HERMANAS - Episodio 2: Golicanje (Lidija)


La joven cantautora aprieta la botella de agua contra el pecho. El plástico cruje. Siente el frío del líquido a través de la piel, pero no es suficiente para calmar el calor que le sube por la nuca.

—¿Cómo sabías que iba a venir? —pregunta, y su voz suena más pequeña de lo que quisiera—. ¿Cómo sabías que era yo? Contacté desde un número anónimo. No di mi nombre. No di nada.

Lidija la mira con una calma que podría ser tranquilizadora si no fuera tan inquietante.

—Tenemos a alguien en la policía —dice, como quien confiesa un secreto a voces—. Alguien de confianza. De las pocas personas en el cuerpo que no apoyan a Amanecer Nacional.

Inés arruga el ceño. La policía. La misma que la sigue, la que la vigila, la que la ha convertido en un objetivo.

—¿Un topo? —pregunta.

—Una amiga —corrige Lidija—. Una mujer que lleva un tiempo pasándonos información. Nombres. Fechas. Movimientos. También sabe quiénes están siendo investigados.

Inés siente que el suelo se mueve debajo de ella, aunque está sentada en la cama.

—¿Investigada? ¿Yo?

Lidija asiente. No hay dramatismo en su gesto. Solo un hecho.

—Tienes el teléfono intervenido desde hace al menos tres meses. Lo sabemos porque nos lo dijo ella.

El mundo de Inés se estrecha de golpe. El móvil. Esa pequeña caja de cristal y metal que siempre lleva encima. Las llamadas. Los mensajes. Las búsquedas.

—Saben todo de ti, Inés —continúa Lidija, con esa voz serena que hace que cada palabra pese más—. Tus mensajes, tus miedos. Saben lo de Dani. Saben lo de tu fetiche.

El rubor sube por el cuello de Inés. No es vergüenza. Es otra cosa. Es la sensación de haber sido desnudada mucho más allá de la ropa.

—Los mensajes que intercambiaste con tu ex novio después de la ruptura —dice Lidija, enumerando con los dedos como si leyera una lista—. Esa noche que le escribiste llorando y él no respondió. Las búsquedas que has hecho en las últimas semanas.

Inés sabe cuáles son. Las recuerda. Las madrugadas de insomnio, el dedo temblando sobre la pantalla, las palabras escritas a oscuras.

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Lidija sonríe. No es una sonrisa cruel. Es una sonrisa de reconocimiento.

—Esa búsqueda —dice— fue la que llamó nuestra atención.

Inés cierra los ojos. Quiere desaparecer. Quiere que la cama se la trague. Pero no puede. Está aquí, desnuda sobre las sábanas, frente a una mujer que sabe más de ella que su propia madre.

—¿Y por qué? —pregunta sin abrir los ojos—. ¿Por qué os importa lo que busque una cantautora sin trabajo?

—Porque no eres solo una cantautora sin trabajo —dice Lidija—. Eres Inés Valero. La de las canciones que la gente canta en los balcones cuando no hay policía cerca. La de las letras que hablan de jaulas abiertas. La que recibió amenazas y siguió subiendo maquetas.

Inés abre los ojos. Lidija está más cerca ahora. No sabe cuándo se acercó.

—Y además —añade Lidija, bajando la voz— compartes algo con nosotras. Algo que parece pequeño pero no lo es.

—¿El qué?

—Las cosquillas.

El silencio se llena de electricidad.

—La fundadora de todo esto —dice Lidija, y su voz se vuelve casi reverente—. La Gitana. También tiene este gusto. Decía que las cosquillas no entienden de hijas de puta. Y también que se pueden utilizar para doblegar a alguien y para crear un vínculo intransferible, según cómo se apliquen.

Inés traga saliva.

—¿Y por eso…?

—Por eso pensamos que tenías las cualidades. Las que buscamos. Valores, bondad, una voz que la gente escucha… y ese gusto. Ese gusto que compartes con ella.

Lidija se detiene. Deja que las palabras floten en el aire.

—No cualquiera puede ser una Hermana, Inés. Pero tú… tú llamaste nuestra atención. Cuando vimos tus búsquedas, supimos que teníamos que ser nosotras. No cualquier escort. Nosotras.

Inés la mira. La cabeza le da vueltas. Pero en medio del vértigo, algo empieza a aclararse. Una imagen. Un propósito. Un lugar al que pertenecer.

—¿Qué se supone que tengo que hacer ahora? —pregunta.

Lidija inclina la cabeza.

—Por ahora, escuchar. Y luego decidir. Nadie te obliga a nada. Pero queremos que sepas la verdad. Que sepas que existimos. Y que si quieres… hay un sitio para ti.

Inés respira hondo. El aire entra en sus pulmones como si fuera la primera vez.

—Te escucho —dice.

Lidija asiente. Habla despacio.

—Cuando el libro de Elisa se hizo popular, hubo un momento en que parecía que todo iba a cambiar. Que la gente entendía. Que lo que habíamos construido en prisión podía ser algo más grande.

Inés asiente. Recuerda las entrevistas. Las portadas de los periódicos digitales. El revuelo.

—Pero entonces —continúa Lidija— Amanecer Nacional empezó a crecer de verdad. Y su moral ultracatólica no podía permitir que existiera algo así. Mujeres. Presas. Fetichistas. La miembro de una banda de punk antisistema, una ex concejala de derechas reconvertida en algo completamente distinto. Eso era una ofensa para su idea del orden.

—Las atacaron —dice Inés.

—Nos atacaron. Primero en las redes. Luego en los medios. Nos llamaron pervertidas, degeneradas, agitadoras. Dijeron que lo de las cosquillas era una tapadera para cosas peores. Inventaron historias. Nos convirtieron en un chiste para unos, en un peligro para otros.

