar. Solo reír. Una risa histérica, descontrolada, que le quema la garganta y le nubla la vista.

Tira de las correas. Los barrotes tiemblan. La cama entera tiembla.

Las manos de Lidija e Inés abandonan las axilas al mismo tiempo, como si siguieran un compás invisible. Paula aprovecha el segundo de tregua para respirar, pero el alivio dura menos de lo que tarda en parpadear. Las cuatro manos descienden hasta el torso.

El vientre de Paula es plano, firme, la piel ligeramente bronceada. Las manos se posan sobre él como dos medusas, extendiendo sus tentáculos hacia los costados. Lidija toma el lado derecho. Inés el izquierdo. Ambas comienzan el ataque al mismo tiempo.

—¡NOOOOOO! —grita Paula antes de que la risa se la lleve por delante.

Las dos mujeres se mueven al unísono, como si fueran una sola entidad con cuatro brazos. Suben hasta las costillas, bajan hasta la cintura, suben otra vez. Un viaje constante que no le da tregua.

Paula se retuerce sobre la cama como una anguila. Sus pies desnudos patalean sobre las sábanas. La camiseta rosa se le ha subido hasta el pecho, dejando todo el torso al descubierto. 

—¡Parad, por favor, parad! —grita entre carcajadas.

Lidija no para. Inés tampoco.

La serbia habla con la misma calma con la que podría preguntar la hora.

—¿Vas a decir que no existimos y a dejar de hablar de nosotras?

Paula ríe. No puede evitarlo. Las costillas le arden, le cosquillean, le explotan en pequeños fuegos artificiales que se extienden por todo su cuerpo.

—¡JAJAJAJAJAJAJA! —la risa se le atraganta, pero logra articular— ¡Sabéis que todo el mundo... JAJAJAJA... me estará buscando!

Las manos de Inés se deslizan hacia la cintura, esa franja sensible que conecta el torso con las caderas. Sus dedos trazan círculos pequeños, rápidos, implacables. Paula pega un respingo que levanta medio cuerpo de la cama.

—¡Ahí no! —chilla.

—¿Ahí no? —pregunta Lidija, imitando el movimiento en la cintura derecha.

—¡Ahí no! —repite Paula, y la risa se le convierte en un gemido agudo.

Lidija sonríe. Sus dedos no se detienen.

—Tranquila —dice, con esa voz que parece flotar por encima del caos—. Si colaboras, aparecerás muy pronto sana y salva. Aunque quizá con las axilas un poco rojas.

Paula ríe a carcajadas. Sus manos tiran de las correas con más fuerza. El cuero cruje. 

—¡No voy a colaborar! —grita, y la frase suena ridícula cuando no puede dejar de reírse—. ¡Sois unas... JAJAJAJA... unas putas locas!

—Locas, dice —repite Inés. Es la primera vez que habla desde que empezaron. Su voz es joven, seria, inocente. Hay algo en ella que a Paula le resulta familiar. —. Nos han llamado cosas peores.

Las cuatro manos bajan al mismo tiempo hacia la barriga. No es un ataque coordinado. Es una invasión. Los dedos se mueven sin orden, sin patrón, cada uno haciendo algo diferente: unos garabatean, otros presionan, otros deslizan las yemas en espiral.

Paula pierde el control del todo.

Su torso se arquea. Las caderas se levantan de la cama. La cabeza se hunde en la almohada y luego se levanta, como si intentara escapar por arriba. Las piernas se abren y se cierran en un movimiento convulsivo.

—¡No puedo! —grita—. ¡No me toquéis 

Inés baja una mano hasta la cadera. Allí, sus dedos encuentran un punto que hace que Paula emita un sonido nuevo: un gemido largo, profundo, que no es risa ni es súplica.

—¿Y aquí? —pregunta Inés.

—¡JAJAJAJAJAJAJA! —jadea Paula—. ¡NO! ¡AHÍ NO!

Intenta girarse. Imposible. Las correas la mantienen boca arriba, los brazos estirados por encima de la cabeza. Solo puede retorcerse. Solo puede reír. Solo puede gritar.

—¡Que alguien me ayude! —grita hacia el techo, como si sus tres millones de seguidores pudieran oírla.

Pero no hay nadie fuera. Solo las dos mujeres que la vigilan en la puerta. Solo Lidija e Inés, que siguen moviendo los dedos sobre su vientre, sus costados, sus caderas.

Lidija habla otra vez, cerca de su oído:

—Nadie va a ayudarte, Luna. Solo nosotras podemos parar esto. Y solo lo haremos cuando aceptes lo que te pedimos.

Paula cierra los ojos. La risa le sacude el pecho. Los dedos de Inés encuentran un punto especialmente sensible en el costado izquierdo, justo debajo de las costillas, y ella se arquea entera.