Lidija se lleva una mano al cuello. Un gesto pequeño, casi inconsciente.

—Alba, Kiara, Elisa y La Gitana… ellas eran las caras visibles. Las que habían salido en las fotos, las que habían dado entrevistas. Cuando el odio empezó a convertirse en amenazas de muerte, tuvieron que desaparecer de la vida pública.

—¿Amenazas de muerte? —pregunta Inés.

—Amenazas de muerte. Y también amenazas del gobierno. Las llegaron a amenazar con meterlas de nuevo en prisión. Pero esta vez no en un centro penitenciario normal. En una de máxima seguridad.

El silencio se llena de la sombra de esas palabras.

—Yo pude seguir moviéndome —dice Lidija—. Nadie conocía mi imagen. En el libro solo aparecía mi nombre, mi historia. Podía trabajar, salir, hacer mi vida. Pero ellas… ellas tuvieron que esconderse.

Inés siente un nudo en la garganta. Piensa en esas mujeres. En lo que debe ser tener que desaparecer para no morir.

—¿Y qué hicieron? —pregunta.

—Al principio, protegernos. Nosotras a ellas, ellas a nosotras. Nos refugiábamos en pisos prestados, en casas de amigas. Pero pronto empezaron a llegar mensajes. De mujeres que nos escribían para decirnos que nos apoyaban, que creían en nosotras, que querían ayudar.

Lidija sonríe. Una sonrisa triste.

—No sabes lo que es eso. Estar escondida, con miedo. Y de repente recibir un mensaje de una desconocida que te dice: "Yo también siento lo mismo. Yo también quiero luchar."

—¿Y qué hicieron con esos mensajes?

—Al principio, nada. Teníamos miedo de que fueran trampas. Pero luego… luego nos dimos cuenta de que muchas de esas mujeres eran sinceras. Algunas eran activistas antifascistas de antes de que Amanecer Nacional llegara al gobierno. Otras eran artistas, periodistas, profesoras. Mujeres normales que un día decidieron que no podían callarse.

Inés se incorpora un poco más. La historia le resuena. Ella también ha recibido mensajes de desconocidas. Apoyo. Cariño. Gente que le dice que sus canciones las ayudan a respirar.

—Fue entonces —continúa Lidija—, casi sin querer, cuando volvimos a tejer una red. Pero esta vez no dentro de una prisión. Fuera. En las calles. En los bares. En los pisos prestados. Mujeres que se encontraban en secreto, que se contaban sus miedos, que se hacían cosquillas para recordarse que aún podían reír.

—¿Y los grupos antifascistas?

—También nos apoyaron. Especialmente las mujeres de esos grupos. Organizaciones como el O.R.A. nos enseñaron cosas que no sabíamos: cómo mover dinero sin dejar rastro, cómo usar señales, cómo comunicarnos sin que nos interceptaran. A cambio, nosotras les ayudamos con lo nuestro.

—¿Las cosquillas?

Lidija asiente. Sus ojos brillan en la penumbra.

—El arte de las cosquillas, Inés. La paciencia. La precisión. Saber dónde tocar para desarmar a alguien sin dejar marca. Eso lo aprendimos en la cárcel, con La Gitana. Y resultó ser… útil.

Inés frunce el ceño.

—¿Cómo de útil?

Lidija la mira fijamente.

—Llegó nuestra primera acción. Y desde entonces, no hemos parado.

El silencio se llena de expectación. Inés siente que está a punto de cruzar una línea. 

—Cuéntame esa primera acción —dice.

Lidija sonríe, pero esta vez no es la sonrisa cálida de la escort ni la mirada seria de la activista. Es otra cosa. Un destello juguetón que le baila en los ojos claros.

—Aún es pronto para hablar de acciones —dice, apartando un mechón de su pelo castaño—. Eso lo verás tú misma, si quieres, cuando estés lista. Pero puedo decirte una cosa.

Inés espera.

—Hermanas está llena de mujeres que quieren ser libres. Mujeres que han perdido trabajos, parejas, casas. Mujeres a las que el régimen ha intentado aplastar. Y todas ellas encontraron un lugar donde reír, donde llorar, donde resistir.

Lidija se inclina un poco hacia adelante.

—Y algunas —añade, bajando la voz—, algunas comparten tu gusto. El mismo que tú creías raro. El mismo que tú chico no entendió. El mismo por el que te avergonzabas.

Inés siente algo romperse dentro de ella. No es tristeza. Es un dique. Una presa que ha aguantado años y que por fin se resquebraja.

—¿De verdad? —susurra, y suena como una niña pequeña.

—De verdad. Hay varias. No todas, pero suficientes como para que sepas que no estás sola. Nunca lo has estado. Solo no lo sabías.

Los ojos de Inés se humedecen. Pero no es vergüenza. Es alivio. Un alivio tan grande que casi duele.

—No estoy sola —repite, probando las palabras.

—No —dice Lidija—. Ya no.

El silencio que sigue es diferente. Más ligero. Como si alguien hubiera abierto una ventana en una habitación cerrada durante años.

Lidija cambia de postura. Se estira un poco, cruza los brazos sobre las rodillas.

—Eso sí —dice, y su tono se vuelve más práctico—, no solo hay que recibir. También hay que saber hacerlas.

Inés parpadea.

—¿Cosquillas?

—Cosquillas. No basta con tener el gusto. Hay que tener la técnica. La paciencia. La precisión. Aprender a leer el cuerpo del otro, a saber cuándo apretar y cuándo aflojar, cuándo hacer reír y cuándo hacer temblar.

Inés se incorpora más. Las sábanas resbalan, pero ya no le importa.

—Yo soy capaz —dice, y suena más segura de lo que se siente.

Lidija la mira con una ceja arqueada. No es incredulidad. Es evaluación.

—Eso —dice— tendrás que demostrarlo.

El desafío flota en el aire. Inés siente cómo se le acelera el pulso. 

—¿Cómo? —pregunta.

Lidija no responde con palabras. En lugar de eso, se tumba despacio sobre la cama. Apoya la cabeza en la almohada que antes ocupaba Inés. Extiende los brazos a los lados, las palmas hacia arriba. Sus piernas largas se estiran sobre las sábanas blancas.

Queda ahí, desnuda, ofrecida.

—Enséñame —dice Lidija, y su voz es un susurro—. Hazme cosquillas. Como creas que se hace. Como te gustaría que te las hicieran a ti.

Inés traga saliva. Las manos le tiemblan. Pero no es el mismo temblor de antes.

Se incorpora sobre las rodillas. Mira el cuerpo de Lidija extendido ante ella: la piel pálida, las costillas que se marcan apenas, el vientre liso, las caderas anchas, los pechos pequeños y firmes.

—¿En serio? —pregunta Inés.

—En serio —dice Lidija, y cierra los ojos—. No tengas miedo. No te voy a juzgar. Solo quiero ver de qué eres capaz.

Inés respira hondo.

Y acerca las manos.

Pero antes de que pueda tocar la piel de Lidija, la serbia abre los ojos y la interrumpe con una pregunta que corta el aire.

—¿No piensas atarme?

Inés se queda paralizada. Las manos a medio camino.

—¿Atarte?

—No me vas a hacer cosquillas en serio si puedo apartarme cuando quiera —dice Lidija, y hay un destello de diversión en su mirada—. No sería justo.

Inés duda. Mira las correas de cuero que siguen sobre la mesilla. Las mismas que hace unos minutos sujetaban sus propias muñecas y tobillos.

—¿Estás segura? —pregunta.

Lidija sonríe. Esa sonrisa que ya empieza a conocer. Cálida pero firme.

—No podemos demostrarnos confianza si no te dejo atarte, Inés. 

La joven respira hondo. Asiente. Se levanta de la cama, coge las correas de cuero una por una. Las pesa en las manos. Se sienten diferentes ahora que ella es quien las sostiene.

Lidija extiende los brazos hacia los barrotes de la cabecera. Sin miedo. Sin vacilación.

Inés ata la primera muñeca. Le tiemblan los dedos, pero logra ajustar la hebilla. Luego la segunda. Siente el pulso de Lidija bajo sus dedos, tranquilo, firme.

Baja a los tobillos. Los pies de Lidija —largos, finos, elegantes— descansan sobre las sábanas como dos esculturas. Los ata con cuidado, dejando la correa justo lo necesario: sujeta pero sin apretar.

Cuando termina, se incorpora. Mira el cuerpo extendido de Lidija sobre la cama. Brazos en cruz. Piernas ligeramente separadas. El cabello castaño derramado sobre la almohada.

—Ya está —dice Inés.

Lidija prueba las correas. Tira suavemente de las muñecas. El cuero resiste. Mueve los tobillos. El mismo sonido metálico que Inés recuerda.

—Bien —dice Lidija. Y entonces fija sus ojos claros en los de Inés—. Vamos, cariño. Hazme decir fresa.

El desafío cae entre ellas como un guante en el suelo de un duelo. Inés siente cómo algo se enciende en su pecho. 

—Vas a decirlo —dice Inés, y suena más segura de lo que esperaba.

—Ya veremos —responde Lidija.

Inés la mira un instante. Recorre con los ojos todo su cuerpo: los brazos abiertos, el torso desnudo, las piernas largas, y al final, los pies.

Elige empezar por ahí.

No sabe por qué. Quizá porque es lo que está más lejos de su rostro. 

Los pies de Lidija son largos y finos. Los dedos rectos, la planta arqueada, el empeine alto. Parecen pies de bailarina o de nadadora. Elegantes. Cuidados.

Inés se coloca al pie de la cama. Se arrodilla sobre el colchón. Mira las plantas desnudas frente a ella. Piel pálida bajo la luz dorada, surcada por líneas finas que dibujan mapas diminutos.

—Empiezo —dice.

Lidija no responde. Solo cierra los ojos.

Inés acerca los dedos. Los índices. Los apoya sobre la planta del pie derecho, justo en el centro del arco.

Y presiona.

Muy suavemente al principio. Solo la yema, rozando la piel. Un círculo pequeño, lento, casi tímido.

El pie de Lidija se tensa. Los dedos se curvan hacia arriba, intentando escapar de algo que aún no ha llegado del todo.

—Eso no es nada —dice Lidija, y su voz suena firme, pero hay algo en ella que ya empieza a vibrar.

Inés sonríe. Añade un segundo dedo. Ahora son índice y corazón, moviéndose en espiral sobre la misma zona. El arco. Ese punto mágico que ella misma conoce bien.

El pie derecho se agita. Intenta retirarse, pero la correa lo sujeta. Solo puede moverse unos centímetros. Solo puede retorcerse, no escapar.

Lidija emite un sonido pequeño. No es una risa todavía. Es un aviso.

—Ahí… —dice.

—¿Ahí qué? —pregunta Inés, sin dejar de mover los dedos.

—Nada, nada.

Inés intensifica. Ahora no son círculos. Son pequeños garabatos, rápidos, cambiantes, que recorren el arco de lado a lado. La uña del índice roza apenas la piel, añadiendo esa sensación eléctrica que a ella tanto la ha desesperado.

Lidija ríe. Es una risa corta, seca, casi tosida. Como si se negara a soltarse del todo.

—Eso es todo lo que sabes hacer? —pregunta, y aunque su voz tiembla, hay un resto de orgullo en ella.