—¡Vale! —grita, pero no sabe si es una rendición o solo otra palabra suelta en medio del caos—. ¡Vale, vale, vale!

—¿Vale qué? —pregunta Lidija.

—¡No lo sé! —admite Paula, y la risa la ahoga.

Lidija e Inés se miran por encima del cuerpo retorcido de la influencer. Algo se comunican en esa mirada. Algo que Paula no alcanza a ver.

Siguen con las cosquillas.

La barriga. Los costados. Las caderas. Un viaje que se repite una y otra vez, cambiando de ritmo, cambiando de presión, cambiando de técnica. Nunca igual. Siempre implacable.

Paula ya no intenta controlar nada. Su risa es un río desbocado que arrastra sus palabras.

Las cuatro manos abandonan el torso al mismo tiempo. 

Lidija e Inés se desplazan hacia el pie de la cama. Sin una palabra. Sin coordinarse. Como si llevaran años haciéndolo.

Los pies de Paula están desnudos sobre las sábanas blancas. Perfectos. Cuidados. Uñas pintadas de rosa claro, la cutícula recién hecha, la piel suave del empeine sin una sola imperfección. Los pies de una mujer que nunca ha tenido que trabajar en una fábrica.

Lidija toma el pie derecho. Inés el izquierdo. Ambas lo hacen con la misma suavidad con la que se sostiene algo frágil.

—No —dice Paula, y ya está riendo antes de que la toquen—. No, los pies, no.

Las manos se posan sobre las plantas al mismo tiempo.

Dos manos en cada pie. Dedo corazón e índice en los arcos. Pulgares en los talones. Anulares y meñiques explorando los laterales. Es un ataque múltiple, coordinado, implacable.

La reacción de Paula es inmediata.

—¡NO! —grita, y la risa se le atraganta—. ¡NO, NO, NO!

Sus pies intentan escapar. Se sacuden, se arquean. Pero las manos de Lidija e Inés los siguen. No hay escape. No hay ángulo que las esquive. Cada vez que Paula retira un pie un centímetro, las manos se desplazan con él.

Los arcos. Las almohadillas. Los espacios entre los dedos. Los laterales. El talón. Inés explora el izquierdo como si estuviera aprendiéndoselo de memoria. Lidija hace lo mismo con el derecho. No compiten. Se complementan.

Paula tira de las correas con todas sus fuerzas. Sus brazos, estirados por encima de la cabeza, tiemblan. Los barrotes de la cabecera crujen. La cama entera se mueve.

—¡PARAD! —chilla, y su voz se vuelve aguda, casi inhumana—. ¡PARAD, POR FAVOR!

Inés desliza las uñas por el lateral del pie izquierdo, esa franja fina que va desde el talón hasta el dedo pequeño. Paula emite un berrido que parece de un animal pequeño.

Lidija, en el otro pie, prueba la misma técnica. Lateral derecho. Desde el talón hasta el dedo pequeño. La uña, suave pero firme.

Paula se arquea entera. La espalda se levanta de la cama. La cabeza se hunde en la almohada y luego se levanta. Las piernas se abren y se cierran en un movimiento convulsivo.

—¡NO PUEDO! —grita—. ¡NO PUEDO CON LOS PIES!

—Claro que puedes —dice Lidija con esa calma que empieza a ser una tortura en sí misma—. Llevas un rato pudiendo.

—¡ES QUE AHÍ ME MATA! —admite Paula, y la confesión la hace reír más fuerte—. ¡TENGO MUCHAS COSQUILLAS EN LOS PIES!

Después de esto, Paula pierde la capacidad de formar palabras. Solo salen sonidos: risas, gemidos, jadeos, pequeñas súplicas que no llegan a ser frases completas.

—Por fa—por fa—por fa—porfa—porfavor—PARA—PORFAVOR—

Lidija e Inés se miran por encima de los pies retorcidos de la influencer. Es una mirada breve, casi imperceptible. Pero hay algo en ella. Una certeza.

Saben que no tardará.

Las manos intensifican. Ahora no solo son las plantas. Son los empeines, los tobillos. 

Paula tira de las ataduras como un animal atrapado en una trampa. Con rabia. Con desesperación. Sus muñecas se frotan contra el cuero, pero no duele. No puede dolerle nada mientras todo su cuerpo arde de cosquillas.

—¡ME RINDO! —grita de repente, y la frase la sorprende a ella misma—. ¡ME RINDO, ME RINDO, ME RINDO!

Lidija levanta la cabeza. La mira. Sus dedos no se detienen.

—¿De verdad?

—¡SÍ! —jadea Paula—. ¡SÍ, SÍ, SÍ, LO QUE SEA!

—¿Vas a decir que no existimos?

—¡SÍ!

—¿Vas a dejar de hablar de nosotras?

—¡SÍ, COÑO, SÍ! —grita Paula, y la risa se la lleva otra vez—. ¡LO QUE ME PIDÁIS!

Lidija e Inés se miran otra vez. Una sonrisa pequeña, cómplice, se dibuja en los labios de la serbia.

—Baja las manos —dice Lidija.

Los dedos se detienen.

El silencio es tan abrupto como un corte.

Paula se queda en la cama, jadeando, con los brazos aún estirados hacia arriba, los pies aún temblorosos, el pecho subiendo y bajando como un fuelle. 

Lidija la mira con esos ojos claros que ya no parecen tan fríos.

—Lo has hecho bien —dice.

Paula no responde. No puede. Siente la boca seca, los labios hinchados de morderse, las axilas ardiendo, los pies hormigueando. Siente todo su cuerpo como un territorio recién conquistado.

Las dos mujeres están al pie de la cama. Lidija, con su melena castaña y sus ojos de hielo. Inés, aún encapuchada, aún en silencio.

—Ahora —dice Lidija— vamos a hablar.

Paula cierra los ojos.

Asiente.

No tiene fuerzas para nada más.

—¿Qué tal estás?— pregunta Lidija.

Su voz es suave. Pero Paula no responde. Tiene la mirada perdida en el techo.

Inés rompe el silencio.

—Le traeré un vaso de agua.

Se aparta de la cama. Sus pasos se alejan, luego regresan. Paula oye el sonido del grifo, el chorro de agua contra el cristal. Cuando vuelve a mirar, la encapuchada está junto a la cama con un vaso en la mano.

—Incorpórate como puedas —dice Inés.

Paula obedece. Tira de las correas para ayudarse a subir un poco la espalda, aunque los brazos siguen atados por encima de la cabeza. La posición es incómoda, pero logra llevarse el vaso a los labios con las manos juntas. Bebe. El agua está fresca. Le recorre la garganta como una caricia fría. Bebe hasta vaciar el vaso.

—Gracias —murmura.

Inés asiente. Deja el vaso vacío en la mesilla. Luego se agacha y empieza a desatar los pies de Paula. Las correas de cuero se abren una a una. 

Paula mira a Lidija.

—¿Y ahora qué? —pregunta. Su voz suena gastada.

Lidija se sienta en el borde de la cama, a una distancia prudente. No la toca.

—Ahora te dejaremos ir. Con los ojos vendados. Te llevaremos a un punto desde el que no puedas localizar la ubicación. Desde allí podrás volver a casa.

Paula exhala. Un suspiro largo, profundo, que parece arrastrarse todo el peso de la noche.

—Pero antes —dice Lidija, y su tono cambia ligeramente—, ¿qué vas a hacer cuando te encuentren?

Paula se queda callada un momento. 

—Diré que me secuestraron unos hombres —dice al final—. Anarquistas. Que intentaron sacarme información y que les dije lo poco que sabía.

Lidija asiente, sin prisa.

—Sigue.

—Le diré a Javier, el director de comunicación del partido, que lo de Hermanas era un señuelo. Que me tendieron una trampa haciéndose pasar por una exintegrante. Que no caigamos en su juego.

—¿Y qué más?

Paula levanta la mirada. Sus ojos color miel se encuentran con los ojos claros de Lidija.

—Le diré que no veo acertada la idea de seguir con esa campaña. Que no es creíble. Que la gente no se va a tomar en serio esa historia.

Lidija sonríe. Una sonrisa pequeña, satisfecha.

—Muy bien.

Paula asiente. Por un momento, el silencio es casi cómodo. Casi normal.

—También —añade Paula, como si recordara algo— les diré que nos debemos centrar en otra historia y emplear todos nuestros recursos en ella. Estamos preparando una campaña de vídeos desmontando a Inés Valero, la cantautora.

Inés deja de desatar.

Las manos que estaban ocupadas con la última correa del tobillo derecho se quedan inmóviles. El cuero suelto cuelga de la hebilla.

—¿Desmontarla en qué sentido? —pregunta Inés.

Su voz es diferente ahora. Ya no es la voz paciente de la encapuchada que hacía cosquillas en los pies de Paula con precisión de relojera. Es otra voz. Más tensa. Más fría.

Lidija se pone alerta. Paula no lo nota. Sigue hablando, confiada, creyendo que ha recuperado el control porque ha dado las respuestas correctas.

—Trapos sucios —dice, y casi parece orgullosa—. Chanchullos de su familia. Su padre, por ejemplo, era comunista y un pieza de mucho cuidado. Vamos a destrozar su imagen pública. En el fondo me da pena, porque tiene una voz increíble, lo malo es que se mete demasiado en política 

El silencio que sigue es de otra naturaleza.