Inés no responde. Pasa al pie izquierdo. Mismo recorrido. Misma intensidad. Pero esta vez añade algo: el pulgar presiona el talón mientras los otros dedos atacan el arco.

Dos frentes al mismo tiempo.

La risa de Lidija se vuelve más líquida. Se escapa en bocanadas que parece querer contener.

—Muy bien —dice entre risas—. Muy bien…

—Aún no he empezado —dice Inés.

Y entonces pasa a los dedos de los pies.

Los toma uno por uno. El dedo gordo, el índice, el corazón. Los rodea con el índice y el pulgar, haciendo cosquillas en los laterales, donde la piel es más fina, donde cada terminación nerviosa está a flor de piel.

Lidija pierde la compostura.

—¡Ah! —grita, y su cuerpo se arquea entero—. ¡Ahí no!

—¿Ahí no? —pregunta Inés, imitando el tono que ella misma escuchó horas antes—. ¿Seguro que ahí no?

Pasa al dedo pequeño. Ese rincón olvidado que resulta ser un campo minado.

Lidija chilla. Ya no es la mujer serena que ataba a Inés con precisión de cirujana. Ahora es alguien que se retuerce contra las correas, que tira de las muñecas, que echa la cabeza hacia atrás y ríe con la boca abierta.

—Los pies… —jadea—. Los pies son…

—¿Los pies son qué? —pregunta Inés, sin dejar de atacar.

—¡Son lo peor! —admite Lidija, y la confesión la hace reír más fuerte.

Inés sonríe. Hay algo en ese poder —en estar al otro lado, en ser ella quien hace reír— que la llena de una forma nueva.

Pasa a los costados.

Deja los pies y sube las manos por las piernas de Lidija. Los dedos recorren las espinillas, las rodillas, los muslos. Y cuando llegan a los costados —esa franja que va desde las caderas hasta las axilas—, Lidija se desmorona por completo.

No es una exageración. Sus piernas se sacuden. El torso se retuerce. La risa se convierte en algo primitivo, incontrolable, que sale de su garganta como un animal atrapado.


—¡No! —grita—. ¡Ahí no, ahí no, ahí no!

Inés intensifica. Sus dedos garabatean los costados sin piedad, subiendo y bajando, cambiando de ritmo cada pocos segundos. La piel de Lidija es caliente, suave, y bajo sus dedos tiembla como un instrumento.

—¿Aquí? —pregunta Inés, presionando justo donde terminan las costillas.

Lidija responde con un grito que es mitad risa, mitad súplica.

—¡Por favor!

—¿Por favor qué?

—¡Se te da bien! —admite Lidija—. ¡Pero soy fuerte!

Inés se detiene un momento. Solo un momento. Lidija aprovecha para respirar, pero su respiración es un jadeo que no termina de calmarse.

—Las piernas —dice Inés, como si hablara sola—. La parte interna de los muslos…

—No —dice Lidija, y hay algo en su voz que no es solo miedo. Es también anticipación.

—Sí —dice Inés.

Baja las manos. Llega a la cara interna del muslo derecho. Allí la piel es más fina, más pálida, más sensible. Inés usa solo las yemas de los dedos. Rozamientos suaves, casi etéreos.

Lidija se desmorona.

No es una metáfora. Su cuerpo parece perder toda estructura. Los abdominales se contraen, las piernas se abren y se cierran, la cabeza se hunde en la almohada. La risa que sale de ella es casi silenciosa. Le falta el aire.

—Ahí —susurra Inés, sin dejar de mover los dedos—. Aquí pierdes el control.

—Lo pierdo —admite Lidija, y las palabras apenas se entienden entre las carcajadas—. Lo pierdo, sigue así.

Inés pasa al muslo izquierdo. Repite el mismo gesto. La misma suavidad. El mismo resultado.

Lidija ya no intenta controlarse. Su orgullo se ha desmoronado, no en pedazos rotos, sino en un río líquido que fluye en forma de risas. Se retuerce contra las correas, tira de las muñecas, arquea la espalda. Los pies se sacuden. Los dedos de los pies se curvan.

—¿Fresa? —pregunta Inés, probando la palabra.

Lidija niega con la cabeza. 

—Pues seguimos —dice Inés. Le gusta.

No solo hacer cosquillas. No solo estar al otro lado. Le gusta ver cómo Lidija —esa mujer alta, serbia, de ojos claros que parecían capaces de leerle el alma— se desmorona bajo sus dedos. Le gusta escuchar su risa, antes contenida y ahora desbocada. Le excita sentir cómo su cuerpo se retuerce sin poder escapar.

Le gusta. Y eso la sorprende.

Sube los dedos hasta la línea justo debajo de las axilas. Allí la piel de Lidija es fina, surcada por finas venas azules. Inés usa las yemas, círculos pequeños, rápidos.

Lidija suelta un grito agudo, casi un chillido, y su torso se arquea como si tuviera un resorte debajo.

—¡Ahí! —jadea—. Ahí es… perfecto.

—¿Perfecto? —pregunta Inés, repitiendo el movimiento.

—Perfecto —confirma Lidija, y la palabra se le rompe en una carcajada.

Inés se queda un rato en esa zona. Las axilas de Lidija no son tan sensibles como las suyas —lo comprueba con alegría—, pero los costados… los costados son territorio peligroso. Cada vez que sus dedos recorren esa franja que va desde la cadera hasta la axila, Lidija se retuerce como si fuera a desintegrarse.

—Más despacio —indica Lidija, y aunque su voz tiembla, hay autoridad en ella—. Ahora más despacio.

Inés reduce la velocidad. Los dedos se mueven como caracoles sobre los costados de Lidija. La lentitud convierte cada roce en una pequeña tortura.

—Así —dice Lidija, y su risa se vuelve más líquida, más profunda—. Así es peor.

—¿Peor para ti?

—Peor para mí —admite Lidija.

Inés sonríe. Hay algo en esa palabra —"peor"— que la llena de una satisfacción nueva. 

Baja a los pies. Vuelve a ellos como quien vuelve a un territorio conocido pero infinitamente fértil. Los dedos de Lidija —largos, elegantes— se curvan en cuanto las yemas de Inés tocan las plantas.

—Los pies —dice Lidija, y ya no intenta ocultar la desesperación en su voz—. Siempre los pies…

—¿Qué pasa con los pies? —pregunta Inés, mientras garabatea en el arco derecho.

—Que me desarman —susurra Lidija, y la confesión la hace reír más fuerte.

Inés experimenta. Usa solo un dedo. Luego dos. Luego cambia a los laterales. Luego presiona el talón con el pulgar mientras el índice ataca la base de los dedos.

Cada variación arranca una reacción diferente. Lidija ríe a carcajadas, pero entre risa y risa, indica:

—Eso. Eso que acabas de hacer con el talón… no funciona tanto. Pero si en lugar de presionar, rozas…

Inés corrige. El pie de Lidija se sacude.

—Mejor —jadea Lidija—. Mucho mejor.

Inés se siente como una aprendiz que recibe clases de una maestra, incluso cuando la maestra está atada y riendo sin control. Hay algo absurdo y hermoso en esa dinámica.

Pasa a los muslos. La cara interna. Allí Lidija se desmorona de una manera diferente. No son gritos. Es una risa honda, casi gutural, que parece salir del fondo de su vientre.

—Aquí —dice Lidija, y su voz es apenas un hilo—. Aquí no uses las uñas. Solo las yemas. Muy suave.

Inés obedece. Las yemas de los dedos recorren la cara interna del muslo derecho como plumas. La piel de Lidija se eriza. Su risa se vuelve temblorosa.

—Así —susurra Lidija—. Así es una auténtica tortura.

Inés siente una oleada de calor en el pecho. Esa palabra —"tortura"— le llega a algún sitio profundo.

Repite el gesto en el muslo izquierdo. Misma suavidad. Mismo resultado. Lidija cierra los ojos, echa la cabeza hacia atrás, y se ríe con una libertad que Inés no le había visto hasta ahora.

Ya no queda rastro de la mujer inquebrantable que ataba correas con precisión militar. La que está ahora en la cama es otra. Es alguien que se retuerce, que jadea, que suelta palabras sueltas entre carcajadas: "ahí", "eso", "más", "menos", "no", "sí".

Inés aprende a leer su cuerpo. Aprende que un pequeño espasmo en las costillas significa que va por buen camino. Aprende que un gemido agudo en los pies significa que ha encontrado un punto sensible. Aprende que cuando Lidija se queda en silencio un segundo —un solo segundo— es porque está a punto de romperse del todo.

—Otra vez —dice Lidija, cuando Inés se detiene un momento para respirar—. Hazme otra vez lo de los costados. Pero esta vez con las dos manos.

—¿Segura?

—Segura.

Inés apoya las dos manos en los costados de Lidija. Los dedos se mueven al unísono, subiendo y bajando, trazando ondas y espirales y pequeños garabatos impredecibles.

Lidija pierde la capacidad de hablar. Solo ríe. Una risa continua, ininterrumpida, que llena la habitación como una música. Su cuerpo se arquea y se retuerce, las correas crujen, los barrotes tiemblan.

Inés la mira y siente algo que no sabe nombrar. No es poder. No es venganza. No es lástima.

Es comunión.

—¿Fresa? —pregunta Inés, casi en susurro.

Lidija niega con la cabeza. No puede hablar. Pero niega.

Los dedos de la cantautora se mueven sobre el cuerpo de Lidija como si hubieran estado esperando esto toda su vida. 

—No sabía —dice Inés, mientras sus dedos recorren los costados de Lidija con un ritmo cambiante, impredecible— que fueras tan sensible.

Lidija intenta responder, pero la respuesta se convierte en una carcajada que le sacude entera. Su torso se arquea, las caderas se levantan de la cama, los pies —esos pies largos y elegantes— se retuercen contra las correas.

Inés siente algo caliente extenderse por su pecho.

Sigue explorando. Las axilas, los costados, el vientre, las caderas. Un viaje circular que se repite pero nunca es igual. Cada vez que vuelve a una zona, descubre algo nuevo: un ángulo diferente, una presión distinta, una velocidad que antes no había probado.

Lidija ya no da indicaciones. No puede. Las palabras se le escapan en fragmentos sueltos —"ahí", "eso", "otra vez"— pero no llegan a formar instrucciones completas. Su cuerpo habla por ella: los espasmos, los gemidos, la forma en que tira de las correas cuando Inés acierta en un punto especialmente sensible.

—Estás perdiendo el control —dice Inés, y no es un reproche. Es una observación. 

—Lo he perdido —corrige Lidija, y su voz es apenas un hilo—. Hace rato.

Inés sonríe. Hay algo en esa rendición que la conmueve más de lo que esperaba. Lidija, la mujer del libro, la experta torturadora, la que enseñó a decenas de reclusas el arte de las cosquillas, ahora se retuerce bajo sus dedos como una cuerda que se desenreda.

Baja a los pies. Los toma con ambas manos, los pies de Lidija, y los masajea con las yemas de los dedos. No solo las plantas. También los empeines, los laterales, el espacio entre los dedos.

Lidija chilla. Es un chillido agudo, casi de pájaro, que se convierte en una risa temblorosa.

—Ahí —logra decir—. Ahí entre los dedos…

—¿Te gusta? —pregunta Inés.