Paula siente que algo ha cambiado, pero no sabe qué. Mira a Lidija. La serbia está rígida. Mira a la encapuchada. La encapuchada no se mueve.

—¿Pasa algo? —pregunta Paula.

La encapuchada se lleva las manos a la cabeza. Tira del pasamontañas hacia arriba, despacio, como si desnudarse fuera un acto ceremonial.

El pelo castaño y ondulado cae sobre los hombros. Los ojos marrones quedan al descubierto. Los labios apretados. Las mejillas pálidas.

Inés Valero está frente a ella.

—Mi padre —dice Inés, y su voz tiembla, pero no de miedo— era una buena persona. ¿Me oyes?

Paula se queda pálida. El color se le drena de la cara como si alguien hubiera abierto un grifo en la base de su cuello.

—Tú… —susurra.

—Mi padre —repite Inés, y ahora su voz es un cuchillo— era una buena persona. Un hombre honrado. Que trabajó toda su vida para darme lo que necesitaba. Que me enseñó a cantar. Que me enseñó a no callarme. Que se murió en un puto hospital sin saber que su hija iba a tener que esconderse por decir la verdad.

Paula abre la boca. No sale ningún sonido.

Inés da un paso hacia la cama. Sus manos tiemblan.

—¿Pieza de mucho cuidado? ¿Comunista? ¿Eso es lo que vais a decir de él? ¿De un muerto que no puede defenderse?

Lidija se levanta del borde de la cama. Pone una mano en el hombro de Inés. Firme. Tranquilizadora.

—Inés —dice, y su acento serbio hace que el nombre suene diferente—. Tranquila.

Inés respira hondo. No aparta la mirada de Paula. Tiene los puños cerrados.

—Mientes sobre él —dice—. Mientes sobre todo.

—Yo no… —empieza Paula, pero la voz se le rompe.

Lidija aprieta suavemente el hombro de Inés.

—Ahora no —dice—. Respira.

Inés cierra los ojos. Un segundo. Dos. Cuando los abre, la furia sigue ahí, pero más controlada. Más contenida.

Paula se ha encogido sobre la cama, las manos atadas aún sobre el regazo, los tobillos libres pero sin atreverse a moverse.

—Yo no sabía… —intenta decir.

—Claro que no sabías —la interrumpe Inés, y su voz es hielo—. Nunca sabéis nada. Solo repetís lo que os dan. Como loritas amaestradas. Con vuestras sonrisas bonitas y vuestras mallas de marca y vuestras malditas campañas de desprestigio.

Lidija da un paso adelante. Se coloca entre Inés y la cama. No es un gesto agresivo. Es un gesto de contención.

—Inés —dice otra vez—. Ya está. Lo has dicho. Ahora vamos a terminar esto.

Inés la mira. Durante un instante, parece que va a discutir. Pero luego asiente. Da un paso atrás.

Paula exhala, sin saber que había estado conteniendo la respiración. Todavía está en shock. Ha pasado horas viendo vídeos de Inés en Youtube, entrevistas en podcast, fragmentos de actuaciones grabadas en directo.

—Lo siento —susurra—. No lo sabía.

Nadie le responde.

La habitación se queda en silencio. Un silencio pesado, incómodo, lleno de cosas que no se han dicho y de otras que ya nunca se podrán deshacer.

Lidija se gira hacia Paula. Su mirada es seria, pero ya no hay amenaza en ella. Solo un cansancio antiguo.

—Vas a hacer lo que dijiste —dice—. Vas a decir que fueron hombres. Vas a enterrar la campaña de Hermanas. Y esa otra… la de Inés… la vas a olvidar.

Paula asiente. Rápido. Demasiado rápido.

—Sí —dice—. Sí, lo haré.

—Porque si no —añade Lidija, y su voz se vuelve más fría—, la próxima vez no te dejaremos ir con un simple aviso.

Paula traga saliva. Vuelve a asentir.

Inés sigue al pie de la cama, con los brazos cruzados. No mira a Paula. Mira la pared. Sus labios se mueven, pero no dice nada. O dice algo que solo ella puede oír.

Lidija se acerca a la cabecera y empieza a desatar las manos de Paula. Las correas caen una a una. Las bridas aún sujetan sus muñecas, pero al menos ya no está atada a la cama.

—Ahora te vendaré los ojos —dice Lidija—. El coche te espera fuera. En un par de horas estarás en casa.

Paula asiente. Ya no sabe qué más hacer.

Mientras Lidija busca la venda, Inés se acerca. Se para frente a Paula. La mira desde arriba.

—Mi padre —dice, y su voz es apenas un susurro— se llamaba Antonio. Y era un hombre bueno. Recuérdalo la próxima vez que hables de él delante de una cámara.

Paula no responde.

No puede.

Inés se aparta. 

La venda cubre los ojos de Paula. La oscuridad vuelve.




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