—No —dice Lidija—. Me mata, jajajajajajajajajajaja.

Inés repite el gesto. El espacio entre el dedo gordo y el índice del pie derecho. Luego el izquierdo. Lidija se retuerce como si estuviera ardiendo, pero su risa dice otra cosa.

—No sabía —dice Inés otra vez, mientras sus dedos recorren los arcos— que alguien tan fuerte pudiera ser tan frágil.

Lidija abre los ojos. La mira. No dice nada, sólo ríe y se retuerce.

El hilo se tensa. Inés siente cómo algo se anuda entre ellas, algo que no sabe nombrar pero que la llena hasta los bordes.

Sigue con los pies. Ahora usa las uñas, apenas, rozando las plantas con esa presión que ella misma conoce tan bien. Lidija ríe a carcajadas, pero son carcajadas diferentes. Más profundas. Más entregadas.

—Eres increíblemente sensible —dice Inés, y es un cumplido.

—Tú eres increíblemente buena —responde Lidija, y es otro.

Inés se detiene un momento. Solo un momento. Apoya las manos en los muslos de Lidija y la mira. El cabello castaño revuelto sobre la almohada. Las mejillas encendidas. El pecho subiendo y bajando al ritmo de una respiración que aún no se calma.

—¿Fresa? —pregunta Inés, en voz baja.

Lidija niega con la cabeza. Suavemente. Casi con ternura.

—Todavía no —susurra.

Inés asiente.

Y vuelve a sus costados.

La risa de Lidija vuelve a llenar la habitación. Y el vínculo entre ellas se hace más fuerte, cuerda a cuerda, carcajada a carcajada.

Y mientras las manos de Inés trabajan, algo empieza a crecer en su vientre.

Lo nota al principio como un calor difuso. Algo que podría ignorar. Pero a medida que Lidija se retuerce bajo ella, que sus gemidos se mezclan con las risas, que su cuerpo se arquea y se ofrece sin reservas, ese calor se convierte en algo más concreto. Más urgente.

Inés se da cuenta de que está excitada.

No es solo placer. Es deseo. Un deseo que nace de ver a Lidija así —entregada, vulnerable, deshecha— y de saber que es ella, Inés, quien la ha llevado hasta allí.

Las manos le tiemblan. Pero no para.

—Lidija —dice, y su voz sale más ronca de lo que esperaba.

Lidija abre los ojos. La mira desde abajo, atada, respirando con dificultad.

—Dime.

Inés traga saliva. Siente el rubor subirle por el cuello, por las mejillas. Pero no para de hacer cosquillas. Sus dedos siguen dibujando círculos en los costados de Lidija, aunque ahora más despacio. Casi distraídos.

—Esto… —empieza, y se interrumpe—. Hacerte cosquillas… me está excitando.

La confesión cae entre ellas como una piedra en un estanque. Inés espera una burla. Una sonrisa de superioridad. Algo que la devuelva a su lugar de novata.

Pero Lidija solo sonríe. Una sonrisa cálida, cómplice.

—Lo sé —dice.

—¿Lo sabías?

—Te conozco, Inés. Te he estado observando todo el rato. La forma en que te muerdes el labio cuando aciertas en un punto sensible. Cómo se te acelera la respiración cuando grito. Cómo tus dedos se vuelven más lentos cuando te concentras en no perder el control.

Inés siente que la han desnudado otra vez. Pero esta vez no da miedo.

Lidija tira suavemente de las correas. No para liberarse. Solo para recordar que están ahí.

—Déjate llevar, amor —susurra—. No hay nada de  qué avergonzarte. 

Inés se queda mirándola un instante. El corazón le late con fuerza. No solo en el pecho. En todo el cuerpo.

Entonces para.

Las manos se detienen sobre los costados de Lidija. La risa de la serbia se apaga, reemplazada por una respiración honda y expectante.

Inés se mueve. Se incorpora sobre las rodillas. Gira el cuerpo y se sienta a horcajadas sobre las caderas de Lidija. Siente el calor de la piel de la serbia contra la suya, la humedad entre sus propios muslos, la respiración agitada que comparten.

Lidija la mira desde abajo. Sus ojos claros brillan en la penumbra. 

Inés se inclina. Sus labios encuentran los de Lidija.

El beso es suave al principio. Un roce. Una pregunta. Pero Lidija responde, y la respuesta es un sí que no necesita palabras. Los labios de la serbia se abren, y la lengua de Inés encuentra la suya en un baile lento, cálido, que la recorre entera.

Y entonces, sin separar los labios, Inés vuelve a la carga.

Sus manos —que habían quedado quietas sobre los costados de Lidija— comienzan a moverse otra vez. Las yemas de los dedos encuentran las axilas de la serbia y empiezan a acariciarlas. Círculos pequeños, suaves, precisos.

Lidija se ríe dentro del beso.

El sonido vibra contra la boca de Inés, y esa vibración la recorre como una corriente. Las axilas de Lidija son más sensibles incluso que al principio, o quizá es el beso, quizá es la posición, quizá es que ahora todo es más intenso.

Lidija se retuerce bajo ella. Sus caderas se mueven, sus piernas se abren y se cierran, sus pies se sacuden contra las correas. Pero su boca no se separa de la de Inés. Sigue besándola, incluso mientras ríe, incluso mientras su cuerpo se convulsiona por las cosquillas.

Inés intensifica. Los dedos se mueven más rápido en las axilas de Lidija, y al mismo tiempo su lengua profundiza en el beso. Las dos cosas se mezclan: el placer de besar y el placer de hacer cosquillas, el sabor de Lidija y la sensación de sus dedos hundiéndose en esa zona tan vulnerable.

Lidija gime contra su boca. No es un gemido de risa. Es otra cosa. Es el sonido de alguien que está siendo deshecha por completo.

Inés se separa apenas un centímetro de sus labios. Respira. La voz de Lidija se escapa en un hilo:

—No pares.

—No voy a parar —susurra Inés.

Y vuelve a besarla.

Sus dedos siguen en las axilas, implacables. Y el vínculo entre ellas se tensa hasta volverse casi insoportable.

Separa sus labios de los de Lidija, pero no se aleja. Baja la cabeza hacia su cuello. Besa la piel pálida, justo donde late la carótida. Siente el pulso acelerado bajo sus labios, caliente, vivo.

Sus dedos no se detienen. Siguen en las axilas de Lidija, dibujando círculos lentos, impredecibles. La serbia ríe entreabriendo la boca, y su risa vibra contra la boca de Inés.

—Así —susurra Lidija—. Así está bien.

Inés baja los besos. Recorre la clavícula, el esternón, la curva suave que lleva al pecho. Sus labios encuentran el pezón derecho, lo rozan apenas, y Lidija emite un gemido que no es risa. 

Pero Inés no se detiene. Sus dedos siguen en las axilas, y ahora sus labios se desplazan hacia el costado derecho, besando la piel sobre las costillas. Allí, donde la piel es más fina, donde el hueso se marca apenas bajo la superficie.

Lidija se retuerce. Las cosquillas y los besos se mezclan en una sola sensación que parece venir de todas partes.

—No puedo… —dice Lidija, pero su voz no suena a límite. Suena a más.

—Claro que puedes —responde Inés, imitando sus propias palabras.

Baja los labios hasta el vientre. Besa el ombligo. La lengua de Inés traza un círculo alrededor, humedece la piel, y Lidija ríe con una risa más aguda, más temblorosa.

Los dedos de Inés abandonan las axilas y bajan a los costados. Ahora garabatean sobre esa franja hipersensible que va desde las costillas hasta las caderas. Presión cambiante: fuerte, suave, fuerte otra vez. Un ritmo que Lidija no puede anticipar.

—Ahí —jadea Lidija—. Ahí me da…

—¿Mucho? —pregunta Inés contra su vientre.

—Muchísimo.

Inés sonríe. Sube los besos. Recorre el vientre hacia arriba, pasa por el esternón, llega al pecho izquierdo. Besa el pezón, esta vez con más intención, mientras sus dedos siguen atacando los costados.

Lidija gime y ríe al mismo tiempo. Es un sonido extraño, hermoso, que llena la habitación como una música improvisada. Su cuerpo se arquea bajo Inés, las caderas se levantan, los pies se sacuden contra las correas.

—Eres muy sensible —dice Inés, separando los labios del pecho de Lidija.

—Y tú muy buena—corrige Lidija, y la confesión se le escapa entre carcajadas—. En serio.

Inés siente algo caliente extenderse por su pecho. 

Baja los besos otra vez. Ahora recorre las costillas derechas, besando cada hueso como si estuviera contándolos. Sus dedos se mueven al mismo ritmo que sus labios: cuando besa, acaricia; cuando lame, garabatea.

Lidija pierde la capacidad de formar palabras. Solo salen sonidos: risas, gemidos, pequeños jadeos que parecen el lenguaje de un idioma que Inés está aprendiendo.

—Las costillas —dice Inés entre beso y beso—. Aquí es donde más tiemblas.

—Porque… —intenta decir Lidija, pero la frase se le rompe—. Porque nadie… me las había besado así nunca…

Inés se detiene un instante. La mira.

—¿Nadie?

Lidija niega con la cabeza. Tiene los ojos cerrados, las mejillas encendidas, los labios entreabiertos.

—Nadie —repite.

Inés siente una ternura tan grande que casi le duele. Vuelve a bajar la cabeza. Besa las costillas de Lidija con una suavidad que no sabía que tenía. Cada beso es una promesa. Cada caricia, una pregunta.

Sus dedos exploran el vientre mientras sus labios recorren el torso. Sube y baja sin orden: una vez besa el cuello mientras garabatea en el vientre; otra vez lame el pezón mientras ataca los costados. La imprevisibilidad es un arma, y Inés la usa sin piedad.

Lidija ríe a carcajadas. Su cuerpo es un arco tendido que vibra bajo las manos y los labios de Inés. Las correas crujen. Los barrotes tiemblan. La cama entera parece moverse al ritmo de su risa.

—¿Dónde más? —pregunta Inés, separándose apenas—. Dime dónde más quieres que bese.

—En todas partes —susurra Lidija—. En todas partes, por favor.

Inés obedece.

Besa los brazos extendidos de Lidija, desde la muñeca atada hasta el hombro. Baja por el costado hasta la cadera. Cruza al vientre y luego al otro costado. Sube por el pecho hasta el cuello. Besa cada centímetro de piel como si fuera el último.

Y mientras besa, sus dedos no dejan de moverse. Las axilas, los costados, las costillas, el vientre. Un mapa completo. Un territorio que Inés está aprendiendo de memoria.

Lidija ya no sabe si reír o llorar. 

—No voy a durar mucho más —dice Lidija, y su voz es apenas un hilo.

—No hace falta que dures —responde Inés—. Solo déjate llevar, es lo que me acabas de decir tú.

Lidija ríe y gime al mismo tiempo. Los dos sonidos se han fundido en uno solo. Su cuerpo se arquea bajo Inés, las caderas se levantan buscando algo, los pies se sacuden contra las correas, las manos tiran de los barrotes.

—Inés… —dice, y su nombre es una súplica—. Inés, no puedo…

—Sí puedes —susurra Inés contra su vientre—. Ya lo has hecho antes. Ya me lo hiciste a mí.

—Pero esto es… diferente…

Inés levanta la cabeza. La mira. Tiene las mejillas encendidas.

—¿Por qué es diferente? —pregunta Inés.

—Porque tú —dice Lidija, y la frase se le rompe en un gemido cuando los dedos de Inés encuentran un punto especialmente sensible en sus costillas—. Porque tú no eres cualquiera.

Inés siente algo caliente expandirse en su pecho. 

Sus labios vuelven al cuerpo de Lidija. Ahora besa la cadera, el hueso prominente que se marca bajo la piel. Su lengua traza una línea desde la cadera hasta la ingle, y en el camino, sus dedos siguen haciendo cosquillas en los costados.

Lidija gime. 

—Ahí —jadea entre risas ahogadas—. Ufffff…

Inés sonríe contra su piel. Sabe que no se refiere a los besos. Se refiere a las cosquillas. A ese roce insistente en los costados que la está volviendo loca.

Y entonces, sin avisar, Inés desliza una mano entre los muslos de Lidija.

No es un movimiento brusco. Es suave, casi casual, como si esa mano hubiera estado destinada a estar ahí desde el principio. Sus dedos encuentran la vagina caliente de Lidija, húmeda, dispuesta, y comienzan a moverse con un ritmo que no es frenético ni apresurado. Es seguro. Es paciente.

La otra mano —la izquierda— sigue haciendo cosquillas en los costados de Lidija. Sube a las costillas, baja a la cadera, vuelve a subir. Un viaje constante que no da tregua.

Lidija emite un sonido que Inés no había escuchado antes. No es risa. No es gemido. Es algo entre las dos cosas, algo que nace en algún lugar muy profundo y sube hasta la superficie como un ahogado que por fin encuentra aire.

—Inés —dice, y esta vez su nombre es un grito ahogado—. Así no… así voy a…

—Esa es la idea —dice Inés.

Aumenta el ritmo de su mano derecha. La izquierda no afloja: sigue garabateando en los costados, atacando las costillas, presionando justo donde la piel es más fina. Los dos estímulos se mezclan en el cuerpo de Lidija como dos ríos que confluyen en un mismo mar.

Lidija cierra los ojos. Echa la cabeza hacia atrás. La boca se le abre en un grito silencioso, sin aire, sin sonido.

—Por favor —susurra—. Por favor, no pares.

—Ni de coña —dice Inés.

Y no lo hace.

Su mano derecha se mueve más rápido. Su mano izquierda intensifica las cosquillas en las costillas. Sus labios besan el muslo de Lidija, muerden suavemente la piel suave de la cara interna, que se estremece.

El cuerpo de Lidija se tensa. Cada músculo se contrae al mismo tiempo. Los pies se arquean. Los dedos de los pies se separan y se juntan. Las manos se cierran sobre los barrotes. La espalda se levanta de la cama como si alguien la estuviera tirando desde el cielo.

Y entonces explota.

No es un grito. Es un gemido interminable, profundo, que sale de su garganta y no se acaba nunca. Su cuerpo tiembla —no se sacude, tiembla, como un cristal que vibra antes de romperse— y el temblor dura segundos que parecen horas.

Las cosquillas no se detienen. Inés sigue moviendo los dedos en sus costados, en sus costillas, suavemente ahora, casi como una caricia de después. Y cada roce arranca un pequeño espasmo, un eco del orgasmo que aún recorre su cuerpo.

Lidija se desploma sobre la cama. La respiración le sale en jadeos cortos, irregulares. Los ojos cerrados. Los labios entreabiertos. 

Inés se queda un momento sobre ella, montada sobre sus caderas, mirándola. Siente su propia excitación aún sin resolver, pero no le importa. Hay algo más grande ahora. Algo que la llena de otra manera.

—Lidija —susurra.

Lidija abre los ojos lentamente. Cuesta. Como si volviera de muy lejos.

—Sí —dice, y su voz es un hilo.

—¿Fresa? —pregunta Inés, aunque ya sabe la respuesta.

Lidija niega con la cabeza. Una sonrisa pequeña, cansada, feliz, se dibuja en sus labios.

—No —susurra—. No he dicho fresa.

Inés sonríe. Se inclina y besa su frente. Suavemente. Casi maternal.

—Lo sé —dice.

Se queda ahí, sobre ella, sintiendo la respiración de Lidija que poco a poco vuelve a su ritmo normal. Las manos de Inés descansan ahora sobre su vientre, quietas. 

La mirada de Inés viaja sin prisa por el cuerpo desnudo que tiene debajo. Los brazos aún extendidos, las correas sujetándolos a los barrotes. El vientre liso, las costillas que se marcan con cada respiración. Y al llegar a la cadera derecha, algo vuelve a captar su atención.

Un tatuaje. Ya lo había visto antes, en cuanto Lidija se desnudó. Pequeño, delicado, apenas visible si no se busca. Letras muy finas, casi caligráficas, trazadas en negro sobre la piel pálida.

Golicanje.

Inés pasa la yema de los dedos sobre las letras. Siente la textura ligeramente elevada de la tinta bajo la piel.

—¿Qué significa? —pregunta en voz baja.

Lidija abre los ojos. Sigue la mirada de Inés hacia su propia cadera. Sonríe.

—Me lo hice en cuanto salí de la cárcel —dice, y su voz es un susurro—. Quería llevar algo para siempre de aquella experiencia. 

—¿Y qué significa?

—Cosquillas —dice Lidija—. En serbio.

Inés acaricia las letras una vez más. Luego dirige la mirada hacia los ojos claros de Lidija.

—Es bonito —susurra Inés—. Hermana.

Lidija sonríe con ternura.

—Me alegra que me llames así, porque pasado mañana tenemos una misión y me gustaría que vinieras.


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